Nosotros tan blanquitos y tan prolijitos y con los papeles en regla, con dos pasaportes. Nosotros, tan viajados y tan estudiados, siempre somos muy considerados entre nosotros. Tanto que nos pensamos infalibles, y lindos, y buenos y bellos. Y rubios, y esbeltos.

Hace un tiempo, pero últimamente con más frecuencia, escucho más seguido en los lugares públicos, en los espacios comunes, en reuniones privadas y en las redes sociales, hablar despectivamente de otro o de otros y calificarlos sencillamente como “negros” cuando esa persona no le gusta a alguno.Eso que hace “tal o cual” es de “negro”.Y si alguien se atreve a contradecir al descalificador, hace una pequeña aclaración, con la cual, piensa que salva la ropa. “Cuando digo negro, me refiero a “negro de acá” –señalando su propia cabeza.O dicen: “Quiero decir negro, pero negro de alma”.

Debo confesar que ya es tan frecuente y tan a boca de jarro, que los que usan esos recursos descalificantes, ya me tienen cansado. Me llenaron… estoy harto. Me acuerdo de Julio Castillo, de Roberto Fiat, de Rubén Rada, de David Blanco, de Horacio Fontova y tantos otros negros pero tan negros, que llevan el Negro hasta en el nombre.Me acuerdo de mi abuelo que se enamoró primero de una de cutis oscuro y luego de otra que también. Mi abuela era bastante negra. Yo lamento no tener ni su pelo ni su piel.

Quienes piensan que la pigmentación de la piel los hace diferentes están fritos.Con los avances de la ciencia, en estos días, no hay argumento posible para indicar que el color o la ausencia de color nos hace mejores o peores. Simplemente nos hace diferentes. Ni más o menos inteligentes, ni más piolas, ni más divertidos, ni más sanos, ni más cancheros. Distintos, diferentes, únicos. Y como somos todos diferentes, para protegernos, la ley debe tratarnos por igual.

Las minorías raciales no pueden ser descalificadas con ningún motivo. Y pareciera que por allì se quieren colar algunos intolerantes, algunos ignorantes, algunos poco solidarios, algunos que usan bastante la discriminación como argumento y la sinrazón como lo cotidiano.

Mi amigo Antonio Morescalchi, hacedor de vinos rubio y florentino que viaja por todo el mundo, dice: “¿Qué es el terrorismo? En una escala global, es una pequeña fuerza tratando de tener un gran impacto. Su objetivo es crecer hasta el punto de convertirse en una bola de nieve… tenemos que estar atentos… Si nos inclinamos hacia el racismo ayudamos al terrorismo”, concluye Antonio.

Tratar a los pobres, a los distintos, a los inmigrantes, a los menesterosos, a los que andan por el mundo buscando un lugar tranquilo para vivir, de “negros” y despreciarlos por eso, no es sólo una señal de ignorancia, sino que también es un reflejo del miedo. Y yo desde este pequeño lugar que ocupo, me niego a vivir con miedo y entre los que no soportan lo diferente.

Yo soy de acá, como todos tengo historia y tengo raíces, pero soy de acá. Amo este lugar, pero no por el paisaje, amo esta tierra por la gente. Y qué casualidad, que les veo las caras a esta gente, y veo todos los colores, aunque no veo sus almas. Ni siquiera sé si las personas tienen algo llamado así ajeno a su ser. Pienso que somos una unidad cada uno. Pensamiento, cuerpo, espíritu, genes, historia, sentidos y sentimientos. Y no veo diferencias por pigmentos.

Pienso y quiero creer que todos merecemos la posibilidad de ser respetados como seres únicos y defendernos como un complejo de seres en unidad.

No hay negros malos, rubios buenos, amarillos inteligentes o rojos repugnantes.

Y si no, pregunten a los niños.

Ellos no saben de fronteras ni razas ni diferencias anatómicas.

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