Tenemos el prejuicio de que el secano es un desierto; que es seco, feo, que no tiene nada. Sin embargo, cuando a uno le enseñan a mirar, ve allí cosas que nunca se hubiera imaginado.” Con una convicción que contagia, Ángela Begarie habla de Ñacuñán como de un tesoro desconocido.

 

La joven es, desde hace poco más de un año, la responsable de la seccional de Guardaparques de la Reserva de Biosfera que ocupa una vasta porción del monte del departamento de Santa Rosa. Junto a sus dos compañeros, Fernando Jara y Javier Cano, Ángela se encarga del control y vigilancia del área que cubre 12.600 kilómetros.

 

En esa superficie se alternan, según las características del suelo, franjas de bosque de algarrobos y jarillales. Estas especies conviven con otras 100 variedades de plantas, y acogen a más de 150 tipos de aves; mamíferos autóctonos como maras, zorros, piches y pumas, y exóticos, como la liebre europea y el jabalí.

 

Durante la mayor parte de su historia –que ya registra medio siglo– la Reserva de Biosfera de Ñacuñán fue administrada por el IADIZA (Instituto Argentino de Zonas Áridas) organismo dependiente del Conicet que desarrolla allí distintos proyectos de investigación. Aunque siempre formó parte del sistema de Áreas Naturales Protegidas de la provincia, Ñacuñán no tuvo una delegación permanente de guardaparques hasta febrero de 2010.

 

El convenio que firmaron el IADIZA y la Secretaría de Medio Ambiente en el 2009 posibilitó instalar una base operativa y dio marco legal para trabajar en conjunto en la protección de la flora y la fauna; la asistencia a los técnicos y científicos y la articulación con la comunidad de la zona.

 

Enterada de la noticia, Ángela solicitó su traslado y fue designada encargada de la nueva seccional. En sus ocho años como agente del Cuerpo de Guardaparques de la Dirección de Recursos Naturales Renovables, la chica de 30 años ya acreditaba experiencia suficiente. Había pasado por las reservas Laguna del Diamante, Manzano Histórico, La Payunia y Bosques Teltecas. “Cada área plantea desafíos particulares. A nivel laboral y profesional considero muy importante haber podido trabajar en distintas regiones”, comenta.

 

Una vez instalados, los tres guardaparques de Ñacuñán acondicionaron la seccional. Arreglaron el techo, la instalación eléctrica y levantaron algunas divisiones en el interior del edificio que también hace las veces de vivienda. Generalmente conviven de a dos cumpliendo un régimen de 10 días de trabajo por 10 de franco. Es cuando la charla llega a este punto que Angela, con total naturalidad, explica que su condición femenina no afecta su tarea: “Las mujeres que seguimos esta profesión asumimos que siempre somos pocas y que nos toca compartir la tarea con compañeros hombres. La convivencia siempre es un desafío, pero la mayor parte del tiempo estamos trabajando. En estos meses hemos implementado sistemas para efectivizar las tareas de vigilancia, hacemos controles en la ruta 153 (de Santa Rosa a Monte Comán, San Rafael), hemos puesto tranqueras y hasta hicimos un mirador de 12 metros de altura, recuperando la estructura de un molino que estaba sin uso”.

 

La riqueza de Ñacuñán. Además de la riqueza ambiental que custodia, Ñacuñán es silenciosa protagonista de la historia de Mendoza. Elena Abraham, directora del IADIZA, explicó que antes de 1961, año de su declaración como área protegida, el bosque de algarrobo de la zona sufrió la tala indiscriminada por lo que el bosque, que era la expresión del agua en el territorio, había desaparecido. Entre 1907 y 1937, o sea, al menos durante 30 años, el sitio fue arrendado por la familia del pintor Fernando Fader con el objeto de extraer la madera que se utilizaría para los postes de alambrados y los viñedos que empezaban a proliferar en el oasis. Durante un breve período también este recurso servía como combustible para la usina de gas que se usaba para el alumbrado público de la ciudad de Mendoza.

 

Fue así que Ñacuñán se convirtió en un actor fundamental del crecimiento productivo y urbano de la provincia. Tal es así que se extiende el tendido del ferrocarril hasta allí para facilitar su distribución. Luego, esa estación ferroviaria es la que da origen al pueblo.

