Te amo, no sé de qué otra forma decirlo. He intentado que lo veas en mis ojos, en mis pasos que indefectiblemente cada diez o quince días me conducen a vos. He tratado que lo veas en la manera cotidiana y natural de mimarnos: calzándonos zapatillas y caminando los mismos senderos empinados, riéndonos del sol, protegiéndonos bajo el mismo sobretodo de la lluvia…

Compartiendo la música que tanto nos gusta, tomándote de la mano aun sin pensarlo cuando viajamos, cuando charlamos, cuando nos quedamos dormidos uno al lado del otro…

No hay piel que hable a mi cuerpo como la tuya, ni pensamientos que pueda compartir con nadie como contigo. ¿Cuántas veces planeamos cosas y estamos en desacuerdo? Piénsalo… parecemos cortados por la misma tijera que dibujó los álamos que se encadenan a la orilla de los canales o a las montañas que definen nuestro horizonte.

No pretendo que pienses como yo, porque yo tampoco seré tu sombra.

No pretendas que yo haga todo lo que esperas, porque tampoco espero que seas mi títere.

Pretende sí que te respete en lo más hondo, en aquello que nos juramos sin palabras… en lo sagrado.

Pretende sí que te ame porque ya lo hago, sin proponérmelo, sin darme cuenta…

Pretende que te exija que me ames también…  porque no creo en el que da y no recibe.

Yo, a mi vez, pretendo que saltes las murallas que aún te queden, que dejes atrás las torres y los fosos con cocodrilos…

Pretendo que te levantes de ese sofá y me digas que tu cara de payaso triste es porque estuvimos todo el día separados… Que me abraces y me permitas decirte que lo siento, que lo último que haría sería hacerte daño…

Y que me digas que lo sientes también. Cada lágrima por ti es un agujerito que se cura sólo con entendimiento.

Las palabras –tantas veces innecesarias- a veces son un bálsamo al corazón. No tengas miedo de decirlas, menos de escucharlas.

No te refugies tan dentro, en el frío.

No te repliegues en tu orgullo, es tan difícil salir de esos laberintos.

No llores solo, no te abrigues de soberbia, no esperes que sea el otro el que de esos pequeños pasos hasta ti…

A veces será necesario que tú enciendas esa vela apagada y encuentres las largas escaleras que te llevarán fuera de la duda o de la tristeza.

Haz un esfuerzo: quiere con el alma, ama con toda la piel, con cada hueso, con cada nervio… ama con cada dedo de tus manos y así te corresponderán.

Abre tus ojos, el amor no entiende de océanos infranqueables… pero sí de pequeños barcos que extienden sus velas esperando el viento que los llevará más allá del mar.

Myriam.-

 

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