Por. Patricio Pron
DESPUÉS DE LEVANTAR el teléfono y escuchar atentamente unos instantes, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, la pareja de Samuel Beckett, se volvió hacia él y exclamó: ”Quelle catastrophe!”. Era el 23 de octubre de 1969 y acababan de comunicarle que Beckett había obtenido el Premio Nobel de Literatura. Pésimas noticias (naturalmente) para quien había hecho del fracaso uno de los argumentos centrales de su obra. Ese mismo día, el escritor irlandés recibió un telegrama de Jérôme Lindon, su editor en Francia: ”A pesar de todo, te han otorgado el Premio Nobel. Mi consejo es que te escondas”. No tenía que decírselo dos veces: Beckett había estado escondiéndose prácticamente toda su vida. La biografía de Anthony Cronin Samuel Beckett, el último modernista publicada recientemente en España (por La uña rota), cuenta precisamente la huida del autor de Esperando a Godot desde la cuna, e incluso antes.
UNO.
Samuel Beckett nació el 13 de mayo de 1906 (él decía que el 13 de abril, Viernes Santo y, por consiguiente, día de crucifixión), pero decía tener recuerdos anteriores, de la vida uterina: ”Antes incluso de que el feto respire se halla en un estado de esterilidad, desolación y dolor”. A ese estado (que lo acompañaría durante toda su vida) contribuyó mucho una madre intolerante y fanática con la que tuvo una relación de amor y de odio que (según su biógrafo) condicionó su futura vida sexual y, de forma más simple, lo convirtió en un niño solitario y huraño para quien el ingreso en el internado fue paradójicamente una liberación. A Beckett se le daban bien los deportes y pronto se convirtió en una figura popular en el colegio, gracias a sus dotes para el críquet y el rugby (en el Trinity College jugaría además al tenis, con buenos resultados), aunque no parece haber tenido un gran interés por la literatura. Ese interés despertó con la asistencia regular al Abbey Theatre y gracias a la obra cómica del dramaturgo Sean O’Casey y de Jean Racine, que lo influirían notablemente.
DOS.
Después de terminar sus estudios en Trinity, Beckett obtuvo un puesto como profesor de literatura francesa en el Campbell College de Belfast, pero huyó de sus responsabilidades apenas tuvo la oportunidad, primero refugiándose con familiares en la ciudad alemana de Kassel. Se enamoró de su prima y ambos tuvieron una relación amorosa de varios años que acabó cuando, al parecer, la joven engordó demasiado para el gusto de Beckett, que no la encontraba sexualmente atractiva. Después consiguió un puesto de lector en la École Normale de París. Allí (y a pesar de que otros angloparlantes vivían ya en la ciudad: Francis Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Ezra Pound, Ernest Hemingway y otros) Beckett se vio pronto absorbido por el círculo de expatriados irlandeses que orbitaban en torno a la revista transition y a la enorme figura de James Joyce, quien por entonces trabajaba en una obra que acabaría llamándose Finnegans Wake. Beckett y Joyce compartían algunos intereses y una visión similar de la existencia. Más importante aún, a ambos les gustaba beber y estar en silencio, dos actividades a las que, al parecer, comenzaron a dedicarse regularmente, para gran desesperación de terceras personas. Si bien le prestó diversos servicios a lo largo de los años, Beckett nunca fue secretario de Joyce, sino una especie de discípulo y amigo, alguien cercano a la familia (lo suficiente para que Lucia Joyce se enamorara de él), pero de ningún modo un colaborador, sino muy tardíamente. En uno de sus primeros ensayos, escrito a sugerencia de Joyce, Beckett dio con uno de los temas principales de su futura obra: la necesidad ”simultánea y contradictoria de decir, junto a la imposibilidad de decir” (según Anthony Cronin). Esta sería la principal de las influencias de Joyce sobre su obra.
TRES.
