por Emilio Vera Da Souza

Cuando me pasaron el primer borrador de esta historia, mi asistente me aclaró que él pensaba que la historia en sí ya estaba contada en varias novelas y vista en varias películas, pero que había algo de fondo, imperceptible casi, que la hacía interesante y original.

La leí como al descuido y casi sin entusiasmo. Pero también me pareció que había algo en esa historia, en la trama de la historia y en lo profundo de los personajes que merecía otra vuelta de tuerca. Una mejora, una visión profundizada de lo que aparecía en la primera piel.

Le escribí al autor unas líneas a mano y le pedí a Harry que se la enviara inmediatamente.
Me parecía que lo fundamental era el espacio en donde la historia se desarrollaba y eso no estaba bien contado.

Ambientar los personajes y lo que hacían en una lejana ciudad de provincia, al oeste de la Argentina, sólo conocida por una montaña y los vinos que se producían allí, era el escenario necesario para que la originalidad se esparciera por toda la idea central que este ignoto escritor había pensado.

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Si los cambios y giros que yo pretendía en la historia comenzaban a aparecer más definidamente, yo apoyaría el plan.

Para mí no era la revelación de una novela. Era simplemente un argumento de un libro para un guion de cine. Se lo hice saber, le escribí que se tomara su tiempo y que me enviara su escrito final.

Era más interesante un history board, pero entendía que por esos lugares hay pocos capaces de hacerlo sin técnica y sin la guía de un experimentado en los rudimentos del cine.

“Tómese su tiempo amigo, pero no tanto como para que se nos pase la oportunidad, ni lo haga tan rápido que no pueda madurar el contenido”, le dije.

Y me quedé a la espera del resultado.

Y se tomó su tiempo. Bastante tiempo para lo que yo necesitaba.
Hoy estamos preparando los detalles de preproducción para el inicio del rodaje, ya está el financiamiento y la selección actoral. Es una coproducción entre tres empresas desarrolladoras de films de tres países.

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“Ahora ese tiempo es mío” cuenta en el suplemento de Cultura de “La letra española” el productor y cineasta Fernando Trueba, encargado de la dirección de esta coproducción que parece salida del primer molde de una literatura básica, pero iniciática.

La mano es el nombre del borrador que se utilizó para participar del concurso internacional de novelas de la editorial P.Inc. y este es un breve ejemplo de lo que hay en sus páginas:
Algunas frases me perseguían hasta que las anotaba en algún lugar confiable. Si las ponía en un papel cualquiera dentro de un libro o en la puerta de la heladera, seguían dando vueltas en mi cabeza.

Tenía que ser en algún soporte que mi pensamiento autónomo considerara seguro. Un cuaderno, un archivo de texto, un mensaje a mí mismo dentro del correo electrónico, entonces me olvidaba de la frase y de sus circunstancias. Un trámite sencillo para olvidar y que sólo si en el futuro algo me traía el tema a recordarlo, me permitía ir a buscar el archivo. Y allí, en la seguridad de que yo lo había guardado, estaba el océano inmenso de posibilidades pero imposible encontrarlo. No recordaba el nombre del archivo, ni la fecha, ni en qué carpeta estaría, ni si lo mandé a mi correo.

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Anotar para olvidar, recordar para poder usarlo, saber que está perdido, darlo por perdido para siempre para finalmente encontrarlo… cuando ya no nos servía para nada.
“Las novelas no enseñan nada”, dijo tranquilo como si supiera de novelas.
Se puede ser un viejo asqueroso y no ser Bukowski.

Se puede escribir de mujeres, decadencia, sexo, abusos, violencia, periodismo y escritores, y no tener un apellido que suene inglés, o europeo.

Se puede describir perfectamente el crimen y la traición, las pasiones y las obsesiones. Lo que no se puede es describir los olores del paisaje cuando no se lo conoce.

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