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Aunque lleven años de trabajo, aunque recién se inicien. ¿Para qué ser periodista? Y las respuestas son millones, múltiples, diferentes, largas o cortas, distintas. Sospechosamente similares a veces. Descabelladamente contradictorias otras. Inclusive algunos tienen varias respuestas, según el estado de ánimo, las ganas de conseguir simpatías, o a la hora de obtener el reconocimiento de un colega o de un perfecto desconocido.

 

¿Para qué sirve ser periodista? Mi amigo, compañero y colega Miguel Rep, que puede leer el pensamiento de los bebés, supone que los periodistas hemos venido a molestar.

Y no está mal. Salvo, imagino, para el molestado. Por ejemplo, algunos recuerdan al ex primer ministro británico John Major, cuando le preguntaron: ¿cómo sería un mundo feliz? El tipo contestó sin dudar ni pestañear: “Un mundo sin periodistas”.

 

Los periodistas, varones y mujeres, tienen extrañas costumbres. Se meten adonde no los invitan, preguntan lo que incomoda, se fijan en detalles por demás indiscretos, revisan la basura, miran por el ojo de la cerradura.

Son, como diría otro colega, la piedra en el zapato. O, como diría otro colega y escritor: “Los periodistas son un océano de conocimiento, pero… de un centímetro de profundidad”.

 

¿De qué trabaja un periodista?

Un periodista trabaja de espejo. Es el espejo plano que refleja sin deformaciones ni maquillaje a la sociedad en donde se desenvuelve. Un periodista es la voz de las personas de su lugar de pertenencia, es el vehículo para que los demás se enteren.

 

Muchos, cuando nos presentan como periodistas, le agregan la frase hecha: “el cuarto poder”. Y yo me permito disentir. Los periodistas no son el cuarto poder. Casi no tienen poder. Lo que pasa es que muchos periodistas viven cerca del poder, y eso los hace desearlo, pero no es lo mismo que tenerlo.

 

La información no es un privilegio de los periodistas sino un derecho ciudadano. Y entonces ¿a qué debiera dedicarse el periodista?  A ser la piedra en el zapato. A molestar. A buscar lo que los poderosos quieren ocultar. A mostrar la mugre debajo de la alfombra. Pero sólo ese es su deber. El periodista no debería juzgar, para eso hay magistrados. El periodista no debería defender asuntos del gobierno.

Para eso están las oficinas de prensa y propaganda.

Pero ¿qué pasa cuando esas funciones se traspapelan? Los periodistas se piensan jueces, los periodistas se vuelven voceros de los dueños del poder.

Y cuando todo falla, los periodistas no preguntan, sólo transcriben.

No informan, sólo publicitan.

 

De todos los oficios terrestres, el de periodista es el mejor, dijo Rodolfo Walsh.

Y preguntando y preguntando a mis colegas, salvo un solo caso, todos los que contestaron que abrazaron esta profesión, la volverían a elegir.

Ser periodistas no da impunidad. No hace que sepamos más que nadie.

No nos hace diferentes. No nos libra de las multas de tránsito.

Ser periodista no nos hace avanzar más rápido en la cola de los bancos o conseguir entradas para el teatro.

Ser periodista no nos da más saberes que al resto, ni nos hace más esbeltos o más peludos, o con los ojos más claros o menos panzones.

Ser periodista nos hace más sensibles a las miserias que vemos a diario.

Ser periodistas nos debería acercar más a los que nada tienen para intentar hacer que vivir valga la pena.

 

Otro colega rezaba siempre una oración que yo recuerdo vagamente.

Era más o menos así:

 

Dios nos salve a los periodistas, ya que los ingresos nunca nos alcanzan.

Dios nos salve de las aburridas conferencias de prensa.

Dios nos salve de los funcionarios prepotentes que piensan que la eventualidad de sus cargos es eterna.

Dios nos libre de los motines en la cárcel, de las poetisas jubiladas, de las acequias tapadas, de los contadores.

Dios salve a los periodistas jubilados del olvido.

Dios nos salve del ego de los colegas, del coqueteo con el poder, de los miedos, de la mentira.

Dios nos salve de los ladrones de grabadores y cámaras fotográficas.

De las pilas que se agotan,

de los empresarios llorones,

de los monólogos de los políticos.

de las crisis financieras,

de los lentes que se rompen,

de los aviones que se tambalean,

de los “móviles de exteriores”.

Dios nos libre de los que viven del periodismo, de los que se visten de periodistas, de los que circulan por el mundo diciendo que son periodistas.

Dios nos libre de los “cables de plancha”, de los “diarios mojados”, de los “Radio Pekín”, de los “murmullos”, de las “tortitas robadas”, de las “alpargatas rosadas”, de los que ”cortan y pegan”, y que Dios nos conceda más de cien años de vida y la posibilidad de escribir un buen libro.

 

Amén

(*) Para Alberto Atienza.

Dedicado a los periodistas desaparecidos, a los que ya no están, a los que se enfermaron trabajando y a los que andan por el mundo, solos o solas.

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