Llueve en la ciudad

Llueve en la ciudad.
Es tarde, se da cuenta cuando mira el reloj.
Una ciudad que es como cualquier ciudad. No es Manhattan, no es París, no es Madrid. Ni Buenos Aires.
Llueve en la ciudad y la gente va llegando a tomar su colectivo.
Termina el día en el calendario.
Se van juntando poco a poco frente al local donde paran los colectivos.
La vereda rota junta agua.
Algunos meten el pie hasta el tobillo.
Putean bajito. Las zapatillas y las medias se ensuciaron con barro.
Los que andan con zapatos les entra toda el agua.
Se pueden ver nítidas las caras de hombres y mujeres cansados a la vuelta del trabajo.
Ropas mojadas. Pelos mojados. Olores mojados.
Algunos fuman y se ven las brasitas que iluminan los gestos de los rostros serios, sin sonrisas, duros.
Otros miran su teléfono, miran hacia el final de la calle.
Calculan mentalmente cuanto falta para que venga su colectivo.
Las personas se miran disimuladamente.
Algunos imaginan qué piensan los otros. Otros no piensan nada.
Llueve más en la ciudad.
El agua se acumula en la calle y los vehículos que pasan salpican a las personas que esperan al borde de la vereda.
Unos son invisibles para los otros.
Nadie se conduele con la suerte del otro.
La ciudad es oscura y cruel a esa hora.
Una pareja camina contra la pared, abrazados. A lo mejor no los moja tanto la lluvia. Tres jóvenes con gorritas deportivas caminan en sentido contrario. Mientras se aproximan a la pareja miran de costado. Los novios se acurrucan más y pasan finito a los ladrillos. Les da miedo esos tres. Los muchachos de gorrita, también sienten el miedo de las caras de los otros. Todos tienen miedo. Unos de otros. Sensación de sensación de inseguridad.
La ciudad se ilumina con pocas luces entre los árboles. Luz mortecina, que no alcanza para ver bien, pero que no deja que en ningún lugar podamos ver la oscuridad natural.
Por las ventanas abiertas de las casas se escuchan risas de niños que aún no se duermen.
También hay ruido a ventiladores. No hace tanto calor, pero los mosquitos no se acercan.
Se ven algunas motos pasando cerca de los autos, llevando comida a los rezagados que se olvidaron de comprar en el almacén más temprano.
Pizza o sanguche de lomo o pollo con papas fritas. Queda un tomate arrugado en la heladera. No hay pan fresco. Un fondo de galletas en su celofán dejadas en el cajón de arriba.
No hay sonidos en la casa. Algunos duermen en su habitación. Otros habitantes de la casa están a oscuras en sus camas, iluminados con el resplandor de la pantalla del teléfono, mientras miran los mensajes, mientras contestan los mensajes, mientras esperan los mensajes.
El cosito del botón de la mochila del inodoro no funciona y se escucha el gotear del agua que nunca alcanza para llenar el tanque. Gota a gota, molesta todo el tiempo y recuerda que nunca lo arreglamos. A veces por falta de repuesto en la ferretería. A veces por falta de billetes.
Mientras se prepara en la cabecera de la mesa, un repasador el plato, el cuchillo, el tenedor, las galletas que quedan en el paquete, un sachet de mayonesa, el salero con un poco de sal entre granos de arroz. Un vaso con vino tinto, dos hielos y soda.
Llega la comida. No está muy caliente pero pasa. Él come despacio. Bebe despacio. Piensa despacio. Así lentamente se va terminando la cena. Un tiempo de descuento.
Un espacio ganado al cansancio, a todas las contingencias y problemas del día.
Mientras queda el plato sucio sobre la mesa, el vaso medio vacío, los restos de migas de las galletas duras. Mientras mira a lo lejos de la ventana como mirando nada, él se apoya su cabeza en su mano y el codo en el borde del mantel.
Se relaja. Se deja atrapar por el cansancio y el sueño. Se queda dormido inclinado en la silla dura de madera. No hay manera de llegar a la cama y tampoco importa.
La noche sigue su destino inexorable. Cruel y oscura. Nada la detiene.
Llueve en la ciudad.

Por Emilio Vera Da Souza

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