Cuando una fuerza ocupa el centro de la escena política durante un tiempo prolongado como el kirchnerismo, y su primacía electoral se expresa con la contundencia de los números de Cristina el 23 de octubre, es natural que la intensidad de la disputa se traslade desde el afuera hacia el adentro; porque allí se dirime el conflicto más relevante para el conjunto del sistema.

Más allá de las disputas y apetencias lógicas (inevitables en una coalición amplia y heterogénea como la del oficialismo nacional), el asunto es exacerbado desde adentro y desde afuera.

Desde adentro, por los interesados en exhibir credenciales de ortodoxia y blandir el peronómetro cuando sienten amenazadas sus posiciones por los recién llegados: el mismo fenómeno observado, en clave trágica, en los años 70′; aunque en éste caso muchos de los percibidos como tales, tienen pergaminos que los acreditan como miembros fundacionales del proyecto político iniciado el 25 de mayo del 2003.

Y desde afuera, por el dispositivo mediático opositor, con el afán de meter una cuña en la estructura política del kirchnerismo, confrontándolo con el peronismo clásico, o con sí mismo y sus propios logros en defensa de su supuesta esencia original (el síndrome de Alberto Fernández, podríamos llamarlo); obviamente que siempre en términos desfavorables: el argumento tributa así a la más genérica y tradicional línea de impugnación de la experiencia kirchnerista, como una esencial impostura.

Hechas las aclaraciones, vamos a los elementos comunes que advierto entre el peronismo y el kirchnerismo (aclaro que el orden expositivo es más o menos acorde con la importancia relativa que asigno a cada uno en el análisis):

1. La intuición para leer una situación de crisis y transición política, y encontrar la salida correcta:

El peronismo la tuvo en aquella Argentina de los 40′, con Perón advirtiendo con clarividencia la importancia política de esa clase trabajadora que se insertaba en la estructura productiva, provocando una transformación tan profunda que daría lugar a la Argentina moderna.

El kirchnerismo también, con Néstor Kirchner percibiendo con claridad que de la implosión y la crisis del 2001 se salía haciendo que la política recobrara centralidad, ganara autonomía frente a la economía dirigida por los poderes corporativos y reconquistara progresivamente el Estado como territorio en disputa.

2. La capacidad de hacerse cargo de tradiciones políticas preexistentes y armonizarlas dentro de un mismo dispositivo político:

El peronismo sumó a la prédica de los nacionalismos de diferente cuño que exponían la situación semicolonial de la Argentina, los reclamos del socialismo, el comunismo y el sindicalismo que expresaban las demandas de la clase obrera industrial en crecimiento; con la certera intuición de advertir además que no era posible satisfacer un conjunto de los reclamos, sin crear paralelamente las condiciones materiales necesarias, atendiendo a los otros: el control por el Estado de los resortes claves de la economía -ganando márgenes de autonomía para impulsar un modelo propio de desarrollo- posibilitaría las reformas sociales que la nueva situación del país ya hacía impostergables.

El kirchnerismo trató de armonizar la herencia del alfonsinismo de la transición democrática (vigencia de las libertades públicas, respeto por los derechos humanos, juzgamiento de los crímenes de la dictadura) con la resultante de la tradición peronista clásica: paritarias y reapertura de la discusión salarial y de las condiciones de trabajo, ampliación del piso protector de la seguridad social, recuperando su manejo por el Estado; en una sociedad amenazada por la tentación autoritaria (dada la magnitud de la crisis del sistema político, y la profundidad de los efectos de la crisis económica), y a la que el experimento neoliberal de los 90′ devolvió a los tiempos de la Argentina pre-peronista, en más de un aspecto.

3. La capacidad de incorporar políticamente a sectores emergentes o excluidos, y canalizar sus demandas:

En el primer peronismo, ésta fue la característica más nítida de un movimiento emergente que se abrió paso en la historia nacional con toda la dramaticidad que dejó expresada el 17 de octubre, para sorpresa de los partidos que detentaban hasta allí el monopolio de la representación política: su marca de origen fue la incorporación masiva de la clase trabajadora a la política (más allá y por encima de los hasta allí -y después, ni hablar- minoritarios partidos de izquierda), de la juventud de aquel momento (en especial la trabajadora, porque la de clase media y universitaria repitió mayormente los comportamientos políticos de su clase), y de las mujeres, hasta entonces excluidas de la participación en los asuntos públicos.

