Refutación del periodismo

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Es que el periodismo es una cosa absurda: un grupo de trabajadores procura que el mayor número posible de personas conozcan ciertos episodios supuestamente interesantes. Tales episodios no tienen, como podría suponerse, un propósito educativo, aleccionador o artístico. Son simplemente cosas que ocurren en diferentes lugares del mundo: un hombre estrangula a su cuñado en Estambul, aumenta el precio de los cereales en Oslo, reeligen a un concejal en Manila. Y las muchedumbres pagan para enterarse de estos hechos.

La sorpresa de Averroes sería mayor si alcanzara a enterarse de la indirecta intervención que a través de la publicidad tienen los vendedores y mercaderes en todo este proceso. Nuestra vecindad con tan fantásticas realidades nos exime del estupor, así como los habitantes de Iguazú no caen desmayados cada vez que ven las cataratas. Sin embargo, tal vez valga la pena especular un poco sobre este apasionante asunto. Hasta los espíritus más obtusos reconocen que el auge de los medios de comunicación ha cambiado la vida de los hombres a partir del siglo XIX.

Cada vez resulta más dificultoso preservar impoluta la ignorancia. Las noticias y los conocimientos acechan en todas partes. La radio, la televisión y los diarios nos arrojan nociones en la cara y ya no es posible evitar enterarse de cosas tales como el nombre del presidente de los Estados Unidos. Todo esto no está mal, si se razona que es preferible ser ilustrado. Hay infinidad de argumentos para demostrar la importancia del periodismo y no es la intención de este opúsculo la insistencia en postulados que se caen de maduros. Hay que decir – eso sí – que existen unas cuantas consecuencias indeseables en todo esto. Por ejemplo, si se aspira a prosperar saciando curiosidades, es natural que se trate de incrementar la sed de noticias. Es por eso que los profesionales de la comunicación insisten en manifestar que es indispensable leer revistas o sintonizar ésta o aquella audición. Diariamente se nos propone como paradigma el ”hombre bien informado”, que al parecer es un sujeto que conoce la cotización del franco suizo, las andanzas sentimentales de los cantantes de boleros y los problemas que presenta el cultivo de papas en Balcarce. Pero sucede que la exposición periodística está condenada fatalmente a cierta economía de razonamientos que no siempre conduce al conocimiento cabal. Y se produce entonces un fenómeno que a mi juicio es fatal para el pensamiento de nuestro propio tiempo: millones de personas creen saber cosas que en realidad ignoran.

 

 

El mundo está lleno de mentecatos que se consideran en el caso de opinar sobre cualquier cuestión. Utilizan para ello opiniones ajenas, menesterosos argumentos que se venden a tres por cinco y cuya difusión corre – casi siempre – por cuenta del periodismo. Existen revistas que explican la teoría de la relatividad en dos carillas y con una ilustración que muestra a dos trenes que parten al mismo tiempo de estaciones diferentes. Los diarios solventan una teoría audaz acerca de las causas de la inflación mediante un recuadro de dos columnas. Y aún desconociendo yo enteramente la teoría de la relatividad y las causas de la inflación, me atrevería a jurar que se trata de arduos asuntos, cuya cabal comprensión reclama mucho más que diez minutos. Quizá pueda decirse que esto sucede porque el periodismo ha extendido su campo de acción y no contento con informar, opina y esclarece. Es posible. Un amigo mío sostiene que esta situación no es culpa del periodismo. A lo mejor no existen maestros en estos días. Tal vez no abundan aquellos espíritus rectores a quienes el futuro visita por anticipado. Y ante la ausencia de grandes mentores, la opinión general es conducida no por filósofos, sino por locutores.

