Que los muros de las calles se vayan cubriendo de colores, relieves, esgrafiados y graffitis no es puramente casual. Hay una convergencia de motivaciones entre artistas y gestores del espacio público que empuja el tipo de obras que desde hace tres años trazan en el devenir de la circulación cotidiana el acto de contemplar una pintura.

 

Las propuestas esbozadas tienen muchísimo que ver con los sucesivos Encuentros Latinoamericanos de Muralismo y Arte Público que organiza el área de Derechos Humanos del Municipio de Godoy Cruz. En esa parte de la ciudad ya existen 85 murales, todos referidos a temáticas reivindicativas de los pueblos orginarios, del medio ambiente y del derecho a la vivienda digna y a la tierra.

 

Durante la última convocatoria del Encuentro se formó un especial equipo de artistas visuales quienes básicamente se consustanciaron entre sí y con el equipo de la Casa de la Memoria y la Cultura Popular más los referentes de la Coordinación de Derechos Humanos y de la Dirección de Desarrollo Social de la Municipalidad de Guaymallén. Contra lo que podría pensarse, la idea no era “hacer un mural”, sino generar una expresión actualizada de lo que es el arte público: “Una forma de comunicación directa y de opinión directa sobre temas en común”. La definición le corresponde a Marcelo Carpita, docente y artista de Buenos Aires que fuera cofundador del Taller de Arte Público de la Escuela de Bellas Artes “Manuel Belgrano” a comienzos de los noventa e integrante del grupo Murosur junto a otros artistas muralistas. A Carpita le interesa despuntar la educación y la actitud del artista en su medio social, esa es la base del pensamiento de Rodolfo Kusch. Y a él se remite en cuanto Veintitrés lo entrevista por su último mural en homenaje a Paco Urondo y Alicia Raboy, es decir, al poeta, escritor, periodista y militante político que fuera asesinado por la dictadura genocida que también hizo desaparecer a su compañera, también periodista, Alicia Raboy. Es una obra que impacta tanto por su simbolismo como por la calidad de los participantes: Olfer Leonardo, Catriel Torres, Lautaro Carpita y Ezequiel Angulo, además de su autor, Marcelo Carpita.

 

–No parece haber forma de esquivar la tragedia que le quitó la vida a Paco Urondo e hizo desaparecer a Alicia Raboy, uno ve el Renault 6 y piensa en lo que pasó de inmediato como uno de los más crudos actos de terrorismo de Estado, ese que operaba en plena calle aterrando a los vecinos en pleno día.

 

–Roberto Khun decía que el artista es una persona cuyo rol es plantear lo tenebroso dentro de una sociedad y hacer de eso algo que pueda ser incorporado al cuerpo social para su debate. Las formas que tienen los artistas son sus lenguajes, y si lo tienen es para que lo empleen e inserten la problemática. De la forma más amorosa, por supuesto, de manera de generar un anticuerpo ante comunidades que por ahí son cerradas y tienen mucho miedo de replantearse sus propias cosas. Uno lo que trata de hacer es eso: a través del concepto estético poder plantear algo sumamente tenebroso, que causa mucho dolor, pero al mismo tiempo lo tenés que tener en cuenta porque es lo que uno siente y porque no es algo que haya finalizado o terminado.

 

–¿Cómo surgieron las imágenes y qué pensás del lugar del amor desde el cual este mural parece estar trayendo al presente la figura de Paco y Alicia?

 

–Las imágenes las venía laburando desde hace rato, no tenía idea de cuál sería el lugar pero sí que iba a poner qué significaba cada cosa. Sí sabía que Evita tenía que estar, que Paco y Alicia tenían que estar juntos. Como hablamos con Ángela (hija de Paco y Alicia), allí había un vacío, ella nos dijo que no había ninguna foto donde se los viera juntos, por lo que justamente lo que le gustó de la propuesta es que ese estar juntos se produjera. Creo que en verdad, todo lo relativo a este mural fue un acto de amor. La clave compositiva, las estructuras de valor, los colores que se pusieron son acordes al menos con la intención que se tiene de poder decir las cosas con alegría. En este caso se agrega el simbolismo, ese manojo de hojas destrozadas lo único que hacen es reafirmar la vida mientras que el cóndor tomando el fusil y la tacuara con la pluma en la mano son una metáfora sobre Montoneros.

 

Llevó cuatro días ejecutar el mural homenaje a Paco Urondo y Alicia Raboy, en un lugar extremadamente agresivo dado lo estrecho del sitio y el ruido del incesante tránsito de ese viaducto que cruza el Acceso Este. Gestar allí, de forma colectiva, una obra de arte acorde en estética y sustancia con otras que el arte urbano actualmente está generando en Latinoamérica, habla desde ya de una experiencia de intervención única y a la vez emparentada con un movimiento que trasciende las fronteras.

 

Otro autor. Olfer Leonardo es parte de ese movimiento. Oriundo de Perú pero radicado en Ayacucho, viene de trabajar el tema de las mineras en la zona norte de Chile. Antes había dejado su impronta con la técnica de la aerografía en muros de Lima, metiéndose con la coyuntura política, y siguió haciéndolo en la Argentina, donde en general se inclina por la lucha de los pueblos originarios y la contaminación ambiental. Luego de participar en el Encuentro de muralistas de Godoy Cruz, Carpita lo invitó a ser parte del proyecto mural en Guaymallén como colaborador en la ejecución artística.

 

–¿Habías intervenido en murales de homenaje a luchadores populares, como en este caso?

 

–Hemos hecho bastantes murales dedicados a gente vinculada las luchas y transformación en mi país, vinculado a temas de mi realidad inmediata. Por ejemplo el caso de la asociación de familiares de víctimas de la violencia contra periodistas. En este caso me contaron que era un homenaje a un periodista, que asesinaron y desaparecieron a su esposa. El mural es una alegoría, a mi entender, sobre lo que fue el motor impulsor de ellos, de ese proceso de transformación que inspiró a muchos argentinos desde siglos anteriores, siempre con el objetivo de querer cambiar la sociedad. El mural es un homenaje a ellos, a esa experiencia en especial. La idea ya estaba construida, y hemos intervenido en la manera de la distribución de las responsabilidades, la dinámica, sobre cómo podemos maximizar el aporte de lo que uno sabe. Somos cuatro, donde cada uno va distribuyendo su fuerza en la parte del manchado, del pegado y el alto contraste. Cada uno aporta de acuerdo también a su estilo.

 

–¿Qué te está dejando esta experiencia?

 

–Es una gran experiencia para entender otros estilos, y sobre todo para entender la idiosincrasia del pueblo argentino, lo cual es bastante motivador. Compartir con compañeros de otros lugares que están vinculados también al arte público, como este mural, me ayuda a ver cómo la dinámica mural se inserta en un contexto como el de Mendoza.

Revista Veintitres

 

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