La fuerza de la tribu

 

 

El teatro independiente mendocino exhibe un gran muestrario de géneros, estilos, y tendencias. Lo más interesante es que la escena cultural aparece signada por distintos grupos de teatro, algunos consolidados, otros de muy reciente creación por parte de artistas cada vez más jóvenes, y todos, en general, muy activos e incluso itinerantes. La Rueda de los Deseos es uno de ellos. Tienen diez años de historia e impulsan un Manifiesto que resume una determinada visión poética para este tiempo histórico de creación colectiva. El grupo está formado por Fabián Castellani (director), Gabriela Psenda, Valeria Rivas, Daniela Moreno y Tamia Rivero.

 

Su conformación remite al 2001, época de estallido social pero también artístico, de cuyas esquirlas surgió la novedad del trueque cultural, primera experiencia que se focalizó en el intercambio entre artistas y no artistas en plena crisis. Desde entonces el pulso de la acción escapa a las categorías clásicas del arte y la política. Intenta una y otra cosa al apostar a la existencia de una “comunidad” y una confianza básica en la capacidad productiva de cada ser, amén las condiciones que imponen lo que es rentable o no lo es.

 

Su punto de enclave ha sido todos estos años la antigua barriada de La Media Luna, actual distrito de Pedro Molina, en Guaymallén. Empezó llamándose Sala Argonautas. Después apareció el otro nombre “La Rueda de los Deseos”, en referencia al poema de Bertolt Brecht “La parábola de Buda”.

 

Tenemos un Manifiesto. Por esas cosas de los roles horizontales que se asignan dentro de los grupos autogestivos, Tamia Rivero es la encargada de transmitir ese aire de tribu que envuelve la dramaturgia actoral de la Rueda de los Deseos. Traducir en palabras el paso multiforme de un grupo que se ha dado a la reflexión, la integración con la comunidad además de recorrer los caminos pedagógicos del aprender y enseñar. Pero es extraño, ya que si bien en la autodenominación bajo el título “tribu” se juega una de las bazas del grupo que no desea ser confundido como un teatro de índole comercial –más bien desplazado a propósito de esa lógica exitista– los títulos de los diarios les sonríen con tics para nada tribales.

 

Valeria Rivas, “La mejor de todas”, informa Los Andes un espacio dedicado a “personalidades”. La nota de octubre de este año no hace más que reafirmar la destreza y calidad evaluada por todo lo alto por la crítica y el triunfo mismo del teatro independiente fraguado por la elección de “Javiera” –unipersonal del grupo que es actuado por Valeria– como representante de Mendoza en el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires (FIBA). Lo curioso es que antes, el mismo grupo trabajando en las mismas dinámicas de producción y circulación, apenas si era visibilizado socialmente.

 

“Es lo que le llaman la “legitimación” de la prensa”, dice Tamia, celebrando el efecto de la visibilidad pero a su vez advirtiendo que la cosa viene por otro lado. Se trata de entender la política no como creación de un escenario de estrellas que gestan su propio brillo y sensiblidad, sino de incursionar también en esos brillos sin sacrificar la visión propia. Buen momento entonces para presentar el Manifiesto.

 

Que dice así: “La Rueda de los Deseos es un espacio de búsqueda, pensamiento, acción, observación, sentir personal y grupal. Creamos aquí encuentros de tradiciones propias: desde lo técnico, lo conceptual–ideológico y lo estético. Accionamos a partir de necesidades personales y grupales. Investigamos, estudiamos, debatimos el teatro, las palabras, la sociedad. El arte y nosotros mismos como un constante viaje.

 

Partimos de la idea de un actor flexible. Un actor creador capaz de recibir y transmitir “secretos” de nuestros maestros. ¿Cómo encontrar la auto expresión de cada actor? Donde veamos reflejada su persona, su pasado, su futuro. ¿Qué provoca la presencia escénica del actor? Disponiéndose para reaccionar ante estímulos diversos desde una perspectiva grupal.

 

Construyendo desde lo colectivo y sustentado por el mismo actor, sin delegar la responsabilidad en una figura paternal, sino siendo compañeros-coordinadores en tareas específicas. Conformando así un grupo de trabajo, pero a su vez un modo de vida y una ética.

 

Textos automáticos, acrobacia, canto, zancos, narración oral, títeres, danza, música son herramientas para enfrentar el proceso creativo y para nutrir el imaginario del actor poeta. Desde los comienzos planteamos desarrollar dos líneas de trabajo: Un camino de búsqueda permanente sobre técnicas, estéticas y movimientos artísticos y un teatro que busca calles, plazas, escuelas, etc. como escenario para llegar a quienes no se acercan a él. El objetivo final es que la sabiduría haga confluir ambos recorridos en uno. Pero reconociendo que esta búsqueda funciona como motor, conformamos así nuestra poética en la diversidad y en la necesidad de no limitarnos a una forma determinada.