 

De esa etapa, señala Elena Abraham, quedan como testimonio los tocones de los árboles cortados, “y es a partir de su conversión en área protegida que dichos tocones rebrotan y se los protege no sólo de la tala sino también de la ganadería, por lo que entonces en el presente tenemos nuevamente el recurso forestal y podemos decir que hemos recuperado el agua”.

 

Otro hito en esta historia es el giro producido en las concepciones relativas a la conservación de áreas protegidas. En 1986 fue Elena Abraham quien presentó a la UNESCO la idea de sumarla al programa MaB, que en sus siglas en inglés significa Hombre y Biosfera. La ponderación de lo que aquello significó nos lo cuenta así: “Allí adscribimos a una nueva concepción en el manejo de áreas protegidas que era no solamente apostar a la conservación de un ecosistema único o representativo sino también incorporar a los pobladores, entendiendo que la diversidad y la riqueza no es sólo biológica, también es cultural. Y dicho programa invita a pensar justamente esa relación, la del hombre en la naturaleza. Eso nos obligó a tener que elegir qué hacer y fue así que aparecieron las herramientas de planificación como por ejemplo la zonificación para identificar los distintos usos y tipos de actividades dentro de un mismo territorio, que las fuimos aprendiendo con el tiempo”.

 

Elena Abraham señaló que si bien Ñacuñán es un sitio donde se privilegia la producción de conocimiento –debe ser el área del monte más conocida en toda la extensa geografía del país–, todavía resta aprender muchísimo y hacer muchísimo más para trabajar más en contacto con los habitantes. Contó que hay planes en marcha como el que se apresta a definir un paquete tecnológico de desarrollo de las tierras secas; el espíritu que moviliza esta propuesta es que el conocimiento se traduzca en herramientas para poder transferir a la población modalidades sustentables de aprovechamiento de esas tierras donde es muy difícil la vida.

 

El hilo de esta afirmación es demasiado grueso como para dejarlo escapar. Como Elena lo sabe, ella misma lo retoma: “En Ñacuñán es difícil la vida pero es un lugar que no se diferencia del resto de las tierras secas de Mendoza cuyo principal problema es que han sido olvidadas por los tomadores de decisión, por eso carecen de infraestructura, de servicios básicos, por eso tenemos una población tan dispersa trabajando en actividades de subsistencia, muy empobrecida y obligada a emigrar. Esta realidad, lamentablemente ha sido como el telón de fondo del pensamiento, es como si los mendocinos hubiésemos vivido no sólo de espaldas a la montaña sino también con los ojos cerrados al desierto. Vivir así es como hacer de cuenta que la maravillosa ciudad bosque que habitamos, irrigada, llena de verde, de plantas y con agua, es lo que la naturaleza nos ha dado. Y no es así, el oasis es una porción ínfima del territorio provincial, por localización y posición es menos del 3 por ciento, siendo algo totalmente transformado. Lo que la naturaleza nos ha dado son las tierras secas que también tienen una infinita capacidad de producción, siempre y cuando las conozcamos y sepamos lo que le podemos pedir y lo que no, cuál es su capacidad de acogida y qué podemos hacer en él para producir sin provocar desertificación”

 

Llegados a este punto, Elena Abraham celebra la visión que tuvieron los precursores de Ñacuñán, el ingeniero Virgilio Roig y el ingeniero agrónomo Fidel Roig, estudiosos del desierto pero también fundadores de una escuela que fue el semillero donde se formaron especialistas dentro y fuera del ámbito del Conicet. Ese fue el epicentro de un pool de conocimientos que permitió abordar el trabajo que luego se llevó adelante en todas las áreas protegidas de la provincia. Para Elena, el gran desafío hoy es “terminar la tarea que ellos empezaron, convenciendo a los tomadores de decisión de que el desierto en la zona árida puede ser sustentable, que la gente que vive en el desierto tiene el derecho a vivir como vive cualquier ciudadano de Mendoza y la misma capacidad de producir de forma sustentable”.

Revista Veintitres

 

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