Los desafíos de la sociedad en red

 

El reciente fallo que suspendió la neutralidad de la red en los Estados Unidos volvió a poner el debate en esa zona gris que une internet y política. Recordemos que la neutralidad, de manera somera, es el principio que garantiza que toda la información que circula por internet lo haga en igualdad de condiciones. Una vez pagado el abono, deberíamos tener acceso sin interrupciones a toda la red. Para todos todo. Eso nos garantiza la neutralidad.

Cuando en 1996 John Perry Barlow redactó la “Declaración de Independencia del Ciberespacio”, lo hizo en un contexto: el Congreso de los Estados Unidos acababa de aprobar el Acta de Telecomunicaciones, una ley que alimentaba la desregulación y la concentración en el sector. El manifiesto de Barlow tiene algo de ese estilo “Terminator liviano y altanero” de muchos militantes digitales (“En nombre del futuro, les pido que nos dejen en paz”) pero también es el que con más claridad funda el costado insurgente de internet. Es como si alguien hubiera escrito un manifiesto tecnopolítico para denunciar la Ley de Reforma del Estado de Menem; es el “irse a comer anchoas al desierto” que tuvieron que hacer los que rompieron con la estructura partidaria en los 90: “nos vamos, acá no se puede estar”. Eso dijo Barlow: nos vamos a vivir al ciberespacio. “Sus conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros”, escribió.

Tengo un amigo que es inteligente y tiene un blog. Como muchos otros educados al calor del Apocalipsis 3:15-16 (“Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca”), este amigo cuando se relaja habla como un miembro del Comité de Actividades Antiamericanas que señala hippies y comunistas. No le gustan los veganos; editorializa contra la razzia a las bolsas plásticas; chista cuando un geek habla de internet como un paraíso ascético que jamás fue rozado por las grasas saturadas de un paquete de Don Satur. En el fondo quisiera que el Estado o Sadaic o cualquier cosa les pinche el globo para demostrar lo que él ya sabía: que nada escapa a los intereses. Que todo es política. Yo lo escucho y tiene razón; pero también sé que tiene un blog con un template básico de WordPress y un widget para hacer nubes de tags, y lo hace porque así está discutiendo con los “medios hegemónicos”. Y lo leo y sé que tiene razón: que no es un humanista que viaja a la montaña a escuchar la parábola aldeana del Silo de los nuevos medios, sino que efectivamente está haciendo algo mejor con las herramientas de un mundo que es distinto al de hace un lustro y que hoy vuelve a ese pasado, sino obsoleto, al menos necesitado de una urgente actualización.

Internet es la condición de posibilidad tanto para esa “contracultura” de Barlow como para esa democratización de mi amigo. Y pone en letras fosforescentes esta pregunta: ¿es la red una utopía imposible, una suerte de contra-aldea menonita que pretende, vanamente, vivir por fuera del barro primitivo de la sociedad y el Estado, o es acaso una nueva “civilización” que pugna por una organización capaz de defenderla, sostenerla y ampliarla?

Ya lo dijimos: los avances técnicos volvieron absurda la idea de un espacio “virtual” alejado de la “realidad”. Vivimos conectados; el futuro inmediato es un mundo donde tendremos internet hasta en los zapatos. El ciberespacio se ha fusionado con nuestra realidad; internet ha triunfado. No se trata de una humanidad nueva en reemplazo de la vieja, como en Las partículas elementales de Michel Houellebecq, sino de una civilización absolutamente modificada por las lógicas de la cultura en red. Conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto hoy entran en conflicto permanente.

Hace unas semanas, Kim Dotcom -creador de Megaupload, dueño de una fortuna, un allanamiento policial de corte hollywoodense y varios procesos por “piratería”-, formó un partido político en Nueva Zelanda. Dotcom sabe que la exposición lo resguarda pero también que el triunfo de la red parece pasar por su capacidad de volverse una herramienta política. Fue Obama el que colocó a la neutralidad como eje de su campaña; fueron sus errores políticos los que no profundizaron y permitieron que hoy la justicia falle en contra de este principio. Más allá de experiencias más o menos interesantes o más o menos chirles -las banderas de la cultura libre, el Partido Pirata, el Partido de la Red, o el trabajo de asesores y militantes de ciertos partidos tradicionales- se impone una articulación entre internet y política que vaya más allá de un capítulo de comunicación institucional -qué red social no se puede perder un candidato- para abordar cuestiones como el acceso libre, el alcance de lo público, los derechos de autor o la privacidad. ¿Necesitamos una ley que consagre la neutralidad de la red? Es la política, estúpido.

Fuente: Télam

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