Hay gente que se anima y arriesga.
Hay gente que no.
También hay algunos que gustan de probar los mejores sabores.
Hay otros que no.
Hay personas que hacen lo que tienen que hacer para superarse.
Hay personas que no.
En algunos rubros como el arte, la culinaria, el erotismo y los vinos, se imponen las personas que sobresalen por su creatividad. Los que carecen de ese don, esos son los otros, los que no. Los que no tienen más remedio, los que no tienen otra opción que disfrutar de las creaciones de los sobresalientes.

Él es una “rara avis” que anda por el mundo, haciendo lo que tiene que hacer para que nuestras vidas sean mejores. Es de los que se animan y arriesgan, de los que gustan los mejores sabores, de los que hacen lo que tienen que hacer para superarse. Es de los que sobresalen por su creatividad.

Algunas personas, como yo, como varios que yo sé, gustan de probar vinos.
A lo mejor sin tanto conocimiento, a lo mejor sin tanta información como para saber como se llaman determinados olores, para describir sabores o para definir algunas sutilezas.
Algunas personas, como yo, saben cuando algo es diferente, original, sui generis.

Cuando descubro un sabor único, placentero, emparentado con las sensaciones que en otro momento me han generado instantes de felicidad, sé que estoy frente a algo original y deseo que ese momento no termine. Y sobre todo, cuando termina, deseo que se pueda repetir. Eso es lo que me pasa con los “Profundo”.

Walter Bressia, es un creador de vinos. Uno de los hombres que llevan el don de generar lo que en otros produce placer. Un don extraño, escaso. Los creyentes podrían decir que Walter Bressia fue “tocado por la mano de Dios”. Los que prefieren los mitos y las leyendas podrían compararlo con un Rey Midas. Ese rey que todo lo que tocaba lo convertía en oro. A Bressia le pasa con las uvas. A las que toca las transforma en los mejores sabores de los mejores vinos.
Yo pienso que Walter Bressia es la encarnación de un Rey Midas mendocino tocado por la mano del que crea creadores.

Walter Bressia tiene, como tantos de nosotros, algunas dificultades. No puede hacer nada solo. Para hacer sus vinos necesita ayuda.
Para eso cuenta con el empeño, la tenacidad, las ansias de aprender, la voluntad y el esfuerzo de su hijo Walter. Tan obcecado como el padre pero, con toda la fuerza arrolladora de la juventud. Tan ávido de hacer y de saber pero con la guía del Walter padre.
También está Marita, hija de Walter padre, hermana de Walter hijo, que desde tan, pero tan joven, supo cómo acompañar los sueños comunes, el proyecto productivo de la familia y se preparó para ocuparse de los detalles que se necesitan para acercar los vinos de Bressia a los que debemos tomarlos. Todo lo que hay que hacer para acompañar el crecimiento de un vino, lo que nadie se da cuenta, lo que todos prefieren no ver, -las compras, los papeles, los proveedores, los compradores, las cifras, la logística, los problemas, los contratiempos y las soluciones- de todo eso, se encarga Marita.
También los Bressia tienen la magia de un angelito que los ronda.
Yo le agradezco a Walter Bressia, por hacerme conocer uno de los sabores más agradables que yo pude probar algunas veces. Y por seguir haciéndolo.
Si no fuera por los “dones” de los Bressia, mucho de lo mejor de este mundo no existiría, algunos sabores se habrían extinguido, algunas recetas de cocina estarían incompletas, algunos encuentros no habrían ocurrido y algunos amores seguirían contrariados.
Le doy las gracias por los “profundos” momentos con el vino.
Brindo profundamente con Bressia.

Por Emilio Vera Da Souza

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