Tomando como cuatro temas de actualidad nacional y mundial, Orlando Barone realiza un análisis sobre la realidad del periodismo actual y la estrategia de los multimedios para continuar con su gran negocio

Por Orlando Barone ( Extraído de la Revista Debate)

La República de Honduras, por su poca gravitación histórica, se le llamó largamente “el país invisible”. Invisible como si su existencia fuera hipotética, y no real y viva. Prejuicio o desdén que, cualquiera fuere la evolución dramática que le incumbiere, ya se ha sacado de encima haciéndose extraordinariamente visible. Honduras, más allá de la calle de Palermo que conocemos más que al país, ha recobrado súbitamente su memoria y trata duramente de salirse del estigma de “país bananero”; molde al que intentan devolverlo los golpistas civiles, militares y mediáticos. ¿Por qué los medios doblan cada vez más a la derecha? También los periodistas, es un fenómeno de época. Hasta este momento de la crónica, ignoro el desenlace hondureño. Ilusiona la resistencia; en otra época la United Fruit hubiera ganado sólo sacudiendo los plátanos y algún despacho familiar de la CIA, como sucedió hace tiempo en Guatemala. Pero ahora cunde en la geopolítica latinoamericana una atmósfera menos colonial y pintoresca, y la resistencia solidaria de algunos países lo prueba. Que sea la embajada de Brasil la sede esperanzada sugiere un simbolismo alentador.

El otro desenlace, todavía en trance, se sitúa en la Argentina. En el Senado. Hay sectores que auguran, desean e instigan a un senador jujeño del Frente para la Victoria de apellido Jenefes, que parece inspirado por Cobos, para que emita un voto en contra de la nueva ley de medios. También los interesados corporativos lo alientan ante cada posible obstáculo del oficialismo. No disimulan su alegría, como si su única esperanza fuera el transfuguismo ajeno. Guillermo Jenefes es propietario de tres radios AM y de una frecuencia FM, de un canal de televisión abierto y de uno de cable. Un combo mediático. Para quienes pudieran ser beneficiados con su súbita oposición a la ley, la cuestión ética esta vez no cuenta. Aunque hay que reconocer que el reclutamiento de candidatos del Frente para la Victoria en Jujuy debió ser tan poco riguroso como en Mendoza. Tampoco esta profesión es exigente con su plantilla. Es el caso de un tal Alejo Czerwonko, profesor del CEMA y asistente a la exposición de la presidenta argentina en la Universidad de Columbia, quien tuvo la suerte de que el miércoles le publicaran una nota en el diario El Cronista. Probablemente fue en una distracción del editor, ya que hasta el odio exige del periodismo algún grado de racionalidad expresiva. El ignoto “cemista”, alucinado por las musas, escribió acerca de la Presidenta: “Se trató de una típica disertación K, nacida de un mundo que sólo ellos ven, regido por leyes que sólo ellos inventan. No fue grato ver representado al país donde uno nació y se crió por una persona con tanta ignorancia e incoherencia”. Me pregunto: ¿acabo de leer a un cretino especializado o a un idiota holístico?

Ironía es la que emplea Carlos Bianchi en las conferencias de prensa. Tiene un tono de desdén y ninguneo que no todos los periodistas se merecen. Creo. El otro día, ante un arduo cuestionario acerca de la situación de Boca, dijo a los cronistas presentes: “Yo respeto mucho el trabajo de ustedes. Porque yo mismo, que tengo un contrato por Internet, cuando me enfrento a la página en blanco me doy cuenta del desafío. Lo que no entiendo es cuando leo cosas como la del otro día, cuando en una nota se decía que el hijo de Basile había entrado angustiado a la habitación del hotel donde se alojaba su padre y con mirada sorprendida o apenada… ¿Cómo sabe el que escribió eso en qué estado de ánimo entró a la pieza el hijo de Basile, si estaban ellos dos solos?”.

Ah, no. Así no. Bianchi quiere demoler a todo el periodismo político. Bastante están los de TN que anuncian espantados que si “desapareciera” esa señal sería el fin de las noticias. Y el mundo se quedaría en silencio. Incomunicado. Los largos relatos intimistas en los diarios y programas de los días domingos, donde los relatores cuentan cosas que los propios involucrados desconocen haber dicho o hecho a solas, perderían su encanto conspirativo. Por eso, Bianchi debería pensar en qué sería de las crónicas si no se pudiera inventar el susurro de dos en un ascensor, el malhumor de alguno a solas en su despacho, una trifulca conyugal sin testigos, el pensamiento secreto de un político acerca de un adversario, etcétera. Qué sería de las “Charlas de quincho,” y de las versiones sobre una discordia entre dos funcionarios mientras caminan sobre el campo de golf desierto, o si al regreso del viaje la Presidenta, en un ataque bipolar, hizo dormir a Kirchner en un dormitorio separado y hasta se oye el ruido de la puerta divisoria al cerrarse con rabia. Esos sí son detalles valiosos que le otorgan al relator un don omnisciente.

Sin embargo, más fidedigna que la ficción es la modesta realidad. Sin retoques, sin photoshop. Por ejemplo, el aviso publicado el martes en el diario Clarín y que anuncia el programa Otro tema, conducido por Santo Biasatti. En letras grandes dice: “Ley de medios K. ¿Qué va a pasar si se aprueba la ley?”. Con ese título no va a pasar nada, porque no hay ninguna ley con ese nombre.

Ya hasta la realidad es convertida en irreal. Marcelo Bonelli vive lamentándose de que puede quedar desempleado. Difícilmente, porque la injusticia no se resuelve de un soplido. Bonelli debería ser agradecido a la vida de que, en un mercado tan competitivo y con tan pocas chances para gente que luce atributos, él milagrosamente haya logrado un empleo próspero. Menos suerte tienen los líderes gauchescos en su militancia irascible. Lo demuestra el desafinado y escaso “caceroliteo” de Barrio Norte programado vía mail para la noche del 21. El motivo era rechazar la nueva ley de medios. Pero sumando las caceroliteras y caceroliteros de varias esquinas vip, no se contaron más que unos montoncitos dispersos.

¡Lo que es la realidad cuando no se la ficcionaliza! De tantos que habían sido, van quedando tan pocos. La militancia no es para cualquiera. Aburre. El tipo de militante snob siempre quiere un estímulo nuevo. El poroto de soja es monótono, sobre todo, si no se lo cosecha y sólo se lo sublima desde un departamentito sin lugar para una maceta.

Al contrario, discutir sobre fútbol y atacar la endeblez anímica del seleccionado es una militancia eterna que se renueva. Messi, hasta ayer callado, ahora sale a decir que “basta de tirar mierda” al equipo argentino. Si se conoce que sólo en la Capital se depositan en veredas y calles setenta toneladas de excrementos de perros -y sin contar las toneladas de los de gatos, ratas y palomas-, ¿cuántas toneladas de mierda oral de hinchas, de periodistas deportivos, de técnicos y de dirigentes se drenan y amontonan en el ámbito del fútbol?

Mierda no falta nunca. Tampoco falta el periodismo de deseo. Es más temerario aún que el anticipatorio. Previo al viaje de la Presidenta, los grandes medios se regocijaban diciendo que no habría encuentro con Obama. Nada, ni siquiera un saludo. Pero hubo. Y comieron en la misma mesa. Malditos deseos blancos argentinos incumplidos por un negro

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