 

Buscamos raíces, pero desde un punto de vista paradojal, tal como Eugenio Barba plantea: “no implica un vínculo que nos arraigue a un lugar, sino un “ethos” que nos remite a cambiar nuestro horizonte, precisamente por eso nos arraiga a un centro.” Partimos de la necesidad de definir la propia tradición y de poder inscribirla en un contexto que la conecte a otras.

 

Exaltación de lo minoritario. Dice el Manifiesto: “Decidimos reconocernos como minorías y no con el sentido de élite, más bien el sentido de tribu. Minorías por elección y decisión que no se diferencian del resto por nivel económico o intelectual, sino por diferentes maneras de valorar un hecho artístico. A veces la élite está fijada desde la imposibilidad económica de acceder a ciertos espectáculos, a veces el teatro de avanzada o de culto se caracteriza por ser arte “sólo para entendidos”. Tal como la entendemos, minoría es aquel colectivo que se enfrenta a una imagen mayoritaria o una norma de la situación. Por lo mismo no se trata de una reivindicación parcial o sectorial que invocaría a lo sumo, una aplicación de los derechos humanos. La lucha de la minoría es universal en tanto ataca un sentido común mayoritaria, una normalidad situacional, que le concierne a todos sus habitantes. En este aspecto no es negociable, no encuentra una solución desde el punto de vista de una gestión de la situación. NO se trata pues de solidarizarse con una minoría ni de intervenir allí donde se manifiesta, sino de tener el coraje de devenir minoritario o de traicionar lo que la mayoría, como norma, espera de nosotros. Devenir minoritarios es devenir imprevisibles: componer un sujeto político des-ubicado en relación a todos los posibles que una situación nos propone”.

 

Fabián Castellani se extiende sobre esta exaltación diciendo “Se trata de pensar al espectador como persona y no como número. La molesta antinomia de cantidad o calidad cuando cuesta tanto discernir en qué se basa la calidad de un espectador. Es imposible. En algunas épocas la élite teatral se basaba en el mundillo de los artistas. Hoy en Mendoza los teatros tenemos muy poca de asistencia de intelectuales y los artistas estamos casi todos peleados. Interpreto que uno de los problemas es no acertar en el tipo de auditorio especial por el que uno se interesa como actor.

 

Además, pasa otra cosa. En nuestros días la oposición al sistema suele ser parte del sistema. Entonces aparecen grupos aislados desde lo snob, desde la rareza. Se vuelve fashion admirar cierto teatro, como se vuelve fashion ser dark o punk, o llevar una cartera con la foto del Che. Pero claro, desde la periferia es muy difícil lograr ese auditorio especial, aunque sea nuestro deseo y lo planteamos de esta manera: queremos una tribu de espectadores. Aunque esa tribu cambie con cada espectáculo. Pero que exista esa relación metafísica que no necesariamente conlleva crueldad en estos tiempos sino más bien es un arte de sanación mutua”.

 

Diez años. Hasta principios del 2010, la Rueda de los Deseos ha estrenado: Ladrón que roba a ladrón, Prometeos, Historias, El más antiguo beso de la tierra, Nave de locos, Hambruna, Fabuladores, Pan y el unipersonal “Javiera, historias que se despliegan”. Las giras han sido permanentes, –la última llevó a parte del elenco a distintos escenarios de España– así como los seminarios de formación y el trabajo con la comunidad. Al hacer el resumen de los antídotos y caricias que desde el teatro se le ha dispensado a la realidad social, Tamia Rivero trae a colasión lo trabajado en la zona de Pedro Molina.

 

“Allí empezamos a trabajar con los proyectos sociales, allí fue que surgió el trueque cultural. Sabiendo que ese era un lugar necesitado de un poco de estímulo cultural investigamos qué artistas o gente relacionada con la cultura había, y cada uno de ellos hacía algo junto con nosotros que ofrecíamos o la función o el taller. En eso consistía el trueque, pero más que nada era una forma de conocerse entre los vecinos apostando a unirse o a integrarse para compartir un espacio. Otro proyecto que hicimos fue el rescate oral comunitario de la zona, vimos que había una historia que había quedado marginada, con una brecha social muy grande en cuanto a la integración. Se hicieron entrevistas y a partir de allí fuimos como armando un relato que derivó en una puesta en escena intinerante. Anduvimos con los vecinos y los alumnos del teatro Argonautas, por el club, la calle Pedro Molina, una de las esquinas del casco histórico. Fue de verdad, emocionante. Y es que nos costaba mucho que la gente cercana de la comunidad, del barrio, entrara a la sala pese a que hacíamos actividades gratuitas, funciones de títeres y actividades al aire libre todos los inicio de temporada. Por suerte, la gente participó y esa participación se fue incrementando mucho más en el Carnaval que pasó, de notable repercusión.”

