Por: Alejandro Horowicz

”Nuestra realidá vital es grandiosa y nuestra realidá pensada es mendiga”
Jorge Luis Borges

La política nacional sufrió un vuelco inesperado: las inundaciones nos trasladaron del brocato de los cardenales a la cloaca porteña, de la estrategia de los que carecen de estrategia a la catástrofe platense. En rigor de verdad sucedió lo que estaba y sigue estando en el adn colectivo: una sociedad que no regula el capital, donde la rentabilidad es el único patrón admitido y compartido de comportamiento público, está condenada a la tragedia perpetua.

Ese brusco vuelco no cayó como precipitación inesperada en un cielo sereno, sino como incapacidad sistémica para reconocer signos manifiestos. Basta mirar la impresionante seguidilla para comprender: inundaciones en Santa Fe en el 2003, el incendio en República de Cromañón el 30 de diciembre del 2004, la muerte en la ruta de los alumnos del Colegio Ecos en octubre del 2006, los ”accidentes” de tránsito de la ¿última? década, los derrumbes edilicios en la CABA, la reciente tragedia ferroviaria de Once, y el asesinato de Mariano Ferreira, para citar los asuntos más conocidos.

¿Hechos contingentes? ¿Patrón de comportamiento estructural?

Quien responda desde la teoría del accidente, de un modo o de otro, desconecta los hechos y propone corregir cuestiones de detalle; asume que básicamente no hay modo de evitar ninguno de estos sucesos. La imperfección humana nos condenaría, por la creciente complejidad de la sociedad actual, y esto no tiene vuelta atrás. En cambio, una lectura menos capturada por la inmediatez, más atenta al comportamiento global, visualiza la claudicación de la política. Una sociedad que dispone de instrumentos que permitirían evitar la catástrofe y no los usa, a saber: programas de construcciones que se ejecutan sin ampliar la infraestructura pluvial, terrenos anegadizos que el catastro municipal no señala de ese modo, inversiones de infraestructura que no se ejecutan o que son manifiestamente insuficientes, redes cloacales inexistentes, autopistas que impiden el desagote y facilitan las inundaciones, avisos meteorológicos desatendidos, funcionarios crapulosos y cínicos, una idea de la seguridad que no incluye los accidentes de tránsito, una idea de los accidentes de tránsito que no considera el desguace del ferrocarril, una lectura del comportamiento sindical separada de la política ferroviaria, la política ferroviaria separada de la política nacional. En suma, una sociedad que dispone de la información pertinente, pero que resuelve desatenderla, mirar para otro lado, porque privilegia la marcha de los negocios; una sociedad así termina por destruir la aptitud previsora que la política podría aportar.

Dicho brutalmente: no es cierto que no se puede evitar. Más bien termina siendo cierto que evitarlo dejó de ser el norte compartido. Solo cuando evitarlo no choca con ningún negocio se evita. De lo contrario, un escándalo estridente arriba a la tapa de los diarios, para ser desalojado por el próximo escándalo que tampoco escandaliza. El tono falsamente moralizante (políticos corruptos, funcionarios displicentes, doble discurso manifiesto) sustituye el análisis serio y la falaz ”indignación” al servicio del rechazo de la política inunda el resto. Todos los políticos son iguales, si todos se someten a la voluntad omnívora del capital. Esa y no otra es la corrupción de la política. Y no es exactamente una novedad.

