Perdido en mi ciudad

Por Emilio Vera Da Souza
Cuando camino por las calles de mi ciudad, ando confiado y observo en cada espacio algo que me trae a la memoria olores, rostros, sensaciones, imágenes, sonidos. Mi ciudad es mi espacio de referencia. Mi entorno. Parte de mi historia. Cuando le pasan cosas traumáticas a mi ciudad, me pasan a mí también. Aunque no lo quiera. Aunque no me de cuenta. Mi piel es mi última frontera, que me cuida de los avatares de mi ciudad. Paredes, pisos, aire, cielo, asfalto, ladrillos, árboles, jardines, casas, personas, calles, luces, rincones, paisajes, intensidades, acequias, veredas, niños, quietud, lluvia y miserias. Todo lo veo a la altura de mis ojos. No veo más allá. Pero sé lo que hay. No tengo visión de mapa o de GPS, pero entiendo mi ciudad. Y me muevo, confiado en ella. Cuando descubro un edificio nuevo o que han derribado una casa antigua, me cuesta encajar, hasta que me doy cuenta de lo que le pasa a mi ciudad. Cambia, crece, evoluciona, se transforma, se avejenta, se metamorfosea. Y yo con ella sufro los mismo desatinos. Yo pertenezco a mi ciudad y ella me contiene. Mi ciudad es parte de mi historia. Yo soy su recuerdo.
Cuando era niño vivíamos con mi familia en la calle Burgos 560 de Las Heras. Exactamente enfrente del control de la línea 1, siempre de color verde. Todos los días veía salir a los micros desde allí y aprendí a leer mis primeras palabras en sus carteles: Cervantes por Beguin, San Martín, Las Heras por Moreno, Sargento Cabral por Roca. Había otros micros que pasaban por la esquina: el 8 (rojo y blanco) por Panquegua y más allá el 6 (rojo y azul) por San Martín hasta Independencia o El Plumerillo. Luego mi familia se mudó a la calle Rodríguez 2661 casi esquina Aguado. Allí compartimos casa con mi siempre generosa tía Pochi y sus hijos, mis primos más que hermanos. Por Rodríguez pasaba el 9 ( de color marrón con detalles negros) y más allá uno que pasaba por el borde del fin del mundo: la avenida Boulogne Sur Mer y el Hospital Lagomaggiore. Había un 52 y un 53 (azules y amarillos) que llegaban hasta donde terminaba Guaymallén. Uno de cartel negro por Carril Nacional y otro Cartel rojo por Carril Godoy Cruz. Nunca yo anduve tan lejos. Con el tiempo nos fuimos a vivir a la frontera sur de la urbanidad: le decían Barrio Fuchs que queda en una zona donde ahora el progreso y la modernidad reconocen como Palmares. Allí pasaban cada 45 minutos o más, los de la línea 4: Trapiche por Rafael Obligado, Colón por General Paz y Rivadavia Barrio Fuchs. Recuerdo con detalles exactos dos internos, (marca Mercedes Benz, adornados con líneas fileteadas) porque tenían una bocina de aire que hacían un chiflido único. Desde lejos, cuando salíamos de la escuela Roque Sáenz Peña, en la parada de calle Italia, intentábamos adivinar cuál de los dos venía antes. El interno 33 y 34 se diferenciaban por los espejos laterales y un faldón que tenía el 34 donde terminaban los guardabarros delanteros, que le daban un aspecto casi deportivo. Había hinchas de uno y de otro. Yo esperaba siempre el 33. Su bocina era el sonido perfecto. Siempre tenía un chofer que era un campeón: se llamaba Carlos, un ganador con una pinta bárbara. Si Carlitos ya te conocía, te dejaba ponerte atrás de su asiento y cuando ibas a bajar, si le pedías, te dejaba tocar la bocina. Eso era un día feliz.
Cuando salgo del diario, por las noches tarde, en estos días, pienso en lo que nos pasa. No sólo han fijado una tarifa que hace las cosas más difíciles en los hogares de los que trabajan, sino que nos han quitado algunas referencias importantes y quizá también, algo de la propia historia individual y colectiva. No es que no me quiera adaptar a las nuevas necesidades ni que esté en contra de los cambios, ni los avances ni las mejoras . Pero a veces la referencia y la historia te sirven para moverte con confianza. Sin miedo. Conocer tu lugar hace vivir sin duda. Andar tranquilo. Recuerdo a mi amigo Antonio que vive en Florencia, en una casa que ha sido de su familia por más de 400 años, y pienso que Antonio sabe lo que es tener historia.
Por las noches, tarde, cuando salgo del diario, veo a personas esperando en las viejas paradas de los micros durante horas, preguntando a otros que nada saben, a los choferes que andan perdidos, a los vecinos que también. Paran micros de colores extraños en esquinas que no conocen y quieren saber si los deja cerca de donde antes. Los números de los micros, sus colores, las palabras, ya no nos dicen nada. Hemos perdido toda referencia previa. Nada está en nuestro registro, en nuestra memoria, en nuestro recuerdo. Las gentes caminan como pollos sin cabeza, intentando llegar a algún lugar reconocido. A alguna calle de nombre posible. A algún espacio cerca de su barrio.
Mientras, yo me pierdo en la noche, buscándote, detrás de cada sonrisa, detrás de cada mirada, más allá de alguna sombra, con una música de fondo, entre imágenes y olores que me traen a la memoria, esos tiempos cuando caminábamos juntos esperando sentir el gusto y el calor húmedo de esos primeros besos.

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