Esta es una historia anclada en la realidad mendocina, única por cierto, proeza universal cuyo espíritu gana terreno en la conciencia cultural e histórica a medida que se acerca el 2015, fecha de celebración de su Bicentenario.

 

La historia se ambienta en el Paseo de La Alameda, a cuyo término se erguía el Molino del Estado –calle Coronel Díaz al 104–. Un borde de la ciudad estratégico por el notable giro hacia el este que hace el Tajamar, acequia principal que los huarpes llamaban Tabalqué. Sólo esa caída tenía la fuerza y capacidad suficiente para mover las grandes piedras molares que Andrés Tejeda, el protagonista de esta historia, adaptó para construir el primer batán hidráulico de la Argentina, el mismo que sirviera para confeccionar los trajes de los 5.000 soldados del Ejército de los Andes.

 

Eso ocurrió hace casi 200 años. La Asociación Argentina de Inventores lo rescata en una brevísima reseña que afirma: “Andrés Tejeda desarrolla una máquina hiladora e intenta el vuelo a propulsión humana”. Obvio es señalar que estas dos líneas dejan escapar toda la densidad de la realidad histórica compuesta por un lazo especial, afectivo pero también ideológico entre Tejeda, el que intentó volar, el general San Martín y otros protagonistas del pueblo que fueron ninguneados sistemáticamente por la historia oficial de Mendoza.

 

Con razón, dice el escritor Carlos Córdova, quien se ha propuesto recrear esta vida, esta es una historia silenciada por tratarse de un hombre demasiado “pequeño” para los cánones de los que dictan lo que es conveniente y vale el bronce y lo que no. Efectivamente, “en tiempos de la Mendoza de 1800 y tantos, vestir a un grupo de más de 5.000 soldados y confeccionar todos los pertrechos, mayores y menores –como tiendas, frazadas y diversos paños usados por el Ejército–, era no sólo un desafío técnico, sino también un desafío perceptual, un juego de la ensoñación, una fantasía que se agigantaba en la siesta”, señala el escritor. A cambio de esta pobreza de visión que a la postre nos dejó la historia oficial, Córdova plantea una gran escenificación. Algo así como el gran teatro del mundo montado en una pequeña ciudad que vio converger a dos espíritus geniales: el del humilde Ciudadano Molinero Don Andrés Tejeda y el del general Don José de San Martín. A un encuentro de esas características no podría dejar de asistir otro espíritu genial: el de Don Juan Draghi Lucero, uno de los patriarcas de nuestra literatura.

 

Que hable Don Draghi. Don Juan Draghi y la máquina voladora del tiempo. La increíble historia, la fabulosa historia del Molinero Andrés Tejeda, que soñó con volar y murió intentándolo, le pertenece a Carlos Córdova. Por ahora es teatro leído por su autor y musicalizado por Alfredo “Tiki” Gómez, en una suerte de alianza poética que apuesta a llamar la atención de actores y productores que quieran animarse a hacer realidad la representación que precisa lo narrado en esta historia.

 

En una primera escena irrumpe, frente al escritor, el fantasma de Don Juan Draghi Lucero, así como flota en el aire un conjunto de plumas como de murciélago que son, a la sazón, la máquina voladora del Molinero Tejeda.

 

En la vida real, Don Juan Draghi Lucero se refirió a las graves heridas en las piernas que le provocó al Molinero ese salto al vacío del que no se tiene fecha cierta. Llegó a la conclusión de que esas plumas causaron un resultado desastroso en Tejeda ya que murió meses después de haberse trepado al techo de su habitación para dar de lleno en el piso. Pero lo interesante no son esos detalles menores de su investigación, sino otros más suculentos. Como por ejemplo, que intentó el vuelo una vez terminada su exitosa tarea coordinada con San Martín en cuanto acondicionar un Molino y convertirlo en una maquinaria hidráulica. Es decir, una vez que el Batán cerró, más su espíritu progresaba. Había inventado ya otros mecanismos, como por ejemplo un piano hecho de maderas del país y un despertador para avisar cuando se terminaba el agua que ingresaba al Molino. Al parecer, estaba tocado hasta el exceso por la inquietud de los mecanismos, por eso planeó el vuelo y por eso también merecía ser considerado un Precursor. En un libro muy poco conocido llamado Los benefactores de Mendoza, pero también en manifestaciones verbales puntuales, el escritor Draghi Lucero propuso un acto de justicia poética para el Molinero Tejeda al proponer la instalación de una gran piedra en el costado norte de la calle Coronel Díaz al 104 con la siguiente inscripción: “Aquí funcionó el batán del ciudadano D. Andrés Tejeda, que vistió al Ejército de los Andes 1816-1817 y fue el precursor de la aviación argentina”.