Si se quiere en la década del 70, cuando Richard Nixon se sentaba en el salón oval de la Casa Blanca y la guerra de Vietnam ocupaba el lugar central de todos los noticieros, el presidente explicaba a la mayoría silenciosa que en última instancia la guerra tonificaba la marcha de la economía norteamericana. ¿Quién quiere desacelerar el crecimiento, poner fin a la bonanza perpetua? El movimiento contestatario replicó al toque: la guerra es un gran negocio, qué duda, entonces invierta a su hijo. De eso se trataba, y de eso se sigue tratando. Pero la tragedia, la verdadera tragedia pareciera ser que saber, disponer previamente del conocimiento, no impide que termine por suceder lo que sucede, si ese conocimiento no se transforma en política, en movimiento de resistencia. Tan es así, que Europa sigue incubando una catástrofe sin parangón estadístico, perfectamente evitable, y que no solo no será evitada, sino que a creciente velocidad se empina el ritmo de la crisis (observen Chipre), al tiempo que incrementa su potencial trágico (miren España), potencial que nos estallará en la cara de un momento a otro y terminará por afectar al mundo entero. Seis meses, un año, a lo sumo dos, pero terminará por suceder; y la cifra de bajas comparada con estas inundaciones será otro dolorosísimo agravio. En esa dirección terrible marchamos.

UNA INVITACIÓN A NO PENSAR NADA. Mientras Jorge Luis Borges era yrigoyenista, mientras ”la patria” era su ”argumento”, se preguntaba: qué hemos hecho los argentinos. Y tras repasar ”pormayorizadamente” la historia nacional confirmaba la ”esencial pobreza de nuestro hacer”. Corría el año 26, publicaba esta lectura en El tamaño de mi esperanza, pero a la hora de sus obras completas terminó expurgando ese texto, y recién en el año 94, Seix Barral, volvió a publicarlo. Sangrienta ironía, mientras importaba no tenía visibilidad alguna, cuando dejó de importar, en pleno menemismo, recobró su excéntrico lugar entre los ensayos literarios argentinos.

Algo mucho más grave: todavía sigue siendo cierto que ”nuestra realidá (sic) pensada es mendiga”; pero lo que entonces podía resolverse pensando, hoy solo sucede cuando sucede, y aun así pareciera no alterar nuestra marcha sonámbula hacia ninguna parte. No siempre fue así. En la década del 30 las cosas comenzaron a cambiar, no solo nació el ensayo político con los hermanos Irazusta (descubrió nuestra evidente dependencia de Gran Bretaña cuando esta dejó de ser viable), y en medio de esa crisis formidable Federico Pinedo pensó un camino propio. Siendo ministro de Economía de Ramón Castillo envió al Senado un nuevo programa económico. Anticipaba los vencedores de la II Guerra Mundial, y dibujaba los instrumentos sudamericanos para una política industrial independiente: el acuerdo con Brasil, y el welfare state sudamericano. Nunca su programa fue ejecutado a fondo, en rigor de verdad, nunca adquirió la escala adecuada. Tanto el ejército argentino como el brasileño se opusieron; ambos se imaginaban una guerra por el control del subcontinente, y en lugar de pergeñar una política industrial común adquirían armamento importado para derrotar al enemigo nacional. La única unidad que supieron construir fue el Plan Cóndor, y la única lucha en que fueron capaces de vencer la libraron en la mesa de torturas.

Esto también quedó atrás. Una confluencia política sudamericana se abrió paso, y pensar vuelve a tener sentido; la lógica de los negocios, librada a su propia suerte, facilita una suerte de neodesarrollismo inoportuno. Entonces, en lugar de un camino sudamericano terminaríamos organizando un saqueo a otra escala. Las fuerzas que hoy operan ”fabrican” accidentes a repetición. Espontáneamente no producen otra cosa. Esa es la lógica del mercado mundial. Cuidado, así como esa lógica terminará por destrozar la Unión Europea, si no le ponemos coto impedirá la consolidación de la Sudamericana. Para que se entienda, un proyecto subcontinental requiere una estrategia política común, y una estrategia de semejante envergadura no se construye en la soledad de un gabinete sino en la plaza pública. La realidad política clama por una nueva idea fuerza, si no somos capaces de aportarla la oportunidad que nos brinda la crisis desaparecerá, y así como Europa ya perdió su lugar en el mundo, nuestro continente mestizo terminará por no encontrar el suyo. Y por cierto, el resultado de este conflicto no está escrito en las estrellas.

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