Que florezcan mil Gelman

No creo que podamos proponernos ser poesía, o que podamos serlo todo el tiempo. De hecho pienso en pocos que pueden alcanzar ese estadío que no es de las letras, ni del espíritu, ni de la historia, sino una rara e inusual mezcla de todo eso.

Y algunos son poesía porque hacen poesía, no sólo la escriben y la recitan o la publican en libros que leemos y leeremos, sino que hacen de la vida, de la adversidad, del dolor y la risa, poesía, y esa no se encuentra necesariamente en páginas elegidas.

Juan Gelman era poesía. Juan Gelman hacía poesía. Hizo poesía del dolor y siguió sonriendo al recuerdo desaparecido. Hizo poesía de la militancia y siguió creyendo en sus ideas, que lo movían como el viento fuerte hace temblar las hojas en los árboles y a veces las arranca y las lleva. Hizo poesía de la muerte y no negó la lágrima ni las ganas de supervivencia. Hizo poesía de la memoria, como escudo, como lámpara, aun en la noche más ciega. Hizo poesía de la causa, hizo poesía de la ausencia.

Algunas veces la escribió con su pluma dulce y rabiosa. Hizo poesía de no olvidar, hizo poesía justiciera. Desde la herida, allí, donde los versos no son azúcar que cura, sino vinagre agrio, pero inevitable.

¿Cómo prescindiremos de eso? ¿Cómo seguir sin aquellos que son poesía? Difícil tarea la nuestra. Quizá, sobrestimando nuestras capacidades, debamos recoger su guante, tomar en nuestras manos ese sufrimiento por esos desaparecidos que impregnaron su voz hasta el último día. Quizá podamos retomar ese hilo de la lucha permanente, cabo que quemará en algunas palmas y encajará bien en otras.

Podemos intentar hacer poesía de su memoria, de la memoria que él tanto cuidó y acarició con calma y constancia, sin odio ni revanchas.

Podemos intentar, al menos. Al menos hagamos eso, porque si no nos olvidamos y protegemos esos versos que dejó, esas ideas que plantó, esas muertes que lloró, esas luchas que enseñó, no podemos fallar. Porque el fracaso es la opción de los débiles, de los que retroceden de los que abandonan. De los que no entienden que cuando muere alguien que dejó la sangre en la letra, que recordó todo, que no abandonó a nadie ni a nada, nunca, que fue bello, que fue poesía, que fue fuerte y se mantuvo firme sin perder la sonrisa, sin cejar en la dulzura, que cuando muere alguien así se nos escapa algo y se pierde y nos quedamos empobrecidos mirando tristes la vidriera de lo que ya no es más. Si tuviéramos la habilidad de crear, sin duda deberíamos hacer hasta lo no posible por sembrar poesía, memoria, dolor y amor y quedarnos cerca y proteger los brotes, para asegurarnos que florezcan, que florezcan mil Gelman.

fuente: DiarioRegistrado

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