La hora de los justos

 

Hacia junio de 1976 el poder político dictatorial dominaba la escena. Podían decidir sobre la vida o la muerte de las personas, jugar con el secreto, el miedo, el ocultamiento. Decir de quien no es, que es (“Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos ni muertos; están desaparecidos”, advirtió en su momento el dictador Jorge Rafael Videla frente al interrogatorio de los periodistas). Podían hacer el dibujo de lo que circularía en los únicos medios de difusión existentes. Y disponer del control del territorio para perseguir y secuestrar a los referentes políticos y militantes de base más o menos próximos a la organización Montoneros.

 

Esos febriles movimientos registraron acciones represivas en cadena por parte del D2, a cargo de Sánchez Camargo. Se apuntaba a la destrucción total de la cúpula dirigencial-local de Montoneros, aunque esta ya había sido arrasada en la etapa previa al golpe militar. Los que no fueron apresados y tenían orden de captura, escaparon de Mendoza y los que llegaron estaban aislados, en emergencia, la organización no podía hacer más que trabajar para autodefenderse. Francisco Urondo había sido enviado por la conducción nacional para hacerse responsable de esa tarea, en reemplazo de Pedro Rossini, quien desapareció en Buenos Aires en 1977.

 

La muerte de Urondo se produjo el día 17 en la esquina de Remedios Escalada y Tucumán. Ese día, Urondo viajaba en un Renault 6 hacia una cita de control –era la forma habitual que tenían los miembros de la organización para encontrarse y saber uno del otro caminando unas cuadras–, y de repente se encontró con una emboscada preparada por las fuerzas de seguridad conjuntas, subordinadas a Luciano Benjamín Menéndez. Con él viajaban su compañera Alicia Raboy –desde entonces desaparecida– y su hija Ángela, de pocos meses –llevada al D2 y después depositada en la Casa Cuna–, mientras que en la parte trasera iba Reneé Ahualli, también militante, quien logró sobrevivir y es testigo clave de algunas secuencias represivas que la Justicia Federal ya está reconstruyendo en este tramo final del debate oral.

 

La causa Urondo-Raboy reúne una gran cantidad de pruebas. Además, en el banquillo de los acusados está uno de los duros del D2: Celeustiano Lucero. El autor directo de la muerte de Paco Urondo, quien le dio el culatazo en la nuca con su pistola. Con motivo del tiroteo y la persecución que se extendió por varias cuadras y frente a numerosos testigos, la policía realizó un sumario relatando algunos de los sucesos y omitiendo otros, por ejemplo el ingreso de Alicia Raboy al D2 y la presencia de Rosario Aníbal Torres, escoltado por policías en la parte trasera de un auto que solía utilizar la organización. El ritual oficial siguió con un comunicado de Télam, fechado en Córdoba y publicado en varios periódicos. “Delincuente subversivo fue abatido en Mendoza”, tituló la crónica. Luego en su bajada afirmaba que con otros extremistas intentaban copar un destacamento de policía, que habían abandonado un bebé ya que “usaban a sus propios hijos como escudos humanos”. La pieza pasará a la historia del periodismo como ejemplo de la demonización de los militantes, a la larga, los hijos-escudo como la teoría de los demonios, calaron hondo en la sociedad, siempre con el acicate del miedo.

 

Torres era un reconocido dirigente peronista de base que había sido hombre de confianza de Julio Suárez, ministro del gobernador Adre, de San Luis. Este, al asumir en 1973, le asignó la misión política de conducir la policía, para lo cual le creó un cargo de alta jerarquía policial. Hacia 1976, Torres era un perseguido político en San Luis, era uno de los referentes de Montoneros, vivía en Mendoza y conocía el dato del lugar y fecha de la cita con Urondo. Todo indica que habría sido capturado a comienzos de junio y salvajemente torturado en el D2, cosa que Urondo y Ahualli ignoraban cuando fueron a encontrarse con él. Se presume que el COT se valió de la tortura para arrancarle ese dato –hay testigos que narran cómo se encarnizaron con Torres y que fue retirado en extrema gravedad, todo vendado–, sin embargo, los acelerados movimientos ocurridos entre el día 12 y 17 de junio se llegan a comprender si se sospecha que en realidad los represores contaban con información actualizada ya que con cada golpe que daban cerraban el círculo abierto los días anteriores. Quizás hayan contado con un infiltrado en las primeras filas de la conducción. Antes de ir sobre Urondo, fue capturado Vargas Álvarez, un abogado muy conocido y apreciado en San Juan por su actividad laboralista, y después fueron eliminados los esposos Olivera-Rodríguez Jurado, sociólogos, también venidos de la provincia de San Juan.