A lo largo de los años siguientes, Beckett dividió su tiempo entre París y Dublín, adonde debió regresar cuando se acabó su año de lector en la École Normale. Al igual que algunos escritores irlandeses, Beckett odiaba Dublín, pero debió regresar a ella una y otra vez para cumplir con los rituales familiares y cada vez que tenía problemas de dinero, cosa que sucedía a menudo a pesar del modo espartano de vida que siempre cultivó. Una vez, Joyce le regaló un abrigo y cinco corbatas, lo cual parece haber enfadado a Beckett, que no sabía que, años antes, Joyce había sentido lo mismo cuando T. S. Eliot le dio unas botas viejas; por cierto, las botas habían sido de Ezra Pound.En algunos años, Beckett había reunido una buena cantidad de obra: las novelas Sueño con mujeres que ni fu ni fa y Murphy y los cuentos de More Pricks than Kicks. También un número considerable de rechazos editoriales y de publicaciones preñadas de obstáculos y, en general, desafortunadas. Beckett no se hacía ilusiones al respecto: a un amigo le comentó, antes de una de esas publicaciones, que ”las críticas ajenas me han de lacerar, la envidia de los otros me ha de corroer, incluso la impotencia de los demás me retendrá y me minará por dentro”. De todos modos, los resultados a menudo fueron peores de lo esperado: de More Pricks than Kicks sólo se vendieron dos ejemplares en un año y las críticas no fueron entusiastas.
CUATRO.
Samuel Beckett merece (junto con Flannery O’Connor y Katherine Anne Porter) un sitio en una hipotética lista de los escritores más enfermos de la literatura. A lo largo de su vida, el autor de Rumbo a peor padeció terribles resfriados, palpitaciones, náuseas, insomnio y terrores nocturnos, estreñimiento y súbitos episodios de diarrea, neuralgia, quistes sebáceos, eczema facial, bursitis, forúnculos, periartritis y graves problemas dentales. Y una vez lo apuñalaron. Un problema añadido fue su incapacidad de sentirse atraído sexualmente por mujeres de las que estuviera enamorado, lo que lo llevó a preferir las prostitutas y las amantes ocasionales.
Una de ellas fue Peggy Guggen-heim, la millonaria, con la que vivió una relación intermitente que se hizo famosa en todo París por las escenas que Peggy le montaba. Beckett la reemplazó por Suzanne, una profesora de piano seis años mayor que él que sería su compañera durante medio siglo y con la que no parece haber habido nunca atracción sexual. Cuando (tras innumerables dificultades) Beckett pareció haber encontrado algo parecido a la estabilidad, estalló la Guerra Mundial y todo cambió dramáticamente.
Beckett había visitado Alemania en 1937. El régimen nacionalsocialista y el clima opresivo instalado en la sociedad alemana no parecen haber llamado su atención, a pesar de que sus tíos eran judíos y pudieron dejarle claro qué tipo de situación atravesaban. Cuando Alemania invadió Francia, sin embargo, todo fue diferente. Suzanne y Beckett huyeron al sur del país, donde se refugiaron en la casa de una amiga en Arcachon en la que ya se encontraba Marcel Duchamp.
Al firmarse el armisticio, Beckett regresó a París y se puso a las órdenes de la Resistencia, para la que realizó tareas de inteligencia. Durante semanas, vivió clandestinamente en París, a veces durmiendo a la intemperie en el Bois de Boulogne y en una ocasión en la casa de la escritora Nathalie Sarraute. Cuando la situación se volvió intolerable, Suzanne y él se escondieron en un pequeño pueblo de Roussillon donde Beckett participó de las actividades de la Resistencia local (más tarde contribuiría a la instalación de un hospital de la Cruz Roja irlandesa en Saint-Lô). No es fácil determinar qué lo llevó a poner en riesgo su vida de ese modo. Su participación en la Resistencia (que le granjeó la Croix de Guerre, pero que el escritor calificó con modestia de ”cosas de boy-scouts”
) no parece haber tenido ninguna motivación ideológica, sino más bien haber sido el resultado de un impreciso sentido de su deber para con Francia, además de una bienvenida suspensión de la vida cotidiana. Según su biógrafo, Beckett ”disfrutaba de las tareas encomendadas, de la disciplina, de los objetivos concretos, de la suspensión de todo problema de mayor calado”. Es decir, de un paréntesis en una vida cotidiana que le resultaba intolerable y le parecía sin sentido.
CINCO.
Un año antes del comienzo de la guerra, Beckett había empezado a escribir en francés, un giro singular en su producción que, sin embargo, empalidecería ante su constatación de que lo había hecho todo mal. Esa constatación vendría acompañada de la escritura de Watt
, la primera de sus obras en la que pueden hallarse las peculiaridades sintácticas y las incertidumbres genéricas que serían rasgos salientes de su estilo. Beckett comprendió (y tiene que haber sido terrible hacerlo) que había algo espurio en su obra anterior, cuyos narradores fingían poseer un conocimiento del mundo y una confianza en sí mismos de los que el escritor carecía. Por consiguiente, y tras haber fracasado en su intento de escribir sobre un mundo exterior que le resultaba indiferente, Beckett se volcó sobre su mundo interior.
