Sebastián se fue a la guerra. Por Mario De Casas

Por Mario De Casas

La foto del Presidente Piñera rodeado por militares cuando anunciaba que “estamos en guerra”, tiene una fuerza ilustrativa acorde con la brutal represión —hasta el momento en que estoy escribiendo se han registrado 18 muertos, según información oficial— a la protesta social que expresa el contundente rechazo de sectores populares ante la sucesión de ataques del Estado neoliberal que hasta ayer había sido considerado paradigma del éxito por publicistas de la más variada especie.

La guerra y una supuesta condición de superioridad que logró concitar admiraciones fueron dos pilares en la construcción ideológica en base a la cual las oligarquías chilena y argentina se constituyeron como clases dominantes desde el siglo XIX. En su último discurso antes de la reacción popular, Piñera había apelado al mito de la superioridad al referirse a Chile como el “único oasis” en América Latina. Pocos días después, el extendido incendio del tan mentado oasis habla de que esta vez sus bomberos no dieron abasto.

Otra semejanza evidente es la actual coincidencia temporal en el ejercicio del poder estatal por parte de las oligarquías chilena y argentina, con la inevitable consecuencia de que ambos Presidentes hayan hecho negocios privados con recursos públicos.

Sin embargo, tales fenómenos no dicen todo respecto del proceso histórico que ha desembocado en la grave situación que atraviesan ambos países. Algunas falacias contribuyen a oscurecer el panorama: por ejemplo, las alabanzas al modelo chileno por parte de intelectuales orgánicos de los sectores dominantes argentinos y de algunos socios menores del último ensayo del Régimen, que ahora dicen no entender por qué pasa lo que pasa o que los violentos son los que protestan, y no han faltado a la cita los oportunistas que en menos de una semana han pasado de exaltar a Chile como modelo a imitar a descalificarlo porque “se nota una profunda crisis social”; apreciaciones que en algunos casos son el indicador del vasto alcance de aquellos mitos, que en Chile formaron parte de una hegemonía poco después de 1973, reproducidos sin pausa por las usinas imperiales (por)que saben bien de qué se trata.

Como no podía ser de otra manera, esa influencia fue más fuerte en Mendoza: el “alcahuete de provincias” a quien entiendo se refiere Verbitsky en su columna del 6 del corriente (El Plan F, El Cohete), cultor de un mendo-cinismo extremo, sostenía que […] “lo que a Chile desde el liberalismo le sale bien, acá siempre falla” (Las dos Argentina nunca fueron más que una sola, Los Andes, 28/4/19); por su parte el inefable ex vicepresidente del voto no positivo, cuando era gobernador firmó un convenio con carabineros y decía: «Carabineros es una fuerza policial que funciona muy bien y nos ha ofrecido seis becas para dar instrucción en determinados rangos de efectivos policiales. Se podrá elaborar un plan de trabajo, de intercambio, ayuda y colaboración mutua»; y, para no ser menos, el actual gobernador Cornejo suele presentarse como admirador del “orden” chileno: según sus colaboradores más cercanos “siempre le llamó la atención el respeto por lo institucional y cómo la gente obedece las leyes”.

Con Chile formamos parte de la Nación latinoamericana, cuyos fragmentos republicanos son el trofeo que sintetiza el triunfo de las oligarquías locales subordinadas a mandatos imperiales; razón por la cual, con la intención de contribuir a una mejor comprensión de nuestras complejas realidades, analizaré el desenvolvimiento de la oligarquía chilena desde el siglo XIX hasta mediados del siglo pasado y lo compararé con el de su par argentina, porque fueron protagonistas centrales de la lucha de clases y los intentos hegemónicos a ambos lados de la cordillera. La otra cara de La Moneda, que no abordaré en este texto, está dada por la determinante y riquísima historia de los Movimientos Populares, que en el período en cuestión tuvieron expresiones emblemáticas tanto en las mutuales, las sociedades de resistencia, la Federación Obrera de Chile y la Unidad Popular de Salvador Allende, como en el yrigoyenismo y el peronismo.

Hegemonías
En el pensamiento de Gramsci ocupa un lugar muy importante la cuestión de la hegemonía. Su versión clásica la define como la dirección moral e intelectual por parte de un bloque de fuerzas sociales, que se proyecta hacia el resto de la sociedad como garantía de legitimidad, unidad y orden de funcionamiento; es decir que un componente necesario de la hegemonía es la producción de un consenso general mayoritario respecto de una concepción determinada de la esfera social, que implica la pretensión de imponer —durante un tiempo que por definición supera el de los mandatos cuando rige un calendario electoral— una cosmovisión que alimente la práctica social de otras concepciones, todas distintas y parciales.

En nuestro país, hace más de 100 años que no se realiza una hegemonía. En estos momentos, el consenso mayoritario respecto del fracaso del proyecto hegemónico neoliberal-conservador es de tal magnitud que hace innecesario entrar en detalles. Y si, además, consideramos los pronunciamientos de quien muy probablemente sea el próximo Presidente, y los antecedentes de la principal fuerza que lo respalda, se deduce que el país está inmerso en una disputa por la hegemonía. La hegemonía está vacante.