 

La lucha por la verdad histórica. Recordar, lo que se dice recordar, sólo la Turca (Reneé Ahualli) puede. Conserva en su memoria lo que ocurrió dentro de aquel Renault 6 ya que Ángela era sólo un bebé. Al declarar ante el Tribunal oral, Ahualli contó que al llegar a Guillermo Molina toda la escena era sospechosa. Los policías aguardaban disfrazados y apenas empezó la persecución por ese rincón suburbano de Mendoza –cerca de las 18 horas– levantaron sus fusiles recalentados por fuera de las ventanillas. La Turca y Urondo agotaron las municiones de la pistola y el revólver que llevaban como únicas armas. Repentinamente, Urondo preguntó si alguien estaba herido. La Turca lo estaba, en una pierna. Fue entonces que detuvo el vehículo que conducía y les dijo a sus acompañantes que acababa de tomarse la pastilla de cianuro y las instó a huir. “Por qué hiciste eso, papi”, dijo Alicia, quien tomó a la beba en brazos y salió corriendo, junto con La Turca, en dirección a la calle Tucumán.

 

Los policías se dividieron en tres grupos, detrás de cada una de ellas y en torno de Urondo, a quien golpearon en la nuca con la culata de un fusil. Ahualli ingresó en una vivienda, escapó por los fondos y se encontró con un gran baldío con unos piletones con agua donde se lavó las manos ensangrentadas. Luego subió a un trolebús que la hizo volver a pasar por la esquina de Tucumán y Remedios Escalada, donde seguía detenido el auto de Urondo, rodeado de un tumulto de vecinos, lo que le permitió pasar desapercibida dentro y fuera del trole. Tiempo después su relato llegó a la conducción nacional de Montoneros y fue el escritor y periodista Rodolfo Walsh quien lo plasmó en un texto.

 

Alicia también intentó escapar, le entregó la bebita al señor de un corralón que estaba en la esquina, pero no encontró una salida y fue detenida por los policías que la perseguían. La gente del corralón tuvo a la beba en brazos muy poco tiempo ya que la policía se la arrebató, por lo que Ángela fue derivada por la Justicia Federal como NN a la Casa Cuna intervenida por un coronel. De allí la recuperó su abuela materna, Teresa Raboy, antes de que la entregaran a una familia militar. Por su parte, Beatriz Urondo consiguió que los militares le entregaran el cadáver de su hermano. Eso sí, el poder militar dispuso que el cadáver fuese trasladado por avión y depositado en el cementerio como un NN. Recién a comienzos de la democracia se le restituyó el nombre.

Hace pocos días se avanzó en otra rectificación al declarar el médico forense Roberto Edmundo Bringuer, el mismo que hizo la autopsia a Urondo aquel 17 de junio de 1976. Según esa pericia, Paco murió por un traumatismo encéfalo-craneano, tenía un hundimiento de cráneo de tres centímetros de longitud lo que pudo deberse a un golpe con la culata de un arma de fuego. Bringuer, quien se jubiló como profesor titular de medicina legal en la Universidad de Cuyo y como director del Cuerpo Médico Forense, aseguró que no había ninguna herida de arma de fuego ni esquirlas de proyectil ni presencia de ningún veneno. El perito explicó que en las personas muertas por ingesta de cianuro el cadáver se ve muy rosado, como si hubiera tomado sol, y el jugo gástrico presenta un fuerte olor a almendras, y que nada de eso ocurrió en este caso. Según él, tampoco se observó la rigidez característica en muertes por estricnina. Un médico policial le pidió que dijera que había heridas de bala, pero el forense se negó: “¿Qué querés, que yo mienta? Si no hay proyectiles”, dijo.

 

La conclusión no puede ser otra que Paco Urondo eligió ofrecerse como blanco para sus perseguidores y mintió que había tomado la pastilla porque de otro modo La Turca y Alicia no hubieran tratado de escapar como lo hicieron. Antes de ese día, en Buenos Aires, Paco le había confiado a su hermana Beatriz que llevaba encima una pastilla de cianuro y que prefería tomarla antes que caer y tener que delatar a los compañeros debido a la tortura.

 

Relatos de una sobreviviente. Recuerda Reneé Ahualli: “Cuando llega Paco a Mendoza, nuestra casa era una casa operativa y allí se hacían reuniones, estábamos los responsables de las células, en la presentación dijo que era El Abuelo, también usaba el nombre Ortiz, dijo que iba ser el responsable, tuvimos unas cuantas reuniones organizativas con él. En la conducción de Montoneros había pocos mendocinos, hubo algunos pero no tengo buenos recuerdos. Nosotros estábamos a la defensiva, en las citas de control había caído mucha gente no sólo en Mendoza sino en todo el país. Había una situación real de crisis, por todo el proyecto de aniquilamiento que se había agudizado a partir del golpe. Estaba en peligro la vida de todos nosotros, habíamos perdido la legalidad y pasamos a la clandestinidad habiendo perdido mucha gente de las bases”.

