La cifra no es producto de una estadística judicial o policial. Se trata de la suma de los casos aparecidos en las páginas de los diarios. Tomando eso como base, podemos suponer que los casos reales son muchos más. ¿Cuántas personas habrán realizado la denuncia y no salieron en los diarios? ¿Cuántas habrán sido víctimas y no hicieron las denuncias como hechos de violencia o aparecen como simples accidentes domésticos? ¿Cuántos casos quedaron impunes porque las víctimas fallecieron y no había testigos, o los testigos fueron amenazados y viven atemorizados por la posibilidad de que les pase también a ellos?.

Esos son los casos extremos. Casos mortales. Pero hay otros episodios que no son conocidos, no aparecen en las noticias, no son denunciados o no son siquiera el comentario de vecinos indiscretos, más dados a los chismes que a la solidaridad y al compromiso ciudadano. Mujeres golpeadas, niños maltratados, nenas manoseadas, abuso sexual, quemaduras de cigarrillos y otros casos por el estilo.

Pero en general, son identificados en las denuncias en las comisarías, en los juzgados o en los titulares de los noticieros como simples hechos policiales, o cuanto más, como casos pasionales. Como si la pasión justificara la ira, la vejación, el abuso, las violaciones, los celos, los golpes, las cuchilladas, las quemaduras y los balazos.

¿Qué clase de pasión promueve hechos dolorosos, criminales, cicatrices y marcas indelebles en el cuerpo y en la memoria, para toda la vida? Las mujeres sufren a machistas violentos y las cifras aumentan pero “son casos de índole privada”, dicen los presentadores de noticias por TV. “Emoción violenta”, dicen los atacantes.

¿Cuándo una muerte deja de ser privada y se transforma en un asunto público? ¿Cuando la víctima es conocida? ¿Cuando participa de la farándula? ¿Cuando uno de los participantes en el “caso” decide contar algunos morbosos detalles previos para justificarse?.

Tampoco son contabilizados como casos de inseguridad. Nadie habla de esta inseguridad. ¿Por qué? A lo mejor porque no involucra rotura de puertas, verborrágicos testigos, familiares que piden pena de muerte, sangre en las veredas.

O a lo mejor, quizá, tal vez, porque es una forma de violencia a la que ya estamos acostumbrados porque es parte de la historia desde el comienzo de los tiempos, o porque ya nadie se siente inseguro ante tanto “caso” visiblemente cercano.

Según estadísticas oficiales de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la Oficina de Violencia Doméstica recibió en un año 6.746 denuncias y contabilizó 8.354 personas víctimas de maltrato doméstico. Los datos más finos indican que en 8 de cada 10 casos las víctimas son mujeres. En el caso de varones, 6 de cada 10 son niños o adolescentes. Finalmente, el estudio indica que en 9 de cada 10 denunciados son hombres adultos. La mitad de ellos son parejas de las víctimas, y 3 de cada nueve, ex parejas.

Pero estas cifras corresponden a los casos y denuncias atendidos por esta Oficina de Violencia Doméstica, que como todos sospecharán atiende en… Buenos Aires.

No sabemos cuántos casos hay en las provincias, alejadas del largo brazo de la ley, aunque hay algunos registros locales que alcanzan para sentir un poco de frío por la espalda. El Estado nacional, las provincias y municipios poco hacen. Podo dinero se destina a respaldar el trabajo silencioso de los mínimos profesionales que se ocupan de estos “casos”. Poco apoyo reciben las organizaciones de mujeres que llevan la cuenta de los abusos y crímenes y desarrollan acciones solidarias concretas para asistir a las víctimas. Falta personal en las comisarías, capacitado para tratar con mujeres y niños.

Puñaladas, golpes, fuego, sangre, moretones, violaciones, quemaduras, huesos rotos, lágrimas, silencio, complicidad, dolor, abuso: ¿dónde está el amor por la mujer perdida? ¿De qué pasión hablan los que poco dicen?

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