Yo no miro rubias. Busco una. Una en particular. La busco entre tantas sin poder encontrarla. La busco con afán apasionado. Busco esa rubia, sabiendo de antemano que en algún lugar podría estar pero con la casi certeza de que, cuando la encuentre, ya será otra y no la que buscaba.

 

Habría una, tal vez, que podría ser. Pero imposible encuentro sería… ya que no anda por lugares en los que puedo fijarme.

Norma Jeane es la hija sin padre de una loca editora de películas, más dada a las pastillas y el alcohol que al arte. Su padre, al que nunca conoció, era panadero y este dato es quizá el más significativo, el más importante, para entender su historia y el desenlace final.

Ella es el prototipo de la mujer ideal del siglo pasado (ya hace casi una década). Amada por todos los hombres que la vieron aunque sea una vez.

Aunque sea en fotos. Aunque sea en películas. El deseo caminando. La pasión que consume. Ella es el mito que inventó su propio mito. Matrimonios frustrados, relaciones imposibles, amores peligrosos. Una caminante en la cornisa (Braceli dixit).

Una noche, un 5 de agosto, no concurrió a una fiesta en la que se imaginaba estaría su amante, y se tomó entero en frasco de pastillas. Nembutal dijeron mis colegas por los diarios. No sé qué es eso. Los policías que aparecieron en el lugar –esos sin uniforme y con lentes oscuros, afeitados y con olor a pucho recién apagado, que se dicen “policías secretos” y que llevan la “marca de la gorra” – fueron ocultando todo objeto incriminatorio, toda pista posible. Las grabaciones telefónicas, los mensajes escritos, los vasos con algunas marcas de dedos anónimos. Todo.

Era necesario cortar toda posible relación con cualquier persona conocida o reconocida –famosa diríamos ahora- para evitar un escándalo imparable. Por eso se propuso una teoría que inmediatamente saltó a la calle a recorrer orejas, en formato de rumor que no es otra cosa que el antecedente más primitivo y con más rating de la noticia tal como la conocemos y definimos en la actualidad.

Suicidio. Eso repetían las señoras bien, las envidiosas eternas. Las que nunca se aventuraron a las pasiones. Las que dejaban ir a los amores verdaderos por la conveniencia de una vida sin sobresaltos.

Suicidio. Pero nadie que la hubiera visto bien, lo creía. Algunos ni siquiera creían que estuviera muerta. Aun sucede. Hay tipos que no se convencen de la idea de la fatalidad.

Treinta y seis años. Una belleza que traspasó el cielo. Como pocas, una estrella del mundo.

Era el cuerpo ideal. La cabellera perfecta. El color con luz propia. Era la mujer, la adolescente, la niña inocente. El desenfreno fatal. La mujer nueva. La que buscaba la felicidad. La que sabía que con dinero se sufría igual. La que murió de fama.

Hace unos años, luego de la visita a un escritor amigo en la capital de Chile, pasé por una calle larga que en una de sus laterales tenía un inmenso murallón que, me decían los que caminaban por allí, ocultaba las vías del tren. Allí saqué una foto a uno de los mensajes más intensos que vi en mi vida.

 

Del tamaño de toda la altura de la pared, con letras bien negras, mientras uno caminaba se podía leer la pintada: “Marilyn, Santiago te estuvo esperando”.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here