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El caso chileno es distinto. Desde el sangriento derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular se inició la construcción de una hegemonía que alcanzó su objetivo; tanto es así que el retorno a las formas democráticas no alteró hasta hoy las líneas generales de las políticas que la caracterizan. Tal vez lo que estamos viendo en estos días sea el derrumbe de esa construcción.

Las causas que explican por qué en Chile hubo hegemonía desde las postrimerías del siglo pasado y aquí no, o por qué hoy en la Argentina hay hambre y esperanza y en Chile hambre y sangre, son bastante más complejas que lo que proponen los tergiversadores de la Historia, sean ignorantes, ingenuos o propagandistas mercenarios. Basta recordar algunos hechos importantes:

las dictaduras que en los ’70 del siglo pasado sometieron a ambos pueblos competían en crueldad, pero la argentina contó con la participación activa de la cúpula eclesiástica en la represión, la chilena no.
Cuando la dictadura argentina se embarcó en la guerra de Malvinas ya había fracasado en su intento por construir una hegemonía.
La Argentina y Chile tuvieron intensas luchas de clases, sindicatos revolucionarios, partidos obreros e intelectualidad afín desde fines del siglo XIX.
Por ahora conformémonos con contribuir a desmontar algunos mitos.

A cada oligarquía un nacionalismo
El grito de guerra de Piñera no fue un exabrupto, es un tic de clase: cuando se leen pronunciamientos de conspicuos integrantes de las oligarquías argentina y chilena se comprueba que tienen un rasgo común: se manifiestan en términos que responden a lo que aquí denominaré nacionalismo oligárquico, que ha condicionado la dinámica y forma parte de las culturas sociales de nuestros países. Me referiré preferentemente al caso chileno.

Tanto en el país de los argentinos como en el de los chilenos, se ha llamado oligarquía a un conjunto de familias, propietarias principales de la tierra de las regiones más cotizadas, que dirigían personalmente sus empresas rurales, las usufructuaban o arrendaban la tierra, sin perjuicio de que algunos de sus miembros practicaran también otras actividades económicas. Tal denominación popular es apropiada porque en los dos países surgió como fruto de la percepción clara de una situación clave: hubo en ellos clases sociales de origen rural que dominaron los mecanismos económicos nacionales durante períodos prolongados.

Esas oligarquías han controlado también el poder político en forma directa, o han ejercido fuerte influencia cuando se trató de defender sus intereses económicos, aunque la situación se fue complicando en la medida en que se producía el ascenso de otras clases.

Entiendo en esta nota por ideología, credo nacionalista o nacionalismo oligárquico a un conjunto de ideas o valores —explicitados o no— con el que se pretende sustentar el orgullo de lo supuestamente peculiar del país, que es a la vez una manera de identificarse frente a enemigos reales, potenciales o imaginarios. Las oligarquías dominantes lo han trasvasado a los otros sectores de la estructura de clases. Por supuesto, ha habido y hay en nuestros países otros nacionalismos, los nacionalismos populares, que son modos muy distintos de expresar la coherencia nacional y de identificar enemigos.

El nacionalismo oligárquico chileno y sus mitos arraigaron con más fuerza que el argentino, porque la oligarquía chilena desarrolló por necesidad una mayor habilidad política que la argentina: al tener menos para repartir hubo de tener más muñeca política para mantener el status económico. Una manifestación del fenómeno se puede apreciar en el encendido fervor con que cantan el himno los integrantes de la roja antes del comienzo de cada partido, aunque sea amistoso.

A cada oligarquía un sustrato económico
La propiedad oligárquica argentina avanzó sólo sobre la zona pampeana; y dentro de esa zona, fue el suelo de la provincia de Buenos Aires —en particular el que tenía pastos blandos— donde echó sus raíces esa clase. La oligarquía argentina era la oligarquía bonaerense.

La fértil capa vegetal del Valle Central de Chile fue el asiento inicial —pero siempre el principal— de la oligarquía rural. Cuando cae la Araucanía, también le pertenecerán tierras nuevas.

En los dos países, la frontera económico-social dentro de la cual surgió la que sería una estructura nacional de clases había quedado trazada hacia fines del siglo XIX. La ley y los aparatos represivos sirvieron para arrebatar la posesión del suelo y limitaron los movimientos de las poblaciones rurales para que se vieran forzadas a transformarse en mano de obra asalariada de la nueva empresa rural: el gran fundo y la estancia. Pero la magnitud de la población original despojada fue mayor en Chile, porque gran parte del suelo pampeano tenía muy baja densidad demográfica cuando se produjo la gran expansión de la frontera.