 

Sobre el 17 de junio, además de relatar cómo hizo para salir de la provincia y ponerse a salvo con un disparo que le había atravesado una pierna y entrado por la otra, Ahualli se explayó: “Vi a Torres en la parte de atrás del Peugeot, yo lo veo desde arriba del trole, estaba con los dos policías de atrás y los de adelante ya no estaban. Cuando miro la luneta veo al tipo que estaba al lado del que manejaba. Torres sabía de la cita del 17 de junio. La cita esta se había prefijado hacia poco tiempo, fuimos allí dos o tres veces antes. Habíamos cambiado el lugar hacia poco tiempo por seguridad. Eran citas prefijadas en un lugar y un horario determinado. Opinábamos sobre el lugar entre todos y debía ser una zona que transcurriera gente, medianamente tranquila, no con mucha gente. Cuando empezó la agudización de la represión debimos haber tomado medidas que no tomamos, como prever lugares de escape, eso no lo hicimos aquel 17 de junio”.

 

En su relato incorporó lo que significó el pase a la clandestinidad. “No era una cosa estática, hubo muchas discusiones sobre esto porque nos íbamos a alejar de la gente, era muy dinámica la cosa y tenía que ver con el contexto. La resistencia nuestra hizo que se agudizara y se endureciera la represión y la tortura, ya sabíamos de la tortura. Supimos lo de la ESMA a través de las mujeres que se fueron y declararon en Francia. Me acuerdo que había un compañero que era diputado y que le pusieron una bomba en el auto, empezó a accionar las Tres A, los atentados los hacían ellos y nos lo adjudicaban a nosotros. Nunca pensé que pudiera ser tan brutal, nosotros teníamos un proyecto de vida y no de muerte. Estos asesinos se dedicaron a matar gente, hubo complicidad civil, los jueces recibían hábeas corpus y no les daban curso. A los militantes del pueblo no les otorgaron la posibilidad de un juicio con todas las garantías, como este.”

 

Algo de humanidad. “Si les queda algo de humanidad, digan dónde está mi madre”, dijo Ángela Urondo el pasado 22 de junio, a la cara de los imputados, entre ellos, Celeustiano Lucero. Ángela narró que su padre y su madre se conocieron en el año ’74, que trabajaban en el diario Noticias, y que eran periodistas. En su relato estuvo presente el 17 de junio del ’76: “Cuando yo tenía 10 meses vinimos a Mendoza, luego, después lo que me pasa es que tengo algunos recuerdos que no sé cómo contarlos. Tengo un recuerdo de estar en el auto con mi mama tranquila. Yo no me doy cuenta de lo que pasa alrededor, se rompe esa tranquilidad y recuerdo el nerviosismo y la tensión en el auto, la brusquedad del intento de huida. Recuerdo ruidos, son más ruidos que imágenes”.

 

“Yo fui anotada como hija de mi madre. Esto hizo que quedase sin vínculo legal con mi familia paterna.” Al decir esto Ángela le mostró al tribunal el testamento escrito de puño y letra por Urondo antes de venir a Mendoza, reconociéndola como su hija legítima. También enseñó una carta escrita por su madre Alicia dirigida a su abuela Teresita. En ella mencionaba la costumbre de mucho dormir la siesta en Mendoza y la ilusión de arreglar el jardín de la casa que habían comprado en la esquina de Uruguay y Pellegrini de San José, Guaymallén.

 

Ángela contó que todos esos papeles así como las fotos familiares llegaron a su vida recién a los 20 años de edad, fue entonces cuando se enteró de la verdad ya que sus padres adoptivos le habían contado que sus verdaderos murieron en un accidente de auto. “Yo tenía sueños donde recordaba sobre todo edificios, recorridos por lugares, eran sueños que no podía explicarlos hasta que entendí, a los 20 años, que estaban conectados con esta historia. En uno de ellos me di cuenta de que la ansiedad que sentía era por lo que no encontraba, que buscaba a mi mamá y no la encontraba. Yo creo que ese lugar es la Casa Cuna, yo volví allí y recorriendo los pabellones siento que ese lugar es con el que soñaba… Los últimos quince años estuve buscando información de qué había pasado, sobre todo de mi madre. Lo de mi papá es terrible, yo sé que a él lo mataron pero es más fácil. De mi mamá, sigo buscándola como el día que la perdí, y aunque ahora que sé que es a ella a quien busco, no cambia la intensidad de la sensación de pérdida. Fui una sola vez a ver a mi papá en el cementerio, sentí mucho la falta del cajón de mi mamá. Cuando yo era chica mis padres adoptivos me dijeron que Mendoza era muy lejos, yo tenía la fantasía de que mis padres estaban enterrados juntos. Cuando supe que estaban solos, que mi mamá no estaba en ningún lado, me quedó un vacío muy hondo. En el revisar la historia uno va pasando por muchas etapas. Tardé muchos años en encontrar a Reneé, cuando me encontré con el relato de ella pude empezar a hacer mi interpretación de estos hechos. Sobre mi mamá pude saber que trabajó en el sector gremiales de Noticias, que compartía ese espacio de trabajo con Patricia Walsh, que era muy linda y usaba polleras cortas. Recién el año pasado pude descubrir qué hizo después que dejara de trabajar en el diario. Entre el año ’74 y ’76 estuvo trabajando en el barrio San Cristóbal, en una parroquia llamada Santa Amelia, estuvo organizando una guardería comunitaria.”

Revista Veintitres

 

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