Le pregunté cómo se sentía por estos días y dijo sin mostrar la hilacha: “sobrellevando mi inexorable destino”.

 

¿Qué destino Julio? “El destino que le depara la vida a las personas como yo” dijo seriamente.

 

“¿No te has dado cuenta acaso? Soy Negro”.

 

Y mostró su sonrisa, aunque no hacía falta.

 

Entre la ironía y la realidad, al Negro Julio Castillo, le sobran sonrisas y no le escatima al sarcasmo.

 

Julio “el Negro” Castillo sabe de qué se trata la vida. Conoció de niño la más grande pobreza que un niño puede saber: quedarse sin padre y tener que hacerse cargo con menos de diez años, de alimentar a su madre y sus hermanas. Ayudante de verdulero su primer tarea. Y desde allí no paró.

 

El se interesaba por el arte. Las artes. Todas las artes. Pero salió más hábil para hacer negocios y generar dineros, entonces eligió dedicarse a conseguir esa necesaria herramienta para que varios más pudieran dedicarse al arte. El Negro Castillo hacía dinero y los artistas hacían arte.

 

El Negro salió generoso y solidario para compartir a los artistas, a los que andaban con dificultad, a los periodistas, a los amigos, a los menos hábiles, a los merecedores, lo que él generaba con trabajo e inteligencia.

 

Lo que más le gusta al Negro es la pintura, pero otras artes lo demandaban. Entonces se fue encontrando con tipos que rondaban esos oficios y así comenzó su colección de amigos: Armando Tejada Gómez, Julio Le Parc, Carlos Alonso, Víctor Hugo Cúneo, Fernando Lorenzo, Ricardo Tudela, Antonio Di Benedetto, Eduardo Tejón, Fabiana Bravo, Jorge Marziali, Dante Polimeni, Gastón Alfaro, Luis Politi, Ramón Abalos, Julio González, el Gringo Ricardo Embrioni, Lalo Menéndez, Carlos Quirós, y… sigue la interminable lista. Don Natalio, Luis Villalba, Miguel Rep, Carlos Polimeni…

 

Aun quedan por allí los vestigios de lugares emblemáticos. Sobre todo en la memoria de casi todos los que transitaron por la Ciudad: el café Gargantúa de Rivadavia y San Martín y la pizzería Pantagruel, frente a la galería Piazza. Esos dos lugares eran los negocios más conocidos del Negro Castillo.

 

En Pantagruel estaban los cuadros de los más destacados pintores mendocinos de todos los tiempos y en la esquina, en Gargantúa, había un mural realizado durante días y noches por el Gringo Embrioni, que era una belleza única en el café – refugio de tantos artistas, de tantos locos, de tantas bellas mujeres, de tantos desconsolados, de tantos periodistas, de tantos perseguidos, de tantos incomprendidos.

 

Los lugares del Negro Castillo, eran como refugio.

 

Eran la comida caliente para los que hacía días que no veían un billete.

 

Era la solidaridad concreta.

 

Una vez caminábamos juntos por la vereda de la galería Tonsa, y un policía que estaba de custodia por el lugar, donde abundan las casas de cambio de moneda extranjera y muchos negocios de distinto tipo, lo miró muy feo al Negro. Se paró en seco en el lugar y sin dar tiempo a nada le dijo al cana: “¿Qué hace?”, el policía contrariado dijo: “Sólo lo miraba” y el Negro Castillo le contestó “No usted no estaba mirando. Usted me estaba junando. Y para que sepa, Usted estaba junando al Negro Castillo, aparte de ser Negro, es resentido. Así que la próxima vez que pase, usted va a hacer lo que tiene que hacer: mirar bien.” Llegamos hasta la otra cuadra y volvimos y el policía en el mismo lugar, lo miró de frente, le hizo la venia y le dijo: “Hasta luego señor Negro Castillo”

 

Así es el Negro. Un tipo que recorrió los países del mundo rescatando mendocinos que rajaban exiliados, algunos por le persecución política y otros por el exilio económico.

 

Julio el “Negro” Castillo, fundó diarios, armó galerías de arte, financió revistas, generó editoriales, impulsó proyectos cooperativos. Ayudó a varios que tenían que salir velozmente antes de que los encontraran los comandos de la desaparición. Cientos de libros se conocieron porque él llevaba a los escritores a las imprentas.

Su generosidad no supo de límites.

 

El pintor Carlos Alonso dijo que es el “ministro de cultura natural”. Otros le dicen “Mecenas” pero el se conforma con ser, simplemente “El Negro” Castillo.

 

Ahora más flaco, por los años quizá.

 

Ahora de caminar más lento. Por la experiencia tal vez.

 

Cada vez que nos vemos, nos tomamos un café.

 

Como ayer, en la calle avenida España.

 

Algunos amigos le siguen ausentes sin justificativo, y otros están ausentes contra su voluntad.

 

Si alguien dice Julio, podría saber de quien se trata.

 

Si alguien dice Negro, quizá pueda aproximarse.

 

Pero si dicen “Negro” Castillo, no hay dudas de que se refieren a la personificación de la solidaridad concreta.

 

 

 

 

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