Donde el periodismo parece no tener disculpa es en la contaminación del lenguaje. No piensen los amigos lectores que les espera en los siguientes párrafos una aburrida colección de incorrecciones cometidas en distintas circunstancias. Acechar las ajenas equivocaciones para luego denunciarlas es tarea más policial que reflexiva. El asunto creo que se escribe así: los periodistas – y la gente en general – creen que todo texto destinado a la publicación debe presentar un aspecto distinguido. Y para lograrlo apelan a toda clase de complicaciones y adornos de mal gusto. Así, para decir que llueve se habla de ”precipitaciones pluviales”; para mentar a un muerto se acude a la horripilante palabra ”occiso”; los caballos son ”equinos” y los cantantes negros son ”intérpretes de color”. Oscar Wilde ha dicho que la naturaleza imita al arte. Y para nuestra desesperación, ocurre a veces que la naturaleza imita el periodismo. En estos días los giros relamidos han invadido las conversaciones. Los muchachos atorrantes ya no tienen novias, sino relaciones de pareja. Ya nadie sabe contar historias como lo hacía mi abuelo. Los sencillos y coloridos diálogos criollos han dado paso a una prosa lamentable, que no es hija del simple y sano analfabetismo, sino de la petulancia de los pajarones. Cumplo en indicar aquí que muchos periodistas sospechan que su trabajo tiene algo de artístico. Este presentimiento no es tan descabellado como parece. En realidad, las notas periodísticas se construyen con palabras que forman frases y en ellas se relatan sucesos. Lo mismo podría decirse de las novelas. Naturalmente, a medida que uno avanza en la indagación, las semejanzas van desapareciendo y ningún criollo serio se atrevería a guardar en el mismo cajón cosas tan diferentes como las novelas de Balzac y los artículos de la Revista del Ascenso.
Sin embargo, hay profesionales que se les nota el afán literario. Innumerables crónicas deportivas empiezan con una descripción del atardecer en la cancha de Atlanta. Otras incursionan en lo psicológico y procuran reflejar los estados mentales de un zaguero que se ha metido un gol en contra. La inquietud sociológica es una verdadera tentación y cada vez que un hincha le tire piedras a un árbitro, los cronistas se ven obligados a descubrir que esto obedece a tensiones reprimidas, carencias económicas, calamidades sociales y otras viejas verdades que por alguna razón inexplicable siempre se anuncian como una revelación genial. Releyendo los últimos párrafos advierto que parecen combatir los berretines artísticos. Y en realidad creo que hay que estimular la actitud creativa en todo cuanto se escribe. Es posible, ciertamente, producir una nota llena de emociones y misterios, aun cuando el tema sea un partido de tenis. Pero esto puede conseguirlo un artista y no un jefe de correos. Ortega y Gasset decía que el hombre sólo puede hacer bien aquello que está por debajo de sus posibilidades. Y propone – con toda gracia – que los ministros ocupen secretarías, que los presidentes se hagan ministros, que los profesores sean jefes de celadores y que los ingenieros sean mecánicos. No estaría mal que los escritores fueran periodistas. En cambio es espantoso que los periodistas presuman de escritores. Se me dirá que han existido creadores notables que colaboraron en toda clase de publicaciones. Es cierto. Las novelas de Dickens fueron publicadas en los diarios ingleses. Pero les juro que los papeles de Pickwick nada tienen que ver con el periodismo. Ernesto Sábato ha dicho muchas veces que una obra artística es al fin y al cabo una descripción del alma del artista. (…) Otro aspecto interesante del nuevo periodismo es la combatividad. Y por cierto resulta de un efecto formidable escribir bajo la influencia de la indignación. No importa quién sea la víctima de este encono. El precepto general podría enunciarse del siguiente modo: tal como están las cosas en el Universo, quien no está enojado es un canalla. No sería mala idea remplazar la bronca por el dolor, que no es la misma cosa. (…) Cabe como meditación final, recordar que éste fue originalmente un artículo periodístico. Con eso quiero decir que su lectura podrá servir para matizar la espera en la peluquería, pero jamás para empaparse en el conocimiento de nada. Este morocho que escribe no tiene más pretensiones que suscitar pequeñas inquietudes. Para satisfacerlas habrá que recurrir a los que saben.

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