Lo hizo con un gesto de renuncia (a las convenciones narrativas y a las certidumbres de todo tipo) para, a partir de ese momento, narrar la ignorancia, la oscuridad y la incertidumbre (ese ”estado de esterilidad, desolación y dolor”que asociaba con la vida prenatal) que (según él) son lo único que podemos saber de la existencia. A lo largo de los años siguientes escribiría Molloy, Malone muere y El innombrable (además de la novela Mercier et Camier y los relatos y los Textos para nada). Lo haría en todos los casos en francés, ya que le resultaba más fácil escribir ”sin estilo”en esa lengua.
No deja de ser singular que la epifanía que vivió Beckett al descubrir qué era exactamente lo que tenía que hacer condujera a un tipo de literatura sin esperanza de salvación y sin epifanías para sus personajes. Como sostiene Cronin, estos no tienen carencias porque ”ya son una carencia”, como todo el texto en general, que prescinde de trama y de descripción, así como de la distribución de la información narrativa en unidades convencionales y de la caracterización de los personajes.
Puesto que sus obras iban a ser cada vez más breves en el transcurso de los años, parece evidente que su coronación sólo podía ser el silencio, y Beckett buscó ese silencio en los aspectos más profesionales de su vida. No formó parte del movimiento existencialista ni mostró una simpatía excesiva por el Nouveau Roman, a pesar de que ambas tendencias lo reclamarían como un referente, y siempre negó enfáticamente tener algo en común con el teatro del absurdo. También en lo privado: tan pronto como pudo, se compró una modesta casa de campo en la que se recluyó para escribir.
SEIS.
Beckett escribió Esperando a Godot entre el 9 de octubre de 1948 y el 29 de enero de 1949, un tiempo inusualmente breve para lo que era habitual en él. Esperando a Godotes una de las piezas de las que más se ha escrito en la segunda mitad del siglo XX, tanto sobre su significado profundo como sobre el origen del nombre ”Godot”, que Beckett alguna vez remontó a un ciclista francés poco exitoso llamado Godeau, a una frase escuchada a una prostituta de la rue Godot le Mauroy y a la palabra francesa ”godillot” (bota). La obra se estrenó el 5 de enero de 1953 y fue recibida con desconcierto por el público; ese desconcierto sólo se disiparía con los días, cuando Sylvain Zegel, Jean Anouilh y Alain Robbe-Grillet la celebraran como algo de la importancia del estreno de Seis personajes en busca de un autor. Una polémica acerca de su interpretación teológica dividió las aguas entre los espectadores, y la resistencia de Beckett a pronunciarse al respecto contribuyó al éxito de la pieza, que se representó durante todo un año en el pequeño Thétre de Babylone. Su repentina celebridad apuntaló a Beckett, que por entonces veía publicados (por fin) sus primeros libros en Les Éditions de Minuit en francés y en Grove Press en inglés. En este último caso, en traducciones hechas por él mismo.”Escribir es imposible, aunque aún no es imposible en medida suficiente” le escribió por entonces a un amigo. Beckett ya no volvería a escribir otra novela, aunque aún produciría algunas piezas teatrales. Pueden mencionarse Fin de partida, tras superar un bloqueo creativo de cuatro años de duración; Los que caen, que inició una interesante colaboración entre Beckett y la BBC; Rescoldos; Días felices; Pasos; Comedia, Film, el extraordinario corto que dirigió Alan Schneider y protagonizó un Buster Keaton que, al leer el guión, dijo que no era muy divertido pero que se podía arreglar con algunos gags de su cosecha, que Beckett no le dejó incluir; Yo no; Rumbo a peor; La última cinta de Krapp; el libreto de la ópera de Morton Feldman Neither. Al mismo tiempo exploraba la dirección teatral al encargarse de asesorar y, en ocasiones, de montar él mismo las obras.
Quienes trabajaron bajo las órdenes de Beckett recuerdan sobre todo su insistencia en que los actores debían prescindir de todo énfasis (es decir, que no debían actuar) y en que debían acogerse a un férreo patrón rítmico dictado por él (el escritor siempre había estado interesado en la música y había sido un pianista más que destacable). Beckett parece haberse volcado a la dirección de sus obras ante la incapacidad de escribir piezas nuevas, que lo afligía regularmente (o, como sugirió él mismo, por el carácter ”tranquilizador” que ofrecía el teatro, en la medida en que consistía en un espacio limitado y manejable, a diferencia de la prosa de ficción, que carece de límites físicos). De hecho, su producción fue singularmente escasa entre 1955 y el año de su muerte. Al reseñar Malone muere en el Mercure de France, Maurice Nadeau había escrito en 1952 que, tras Molloy, ”daba la impresión de que iba a ser imposible dar un paso más allá en la conquista de la Nada. Malone muere hace retroceder los límites en la empresa […]. Después de esto, es difícil imaginar que a Beckett le pueda quedar algo más que el silencio”.