En el kirchnerismo, esta capacidad fue el puntal de su estrategia de acumulación de fuerzas desde aquel escuálido 22 % de Néstor Kirchner en el 2003, y del desarrollo posterior de un núcleo duro de adhesiones (aunque no lo agoten, porque los trabajadores en buena medida también forman parte de él) que atraviesa las lealtades anteriores a otras tradiciones políticas: los militantes de los derechos humanos, los que bregaban por la democratización de la comunicación, buena parte de los movimientos piqueteros (donde la política estatal de no reprimir la protesta social contribuyó a disipar temores, mientras se los integraba de un modo u otro a las políticas públicas activas) y hasta los activistas por los derechos de las minorías sexuales, o por demandas más específicas como la despenalización del aborto, o del consumo personal de marihuana.

La mayor o menor persistencia de esas adhesiones (en ambos casos, y esta es otra clara similitud) está vinculada a la también mayor o menor percepción por parte de esos sectores, de que su suerte está inexorablemente atada a la del conjunto; porque de lo contrario la intensidad política del reclamo no encontrará correlato en los canales institucionales del Estado y del propio sistema político, para transformar sus aspiraciones en logros concretos.

4. La construcción de un dispositivo político montado verticalmente desde el ejercicio del poder estatal, y condicionado en su funcionamiento por la complejidad de la gestión cotidiana de ese mismo poder:

Esta característica probablemente no haya sido planteada a priori en ninguno de los dos casos, sino que más bien fue fruto de idénticas circunstancias históricas: una fuerza política que se encuentra proyectada hacia el centro mismo del poder institucional formal, antes de haberse consolidado plenamente como tal y definido sus contornos (ideológicos, de adhesiones, hasta de estructuración formal); lo que es a su vez fuente permanente de tensiones hacia el interior, y condiciona (para bien o para mal) los límites y los tiempos de la construcción política.

De ésta característica, y de la adscripción del peronismo clásico y del kirchnerismo a la tradición nacional-popular, surge también el hecho de la debilidad de las estructuras partidarias formales, entendidas más bien una herramienta para cumplir con las exigencias jurídicas propias de la participación en los procesos electorales, que un vehículo para la circulación de la labor militante: de hecho, ésta parece en ambos casos sentirse más cómoda expresándose por fuera del aparato tradicional de un partido político.

Sin embargo, en ninguno de los dos casos se renunció desde la conducción del dispositivo político a concebir al partido como el lugar de las tareas de encuadramiento para la formación de la militancia, y para el reclutamiento de los cuadros de gobierno:tanto Perón como Kirchner en su momento, fueron particularmente insistentes sobre el punto.

Una similitud con las estructuras partidarias tradicionales, pero que éstas (al igual que el peronismo en clave menemista) fueron resignando con el tiempo en manos de fundaciones, centros de estudios y otros espacios similares; fenómeno acorde con la colonización de la política por los intereses corporativos.

5. La decisión de promover -con sentido de amplitud, pero bajo reglas definidas por la propia conducción- la incorporación de sectores politizados de modos diversos:

Otra nítida similitud entre ambos procesos es que, puestos a construir su dispositivo político de sustento, buscaron conjugar una doble convocatoria: por un lado a sectores acostumbrados al testimonialismo político (a veces contra su voluntad, otras como una presunta salvaguarda de su coherencia ideológica frente a la contaminación del poder); y por el otro, a sectores habituados al ejercicio del poder por largo tiempo, y a la construcción política desde la experiencia de la gestión estatal.

Con el pragmatismo propio del peronismo original, y al igual que éste, el kirchnerismo no dudó en sumar a los primeros, por considerarlos valiosos desde el punto de vista del aporte conceptual que podían hacer a la estructuración del discurso y el mensaje político; mientras tendía puentes hacia los segundos, que proveían apoyos concretos más decisivos en los trances electorales, y en la conformación de los bloques legislativos.

En el primer polo tenemos a grupos como Forja o los socialistas expresados por Manuel Ugarte antes, o Carta Abierta y los sectores provenientes de otras experiencias como el Frepaso o el Partido Intransigente hoy; en el segundo a los conservadores populares y radicales (como Quijano) que gobernaban situaciones provinciales en los 40′, y a los gobernadores peronistas del interior, los intendentes del conurbano bonaerense y el fallido intento de asimilación de parte del radicalismo en el poder con la Concertación Plural, en la etapa kirchnerista.

