También los defectos se han encontrado en la incapacidad para gestionar y para hallar nuevos líderes que tengan aptitudes para conducir distintas áreas del Estado en cualquiera de sus dimensiones: nacional, provincial o local.

Eso fomentó, entre otras cosas, el avance de las soluciones tecnocráticas con nefastas consecuencias para nuestro país y la región durante los noventa.

Asimismo, la crisis dirigencial se extendió a otros campos, más allá de la política. Así fue como el cuestionamiento se percibió -y aun se percibe- en la dirigencia empresarial, deportiva, sindical y hasta religiosa y social.

Los argumentos han sido de los más variados. Que la dinámica de los tiempos que corren y la cultura posmoderna alejan a las nuevas generaciones de todo lo que tiene que ver con lo colectivo, con la elaboración de un proyecto común y el compromiso con éste.

Que la cultura del individualismo y el egoísmo sepultó el ánimo de participación. Que la recorrida por los años de la dictadura, la represión, la década perdida (los 80) y la época neoliberal, constituyeron una batería de argumentos que socavaron la cultura de la solidaridad, los sueños de cambiar la realidad, o de pensar en una sociedad más justa.

Lo cierto es que una de las cuentas pendientes de nuestra democracia, ha sido tener dirigentes preparados para este siglo XXI. Sin embargo, pese al diagnóstico y la queja, pocos o casi nadie pusieron manos a la obra para revertir esta situación.

A pesar de lo dicho, Argentina desde 2003 a esta parte se encuentra en un proceso de transformación social, política y económica -por lo tanto cultural, además- que no tiene precedentes.

O si los tiene, debemos remontarnos a mediados del siglo pasado. La forma de darle sustentabilidad a la nueva etapa es promover la aparición, existencia o asunción de protagonismo de actores que conozcan los cambios producidos, tengan la apertura mental, la convicción y la idea de proyectar Argentina con todas sus regiones hacia el futuro.

Como necesitamos actores de una nueva Argentina pusimos en marcha ese desafío. Tomando al toro por las astas fuimos mas allá de ese mero diagnóstico y, dando cuenta de la crisis de las fuerzas políticas, incapaces de cumplir con la misión de formar sus cuadros dirigenciales, se comenzó una silenciosa pero profunda y ardua tarea a lo largo de todo el país.

En un primer momento, antes que detectar cuadros o líderes comenzamos por una labor mas elemental y primaria. No por ello menos importante. Recuperar al sujeto político. Volver a construir ciudadanía, conciencia de proyecto de nación, conciencia de visión colectiva y futuro compartido.

Pero, todo ello, a partir de abrir la cabeza y los corazones.

Mostrando que desde la política se puede modificar la realidad, que la herramienta es el Estado y la finalidad es una sociedad inclusiva y en desarrollo.

En síntesis, cumplir la misión de dotar al ciudadano de los instrumentos para defender sus derechos y constituirse, definitivamente, en un actor de la vida política y social, y no meramente en un espectador o un consumidor.

En suma, el punto de partida fue la construcción de un sujeto crítico. Un ciudadano con capacidad de reflexión crítica. Alguien que pueda discernir lo que le conviene y lo que no. Que sepa ver cuando lo quieren engañar o llevar hacia un lugar que va en contra de sus intereses.

A partir de la recuperación del ciudadano como el sujeto de la democracia participativa, podemos comenzar a trazar el perfil de dirigente que necesita Argentina en toda su extensión y que, gradualmente, vayan asumiendo funciones de liderazgo y conducción.

Pero, para ello, es importante la masiva conciencia del pueblo y que desde esa base emerjan con naturalidad las conducciones, para no caer en minorías alejadas de los intereses del conjunto, ya sea por desconocimiento, ya sea por transformarse en una vanguardia iluminada que termina desligada del conjunto a quien dice representar.

Por eso el perfil buscado es el del militante comprometido con su comunidad, con vocación por lo público, pero a la vez con capacidad para gestionar en el marco de una sociedad cada vez más compleja.

Desde el Instituto Nacional de Capacitación Política (INCAP), junto al Ministro del Interior Florencio Randazzo, siguiendo los lineamientos marcados por la Presidenta desde el inicio de su gestión, trabajamos a lo largo y a lo ancho de todo nuestro querido país. Por nuestras actividades de formación pasaron más de treinta y cinco mil (35.000) ciudadanos argentinos, quienes pueden dar fe de nuestra tarea y compromiso.

Estuvimos y estamos en las capitales de las provincias y en el interior de ellas, con el espíritu federal que sustenta nuestras iniciativas. La frecuencia de nuestras jornadas de trabajo, que en estos tres años y medio suman aproximadamente cuatrocientas cincuenta (450) distribuidas en todo el territorio nacional, dan como resultado un promedio de una actividad cada dos días y fracción.

Los contenidos están atravesados por cuatro ejes que son los pilares sobre los que es preciso trabajar esta renovada subjetividad. Nociones sobre pensamiento e identidad nacional en un contexto universal, visión de un modelo económico orientado a la producción y el desarrollo.

El rol del Estado, como gran articulador; un concepto de democracia real vinculado a la igualdad, y aspectos esenciales del liderazgo político y social. Es decir, una caja de herramientas necesaria para actuar en Argentina del siglo XXI.

Algunos sectores de la vieja política insisten en minimizar esta cuestión. Con una lógica cortoplacista reducen todo a la pelea diaria por el poder. Otros creen solo en las transformaciones materiales, en lo que ven. Son los mismos que a veces se rasgan las vestiduras hablando de la educación y del futuro, pero poco hacen por ello.

El desarrollo de las sociedades depende mucho más que del capital instalado, construido o de la obras de infraestructura. Es una parte importante. La nota saliente de los países que más han progresado, lo han hecho a partir de la apuesta al capital humano, a través de la educación, y al capital social.

La educación es emancipadora. Es liberadora. Por eso los sectores minoritarios que han dominado las sociedades en toda la historia, han controlado el dispositivo educativo y las posibilidades de acceso a la educación y formación. La formación de ciudadanía y de dirigentes es una instancia de la educación que muchas veces estaba reservada a pocos. Desde nuestro lugar se abrieron las posibilidades para todos, haciendo realidad el principio de la igualdad de oportunidades.

Hemos realizado el diagnóstico y la operación sobre la realidad. Se ha empezado a recorrer un camino. La decisión de avanzar no tiene vuelta atrás. El ejemplo de determinación de Néstor Kirchner, el liderazgo de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner -y su perfil como modelo de dirigente- ratifican el rumbo.

La recuperación del protagonismo de las nuevas generaciones y su entusiasmo por participar luego de la pérdida del líder son el combustible ideal para consolidar una masa crítica de dirigentes comprometidos por el país, capacitados, dispuestos a trabajar por una Argentina integrada, inclusiva, desarrollada y con un futuro venturoso.
Telam
(*) Guillermo Justo Chávez es Director del Instituto Nacional de Capacitación Política.

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