SIETE.
Tras enterarse de que le habían concedido el Nobel, Beckett hizo caso a su editor francés y se escondió en Túnez y en Portugal durante unos meses. Además se negó a recibir el premio en persona, y delegó esa tarea en Lindon. También donó buena parte del dinero que había recibido: Djuna Barnes, solitaria y enferma en su apartamento de Nueva York, recibió tres mil dólares, por ejemplo. Unos años después, en 1985, le diría al traductor al polaco de Esperando a Godot que ”hace mucho tiempo que no he escrito nada y no cuento con escribir nada más”.
En efecto, su obra posterior a esa fecha es escasa y lo fue más y más en la medida en que su salud empeoraba. En 1988 debió ser internado en una residencia para ancianos porque su mujer ya no podía cuidarlo. Excepto por una última visita a su casa en el valle del Marne, ya no volvió a salir de París y poco a poco dejó de dar los largos paseos a los que se había aficionado siendo niño. Un amigo que lo visitó en la residencia recordó más tarde que ”me pareció que sin ningún género de dudas disfrutaba a medida que se iba desintegrando el envoltorio corpóreo y se iba aproximando el final”.
Beckett murió el 22 de diciembre de 1989, pero la noticia sólo fue anunciada cuatro días después. No había dejado de beber ni de fumar y, en líneas generales, la proximidad de la muerte no parece haberle inducido ningún tipo de temor ni de esperanza. A pesar de ello, y en presencia de uno de los últimos amigos que lo visitaron, Beckett entonó uno de los himnos de la Iglesia de Irlanda: ”Ahora el día ha terminado/ la noche ya nos ronda,/ las sombras de la tarde/ huyen por el cielo”. Así, sin mucho más que la constatación de que todo había terminado, murió.
Anthony Cronin
EL PRIMER encuentro entre [Buster] Keaton y él se esperaba por parte de los presentes con sentimientos encontrados, aunque resultó mucho peor de lo que nadie pensaba. Cuando [Alan] Schneider y Beckett llegaron a su hotel, Keaton estaba bebiéndose una lata de cerveza y viendo un partido de béisbol por televisión. Las primeras frases que se cruzaron fueron de manifiesta incomodidad, hallándose Beckett en la insólita situación de tener que ser quien se aventurase a decir algunas frases para expresar su admiración por la obra de Keaton. Cuando esas frases iniciales no llevaron a ninguna parte -aunque debido a su famosa máscara de impavidez nadie pudo estar del todo seguro-, seguía bebiéndose la cerveza y viendo el partido televisado. […] ¿Tenía Buster alguna pregunta en torno al guión? No, no tenía ninguna. ¿Qué le había parecido la película en una primera lectura? Tras una larga pausa no hubo respuesta. Pasaron los minutos, la situación pareció tornarse más desgarradora y desesperada, los silencios eran aún más interminables. Para emplear la palabra de Schneider, fue un desastre. […]
Durante los meses que siguieron, los participantes en la película tuvieron graves complicaciones para comercializarla. Como dijo Schneider, ”ahora mismo nadie quiere cortos, y éste fue uno que no quiso nadie, ni entendió nadie, como si además les fuera la vida en ello. […] se convirtió en una pieza condenada a la soledad, a una gran soledad. Nadie la vio nunca y muy pocos la quisieron ver.” Al cabo, casi un año después del rodaje, se les invitó a pasarla en el Festival de Cine de Nueva York, donde formaría parte de una sección dedicada a Keaton. […] El resultado fue previsible. El público, que se había deleitado con la maestría interpretativa de Keaton, dio por hecho que se iba a encontrar con más de lo mismo. Cuando empezaron a pasar los títulos de crédito y apareció en pantalla el primer plano del párpado de Buster, las risas fueron ensordecedoras. Al verlo caminar pegado a la pared con el rostro bien oculto a la cámara, las risas dieron paso a unas cuantas exclamaciones de desconcierto. Cesaron del todo, engullidas por un resentido silencio. Cuando terminó la película fueron sonoros los abucheos. La reacción de la crítica fue tan adversa como la del público. Nadie atinó a entender por qué Keaton estaba de espaldas a la cámara hasta el final mismo del corto.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here