Y también es nítido como en uno y otro caso, desde la conducción del conjunto del dispositivo se intenta avanzar en la conformación de una ”fuerza propia” hacia su interior: la disolución por Perón de los diferentes partidos que apoyaron su candidatura en 1946 (refundiéndolos en el Partido Unico de la Revolución, luego Partido Peronista) se hermana en el tiempo con la demostración de poder del kirchnerismo puro y duro en el acto de Vélez del 27 de abril bajo el lema ”Unidos y organizados”, y con la constante apelación de Néstor Kirchner a las mil flores florecidas de la primavera kirchnerista.

También en ambos casos se exige a los sectores que se incorporan la comprensión y el acatamiento del rumbo que le imprime al proceso la conducción, lo que obviamente nunca está exento de tensiones y aun rupturas; sea por la renuencia de unos a abandonar la testimonialidad política, o de los otros a ver disminuido o interferido su poder territorial.

6. La integración del sindicalismo dentro del contexto de ese dispositivo político, subordinado a las metas trazadas por la conducción del mismo:

Tanto en el peronismo clásico de los 40′ y 50′, como en la post crisis del 2001 conducida por el kirchnerismo a partir del 2003, el movimiento sindical encontró en el Estado no ya una estructura represiva impermeable a sus demandas, sino un aliado para canalizarlas, pero con claros límites a toda tentativa de autonomía, en especial en el plano político.

Esta modalidad es consistente con el hecho de que el peronismo no se asumiera nunca como un partido clasista o laborista, sino como la expresión política de un frente social más amplio; en el que sin embargo los trabajadores ocupan un rol trascendente, y aportan además el mayor elemento cuantitativo (a partir de su propia y autónoma definición política, traducida en el plano electoral); y sin comprenderla no se podrá entender el actual conflicto entre Moyano y el liderazgo político de Cristina, aunque paradójicamente sea desde la CGT desde donde se blande permanentemente el peronómetro.

En ese marco, tanto el propio Perón en sus dos experiencias de gobierno (del 46′ al 55′, y en su regreso en el 73′, con el pacto social), como el kirchnerismo desde el 2003, no vacilaron en apoyar desde el poder del Estado las reivindicaciones sindicales; tanto en el plano estrictamente salarial, como en otros beneficios sectoriales que fortalecían el poder de las organizaciones gremiales, y legitimaban su rol de defensa de los intereses profesionales de los trabajadores.

Pero en la misma medida tampoco vacilaron en poner límites allí donde la conflictividad sindical o las demandas sectoriales introducían tensiones que ponían en riesgo el rumbo global del modelo de desarrollo, provocando además turbulencias políticas: desde el Congreso de la Productividad de 1952 hasta los chispazos de hoy con algunas demandas sindicales (y sobre todo con los métodos de acción elegidos para tratar de obtenerlas, como lo dejó muy en claro ayer Cristina), hay también allí una continuidad.

7. La creencia en el importancia de contribuir a consolidar una burguesía nacional como parte esencial de la coalición policlasista:

En ambos casos, esa creencia no estuvo jamás exenta de la dosis de pragmatismo necesario para reconocer los límites de esa burguesía como clase con conciencia plena de su rol; y de la decisión de suplirla o complementarla con la acción directa del Estado en la economía cuando resultaba imprescindible para las metas trazadas.

El impulso del primer peronismo a la industria pesada en su Segundo Plan Quinquenal, y la reciente decisión del gobierno de avanzar en el control de YPF luego del fracaso del experimento Eskenazi son (siempre con la diferencia de escala de la perspectiva histórica) dos ejemplos claros en ese sentido.

Como anverso de lo dicho respecto del sindicalismo, tampoco el peronismo o el kirchnrismo se asumieron nunca como expresiones políticas anti-empresa; por el contrario: la apuesta a una economía autocentrada en un poderoso mercado interno de consumo, les brinda a éstas en los dos casos, un amplio margen de crecimiento y expansión; pero tampoco se avala el comportamiento rapaz, o por lo menos se intenta ponerle coto y promover diferentes estrategias e instrumentos para una distribución progresiva del ingreso (paritarias, subsidio a las tarifas de los servicios públicos y los consumos populares).

8. La decisión de avanzar sobre la renta agraria diferencial para promover la diversificación productiva, y sus efectos en la mayor integración de la sociedad:

En ambos casos además se trata de captarla para contribuir a financiar el Estado sobre bases más equitativas, con la clara intencionalidad política de introducir cambios al modelo tradicional de acumulación; de un modo que reflejara progresivamente en la estructura económica los intereses de la coalición social y política en que se sustentan.