La nueva producción rural en la Argentina fue extensiva, ocupó poca mano de obra. En cambio, la agricultura de riego del Valle Central y, particularmente, la cultura de la vid y la industria del vino fueron mucho más intensivas. En el perímetro de la nueva producción, los sectores populares rurales eran más numerosos en Chile que en la Argentina. La consecuencia fue, en términos relativos, que la nueva economía produjo más pobres en el campo chileno que en el rioplatense. No obstante, las diferencias en las condiciones de vida no terminan ahí. Chile fue un gran productor minero desde la Colonia y, además, tenían presencia mayoritaria abrumadora los capitales extranjeros. La zona pampeana, en cambio, pudo vivir de una extraordinaria renta agraria diferencial.

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A menor riqueza para distribuir, mayor rigidez de la estratificación social, el gaucho tenía una relación más simétrica con el estanciero que el guaso con el señor del fundo: la distancia social entre las clases fue mayor en Chile, distancia que sólo por momentos se reducía en virtud de la solidaridad que demandan las situaciones límite que produce una intensa actividad sísmica.

La guerra y la superioridad
El credo nacional elaborado por la clase dominante comienza a construirse por exclusión: quedan afuera los enemigos reales o imaginarios y los valores e interpretaciones potencialmente peligrosos.

En el caso chileno, la frontera estatal sirvió tempranamente para localizar a los primeros enemigos: Perú fue, desde el primer momento, el enemigo castigado; Bolivia, el vecino despreciado por su etnia y su atraso material; los indios porque asediaban desde el sur; Argentina, la amenaza permanente por codicia territorial. En esto hay algo de lo que podría denominarse la cuestión insular: Chile tiene, en relación con su superficie, una extensión de fronteras —oceánica incluid— mayor que la que puede defender su organización estatal; lo que sirvió a la oligarquía para montar un importante aparato militar que, como era previsible, fue usado muchas veces contra su propio pueblo: es lo que estamos viendo en este mismo momento. En relación con el bosquejo que estoy haciendo, importa que el nacionalismo oligárquico chileno haya encontrado en el argumento de la defensa de las fronteras un modo fácil e infalible de convocar voluntades cuando los conflictos internos se agudizaban.

En esta línea, el exterminio de las poblaciones indígenas del sur no sólo entregó enormes y valiosas extensiones de tierra a los propietarios de piel blanca tanto en Chile como en Argentina, sino que puso en movimiento dos mecanismos que quiero señalar: por una parte amplió las filas de las oligarquías, que incorporaron nuevos propietarios de la tierra, que se iban a beneficiar directa o indirectamente con el saqueo; por otra, delimitó definitivamente los intereses de dos clases poderosas y las estimuló a idealizar la conquista del espacio útil como destino inevitable de un conjunto, ya numeroso, de familias de otro origen étnico. Así, las dos clases multiplicaron las riquezas y organizaron la sociedad toda. Por eso, si lo de Piñera no fue un exabrupto, lo del entonces ministro de educación Esteban Bullrich tampoco, cuando dijo “esta es la nueva campaña del desierto pero no con la espada sino con la educación”.

Las guerras ayudan a definir los contornos de la clase vencedora y, por lo tanto, también los enemigos internos, que son quienes se oponen a los intereses y a la ideología dominante: el Presidente chileno sabía de qué estaba hablando, aunque, como Macri, haya tenido que pedir disculpas al perder el control de la situación.

La definición de ese contorno tiene otras implicancias, como se puede ver en Chile y la Argentina no sólo con la guerra que se lanzó contra los indios, sino con otras dos, ambas proyectadas casi simultáneamente contra países vecinos: en Chile, la Guerra del Pacífico, entre 1879 y 1884, que le permitió retener Tarapacá y Arica a costa de Perú y el litoral oceánico boliviano; en la Argentina, la conocida como Guerra de la Triple Alianza, que prefiero llamar con Galasso Guerra de la Triple Infamia, contra Paraguay, desde 1865 hasta 1870. Las dos guerras se incorporaron —en forma de grotesco poema épico repetido hasta el hartazgo en las escuelas primarias— al argumento de la ideología oligárquica en gestación. En la Argentina, el genocidio del pueblo paraguayo ingresó en el incipiente credo nacional como glorificación de un destino de progreso. En Chile, la guerra que también se conoce como del Salitre sirvió para convencer de la superioridad racial de los descendientes de vascos frente a la gran masa indígena boliviano-peruana, con lo cual se daba por demostrado el destino manifiesto de los que se autodenominaron “los británicos de América del Sur”, cuyas derivaciones en este tiempo son tonteras como la del oasis de Piñera y la de las referidas alabanzas que los hechos sepultaron.

La tradición de llamar guerras a brutales represiones ilegales, compartida por ambas oligarquías —recordemos la videliana “guerra contra la subversión”—, está orientada tanto a ocultar las masacres como a darles carácter de epopeya.

Así pues, cuando los mitos caen se confirma esa ley de hierro que con su habitual elocuencia enunció Perón: “Cuando los pueblos agotan su paciencia, hacen tronar el escarmiento”. ¿Qué otra cosa está pasando en Chile?

 

por Mario De Casas

texto originalmente aparecido en «El Cohete a la Luna»

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