 

Que se note que hay política. En estos tiempos es notable cómo se ha profesionalizado la actividad teatral mendocina. Al respecto, dice Tamia: “Esto viene desde hace unos años para acá, y se nota en pequeñas cosas desde el cómo te llega la comunicación de un espectáculo o una obra –no ya con un afiche o programa que es sólo una fotocopia así nomás–, hasta en el hecho de que la sala esté mínimamente equipada. Eso, a pesar de la precariedad de éstas en Mendoza y de las trabas burocráticas que hay que superar para poder habilitar nuevas salas teniendo en cuenta que ni siquiera existe la modalidad prevista en los códigos municipales. Ahora bien, lo que es incontrastable es que creció la capacitación y esto tiene que ver con la existencia del Instituto Nacional del teatro. Es importante que se nota la diferencia con otras artes –la música o la plástica– que no tienen una institución de esas características,

 

“Por más que en Mendoza no hay una política específica, a nivel nacional sí la hay. Podrá ser criticable, se le podrá demandar que sea mucho más orgánica, coherente, que se puedan cumplir, en fin, pero hay subsidios para capacitarse, para la investigación, para hacer giras, para producir una obra, hay una red de festivales entre provincias, hay premios, es decir, hay todo un circuito armado en función del dinero que llega, aunque insisto, todas las políticas culturales pueden ser criticables, el problema es no tener nada”.

 

He aquí un rasgo de identidad del grupo en cuestión: por cuestión generacional, han vivido un tiempo de crecimiento veloz de todo aquello que tiene que ver con la expansión inmobiliaria de la ciudad y de producciones que seducen los sentidos estéticos. Pero en materia de crecimiento de la escena teatral local, todo es diferente.

 

Así lo ve Tamia: “Antes en Mendoza todo pasaba por unos cinco grupos que fueron los que marcaron escuela y era todo muy atomizado, como que los actores de uno no estaban dispuestos a ser como figuritas de intercambio entre uno y otro, cada grupo tenía además su tendencia estética o su género dramático al que apuntaban. Ya con la creciente capacitación más sobre todo, la inclusión de jóvenes, la escena ha ido variando. Hay muchos más grupos de jóvenes, jóvenes muy jóvenes, lo cual es algo dinámico y vital, asi es como se empieza.

 

Como punto negativo que observo es que se hagan obras en tres meses, creo que los procesos productivos son de otra índole, no son paquetes que nos obligan a efectivizar el tiempo que invertimos en ellos. Pero también entiendo que son las condiciones que te impone la forma de vida que llevamos, de algún modo todos te dicen que una obra se tiene que hacer rápido, sin demasiado enrosque, y en ese sentido, el grupo nuestro está uno o dos años en cada espectáculo, los procesos creativos son largos y están signados por las propias investigaciones creativas, con lo cual se aleja claramente de una visión que pueda ser considerada comercial”.

 

Cuestión de identidad. ¿Puede Mendoza ser un polo capaz de ofrecer una sensibilidad diferente, algo que sorprenda, además de estar bien trabajado, sea cual sea el género o el tipo de espectáculo al que se apunte? Para Tamia la respuesta es que sí, al menos eso es lo que se busca lo cual requiere de una mayor conciencia.

 

“Mendoza siempre está tratando de encontrar su identidad, por ahí hay muchos actores en ámbitos como vendimiales, muy ligados a la esencia cuyana. Otros, sin embargo, casi que son copia fiel de obras porteñas. Ni siquiera de la provincia de Buenos Aires, sino netamente porteñas, que hablan de la velocidad, de la locura, en un tono hiperrealista en cuanto a la estética. Por esta razón, es mucho el contraste porque termina sin ser de lo uno ni lo otro. No es ni un costumbrismo de clichés, viejo, ni tampoco es ni de lejos, una Capital Federal.

 

En este sentido hay un problema ya que es un error guiarse por una tendencia donde supuestamente lo bueno y lo que funciona está en Buenos Aires. Es cierto, Buenos Aires es una ciudad abundante, está dentro de las capitales que son interesantes por la calidad de su teatro lo cual es distintivo en el contexto latinoamericano. Pero Mendoza, creo yo, debe definir que entre lo universal hay algo particular también que viene de la vida en Mendoza. Y si nos ponemos a mirar el teatro que existe hoy, hay pocas obras que reflejen eso.

“Por eso tanto se habla del eclectisismo como una sensación que habla más sobre lo que le falta a Mendoza que como una cualidad consistente en que cada cual manifiesta su propia interioridad. Aunque paradójicamente, a la vez que se instala gente de Buenos Aires, aparecen nuevas formas de producir, no obras diversas, sino lo que hay detrás: aparece una juventud haciendo dirección, una mezcla de lenguajes entre el cine y el teatro, una vuelta a la participación de personas que habían dejado de hacer teatro. Todo eso, sin duda, es más que bueno”.

Revista Veintitres

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