La diferencia de envergadura y capacidad de arbitrio sobre el juego de las fuerzas productivas de los instrumentos escogidos en cada caso (el IAPI en el primer peronismo, las retenciones en el kirchnerismo) responde a la particularidad de cada coyuntura histórica (por ejemplo niveles previos de consolidación del poder político y del consecuente grado posible o políticamente tolerable de intervención estatal en la economía), pero no altera ninguna de las dos premisas.

9. El rechazo por parte de las instituciones y cánones de la cultura formalmente dominante, y el nacimiento de un consecuente espíritu disruptivo frente a ésta:

En tanto fenómenos políticos emergentes ”inesperados”, el peronismo clásico y el kirchnerismo experimentaron el rechazo por parte del aparato formal de la cultura dominante en su tiempo (la academia, la gran prensa), al tiempo que ese mismo aparato ensayaba uno y otro intento de comprensión del fenómeno, con desparejo rigor intelectual en ambos casos y -salvo honrosísimas excepciones que no hacen más que confirmar la regla- con la utilización del bagaje conceptual tradicional; con el que intentaron -también una y otra vez- encasillarlos en los cánones conocidos, y confinarlos a las regiones del subdesarrollo político.

Esa actitud despertó el lógico rechazo en ambas etapas históricas, unidas por un arco que se inicia en el ”Alpargatas sí, libros no” de las jornadas del 45′, para cerrarse en el ”Clarín miente” de las jornadas del conflicto por la resolución 125, o de la discusión de la ley de medios.

Y ese rechazo se tradujo en ambos casos -como también era lógico- en un fortísimo elemento afirmador de la propia identidad política, así como en la generación de espacios propios de comunicación del lenguaje político (de la tiza y el carbón y las pintadas en las paredes, a los blogs y la cyber militancia), en una estética propia (en la que el kirchnerismo se apropia muchas veces de los íconos de la simbología del peronismo clásico, para reinterpretarlos en clave actual) y en la misma forma de expresión política, mediante la apropiación del espacio público.

Claro que muchos de los elementos señalados están presentes -en mayor o menor medida- en otras tradiciones políticas argentinas, pero probablemente en ninguna expliquen tanto su perduración en el tiempo como en el peronismo; tradición a la que sin dudas el kirchnerismo como fenómeno político tributa.

10. La comprensión del rol político que juegan los medios en la formación de la opinión pública, y en el intento de fijar la agenda de los gobiernos:

Por su contemporaneidad con la aparición de los grandes medios de masas en un caso (el peronismo clásico) y su fenomenal expansión tecnológica y de plataformas en el otro (el kirchnerismo), ambos procesos políticos prestaron especial atención al punto, porque advirtieron en los medios actores con intención clara y definida de incidir en la disputa política, probablemente primero vehículos de transmisión de una ideología concreta (la que construyó la Argentina tradicional) en los 40′ y 50′, y más tarde como conglomerados de intereses empresariales que accionan en autodefensa ante lo que perciben como amenazas emergentes del sistema político; en los tiempos modernos.

Perón fue quizás el primer político argentino en advertir la importancia de la radio como vehículo de comunicación política, y con certeza impulsó el desarrollo de la televisión desde el Estado, en base a la misma percepción. Los Kirchner -tras minimizar quizás su importancia por un tiempo- comprendieron amargamente a partir del conflicto con las patronales del campo el rol político de los medios, y los límites a los que estaban dispuestos a llegar en defensa de sus intereses.

Que la comprensión se tradujera en un intento de férreo control estatal de los medios en la experiencia del peronismo clásico, y, a la inversa, en el impulso de su democratización en los tiempos kirchneristas (coexistiendo con el apoyo a la conformación de medios afines) tiene que ver con la concreta configuración del mapa mediático en uno y otro proceso, y con la diferente maduración de la disputa cultural en la sociedad argentina y su modo de expresarse en el ágora mediática, en cada época.

Sin pretender que la descripción que he venido haciendo en éstas entradas agote el análisis del asunto, entiendo que los elementos señalados demuestran que hay profundas similitudes entre el peronismo original de los 40′ y los 50′ y el kirchnerismo; que van más allá del repaso puntual de las medidas de gobierno tomadas en uno y otro proceso; y que tienen que ver con las características de la construcción política.

Lo que no implica que sean iguales, o que para adherir al kirchnerismo haya que ser indefectiblemente peronista, y profesar incluso la liturgia propia de esa gran tradición política argentina.

Sí que la conducción del kirchnerismo, la que ha venido definiendo sus rumbos, sus límites, sus marchas y contramarchas desde el 25 de mayo del 2003 (corporizada en Néstor y Cristina) es claramente peronista, y más aun: expresión de lo mejor de la tradición política del movimiento fundado por Perón.

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