La Cámara Argentina de la Construcción descartó traer a Lula a su convención anual de hace dos años, a pesar de tener la aceptación del ex mandatario brasileño, porque consideró que su figura estaba devaluada. Craso error de apreciación a la luz de la excitación que provocó ahora el entonces desairado entre los empresarios reunidos por Idea, que apostaron con éxito al seguro poder de seducción del ex gremialista.

Con Luiz Inácio ”Lula” da Silva en la cena de apertura, el cónclave patronal se aseguró este año la mayor afluencia de sponsors y comensales que llegaron ayer a ”La Feliz” para escuchar el diálogo que mantuvo frente los micrófonos con el titular de este coloquio, Ignacio Stigman. Según declaró públicamente el ejecutivo de 3M, el principal atractivo del brasileño es haber sacado a muchos millones de conciudadanos de la pobreza. Sin aclarar que lo hizo prácticamente sin afectar el interés de la poderosa y creciente clase media de Brasil.

Nadie parece ignorar que Lula forjó casi como autodidacta y en años de trabajo político su actual perfil de estadista, que le valió varios galardones de la comunidad internacional. Mientras gobernó la nación más grande de Sudamérica, desde el 1º de enero de 2003 al mismo día de 2011, demostró que un político de extracción gremial es capaz de administrar una economía compleja, proveyendo un bálsamo a la multitud de pobres sin impedir, al mismo tiempo, que sigan proliferando las grandes fortunas.

Lula, y Brasil de su mano, ganó una jerarquía notoria en el tablero mundial. Valga de ejemplo que en diciembre de 2009, cuando una de las cumbres presidenciales de Naciones Unidas más decisivas para discutir sobre el cambio climático iba irremediablemente al fracaso por el desacuerdo entre países ricos y pobres, Barack Obama eligió a sólo cuatro mandatarios para intentar un acuerdo de último momento que pudiera salvar al mundo de los daños de la contaminación. Lula entre ellos.

Pero para la tribuna patronal local quizás el mayor mérito del político fue su singular eclecticismo. Ese que le hizo honrar en parte los principios sostenidos como sindicalista combativo, pero con decisiones de sesgo ortodoxo. El primer nítido signo de esta dualidad lo dio al conformar su primer gabinete, cuando designó como titular del Banco Central al entonces presidente del Bank Boston, Henrique Meirelles. Un técnico ajeno a la izquierda. Compensó en parte con Antonio Palocci en Hacienda, otrora trotskista.

Esa mixtura que lo convierte en un moderado y los logros sociales de sus mandatos ayudan a minimizar la corrupción que sacudió y sacude al Partido de los Trabajadores. Los descalabros de su organización partidaria parecen un dato soslayable para quienes anoche lo escucharon y aplaudieron con ganas. Presumible prueba de que los desmanejos administrativos no desvelan a los hombres de empresa, salvo cuando perturba de un modo directo su propio negocio.

La expectativa que generó Lula poco tuvo que ver con la curiosidad que despertaron otros ex mandatarios en anteriores coloquios, entre ellos su connacional Fernando Henrique Cardoso, un intelectual de centro, que pasó por el Sheraton marplatense a principios de noviembre de 2007, cuando Cristina Fernández de Kirchner acababa de ser electa presidenta de los argentinos.

Entonces, el representante del Partido de la Social Democracia Brasileña planteó ideas que bien podrían haberse interpretado como recomendaciones a la inminente titular de la Rosada sobre cuestiones operativas como mantener las retenciones y combatir la inflación bajando el gasto público, pero sin pretender controlar los precios. Y otras de fondo, que precisaron su perfil ideológico. ”No hay alternativa si el Estado no funciona. Pero el poder estatal debe respetar las reglas de mercado”. CFK no estuvo allí para escucharlo. Tampoco ayer para hacer lo propio con su sucesor en el mando. La Presidenta elude este escenario de primeras figuras empresarias, al que siempre percibió hostil, más allá de los buenos modales

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