 

Otra cosa que hizo Draghi fue investigar la historia de los esclavos negros que durante la colonia empezaron a quedarse a vivir en Mendoza. Descubrió que en verdad eran auténticos sobrevivientes del frío del invierno ya que los traían del África sin ningún tipo de abrigo. Los bajaban en el puerto de Buenos Aires con la idea de llevarlos por tierra hasta Valparaíso y de ahí nuevamente por barco hasta Perú. Mendoza era, pues, un paso obligado y por demás riesgoso ya que durante el invierno debían esperar a que se despejara el cruce ante las nevadas que lo dejaban cerrado durante largos períodos. También reveló cómo es que esos esclavos fueron “carne de cañón” tras la expedición al Perú y las batallas contra los realistas, aunque no ha sido el único en señalar que el mismo San Martín tenía preferencia por ellos a la hora de conformar su ejército. Lo más significativo de las revelaciones históricas de Draghi Lucero es, sin dudas, el haber reparado en el inusual hecho de que un mulato de condición humilde haya obtenido un título honorífico al ser nombrado “Ciudadano” de la mano del mismísimo José de San Martín.

 

Una aclaración importante. La obra no es un diálogo continuo sino que está interrumpido por la música y la danza, planteadas como una cuestión de género, también en honor a una genial investigación de Don Juan Draghi Lucero.

 

Se trata de la historia olvidada de Las peladas corruptas, también llamadas “Las peladas de la corrupción”. En rigor eran mujeres recluidas en los centros penitenciarios y sanitarios de la época, y se las conocía por este apodo debido a una práctica que no por vejatoria dejaba de practicarse en los centros de esa época y que consistía en rapar la cabeza de las internas.

 

Si bien los historiadores no repararon en esta situación, sí lo hizo Draghi, al poner en valor la labor que desempeñaron como costureras. Para Draghi, estas mujeres cumplieron un rol fundamental al hacerse cargo de la confección de todos los pertrechos textiles, ya que no sólo se trataba de obtener bayetas sino también luego –una vez obtenidas– prensarlas, teñirlas y confeccionarlas para hacer con ellas todo lo requerido por la tropa. Según Carlos Córdova, toda esta secuencia de teñido, prensado y costura no pudo dejar de ser mirada como un logro de un colectivo de mujeres revolucionarias que al igual que los negros fueron dejadas de lado en los relatos oficiales. “Aún hoy en los colegios públicos mendocinos se sigue hablando de las ‘Patricias Mendocinas’ como las únicas vestidoras del Ejercito de los Andes, como si fuesen las únicas también propietarias del patrimonio cultural cuyano”, sostiene. Y añade: “La historia de este colectivo de mujeres revolucionarias constituye uno de los episodios de mayor y más persistente ocultamiento a lo largo de la historia cuyana, no sólo por cómo se hizo la tarea, divididas en grupos, trabajando unidas chinas, huarpes y negras en los patios traseros de las familias criollas, sino también por la reasignación de los roles. Y es que estas mujeres fueron encomendadas (liberadas por la Gobernación General de Mendoza a través de su gobernador general Don José de San Martín), lo cual ya de por sí amerita ser celebrado”.

 

De algún modo, la situación de la aparición de Don Juan Draghi, la máquina voladora, el fugaz encuentro del Molinero y el General, más la danza de las mujeres de espíritu libre y corazón contento, trazan aquello que Nietzsche llamaba “la venganza de la historia”. Es decir, la historia no nos hace más revelaciones que las que nos merecemos. Con todos los hechos que sucedieron y nos han sido con justicia develados, más ese plus tomado a la imaginación, la cultura de Mendoza se debe a la consumación de esta obra. Es como una deuda todavía impaga. Y no pagarla sería un lujo que no nos podemos dar.

Revista Veintitres

 

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