Emilio Vera Da Souza (everadasouza@gmail.com)

También en Argentina hay personas que provienen de otros países y tienen nombres, algunos más conocidos que otros, que no figuran en el listado de los autorizados.

La cantidad entonces de nombres entre nosotros es considerable a la hora de elegir uno para el hijo o hija recién estrenados.

Los más recientes incorporados al listado son: Diogo, Chantal, Dethra, Breña, Nanda, Diano y Mara, Dona, Paco, Bruce y Willy. Como dato, sabemos que los dos últimos fueron aceptados por trámites separados, pero luego se conoció que una persona quería llamar a su hijo Bruce Willy.

Es más o menos fácil incorporar un nombre al listado. Se debe enviar una nota a la Dirección General del Registro, y con un costo mínimo, y en más o menos veinte días, si todo sale bien (cosa rara) queda incorporado. En caso de que el nombre fuera extranjero, se debe agregar una nota del consulado del país de origen del nombre.

La Ley Nacional de Nombres prohíbe aquellos que “sean ridículos, extravagantes, contrarios a nuestras costumbres, que expresen o signifiquen tendencias políticas o ideológicas o susciten equívocos respecto al sexo de la persona a quien se impone”.

La misma ley rechaza los nombres extranjeros a menos que estén castellanizados y sean de fácil pronunciación. Tampoco se pueden usar apellidos como nombres propios y los nombres idénticos al de los hermanos vivos. No se pueden usar más de tres nombres.

Pero una cosa es la ley y otra la realidad. Habiendo tanta cantidad de nombres disponibles y la posibilidad de incorporar nuevas propuestas, ¿por qué los padres eligen los que eligen? La realidad contiene casos que a veces son “ridículos, extravagantes o suscitan equívocos”.

Llama la atención que en los últimos años abunden los Brian. También es notoria la cantidad de Marcelos que hoy tienen entre 35 y 50 años. ¿De donde vendrá esa influencia? ¿Mastroianni tendrá que ver en el gusto de las madres?

El caso de María es bien conocido, ya que la religiosidad y veneración a la Virgen es asunto generalizado.

El problema que suele generarse también es la combinación con el apellido.

Mi amigo Rogelio “Guli” Bustos quería casarse con su novia Dolores, pero el amor no era correspondido y se frustró el matrimonio y el ridículo de la señora.

Hay una profesional de la salud a quien el papá castigó al llamarla Lucila. El padre es el conocido doctor Chacón.

Son tan sabidos los chistes sobre Armandos y Susanas que ya no nos hacen gracia.

Otro asunto es la concordancia con el oficio o la profesión: el hematólogo de la calle Amigorena, Dr. José Sanguedolce; el abogado Carlos Cuervo, el veterinario Miguel Lavaca; el interventor militar del Instituto Nacional de Vitivinicultura, Aniceto Tinto Pérez; el conocido banquero Raúl Juan Pedro Moneta; el fallecido barrabrava de Boca “el Abuelo” José Barrita, el dueño del servicio de sepelios Salvador Milio.

Daniel Islas atajaba como arquero en Tigre y Carlos Amarilla es un conocido árbitro de fútbol. Carlos Cañón fue asesor de Menem en temas militares.

Cada uno tendrá algún compañero de la escuela, o un tío, una vecina, alguien que le recuerde con pena y una sonrisa, más escondida que evidente, algún nombre ridículo.

En Uruguay, en Cuba, en Venezuela y en China, el imponer nombres a los hijos no está reglamentado más que por la tradición, los usos y las costumbres. Por ese motivo hay casos catastróficos: Usnavy, One Dolar, Email, Yahoo, Lexotanil, y sigue la lista.

Llenaríamos páginas y páginas haciendo referencia al significado u origen de los nombres y el destino que les espera a quienes los usan. Ustedes lectores ¿podrán satisfacer tanta duda? Sabrán el origen del nombre Celso. En homenaje a qué ilustre antepasado se le puede llamar a alguien Cleto.

Muchas gracias.

Hasta la próxima.

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