Propongo, por empezar, que escuchemos cómo describe Emilio estas comidas que él elabora con el fervor de sus manos. Escuchemos, pido, desde el paladar:

“Puntualmente van llegando los comensales. Primero el encargado de la cocina. La tarea urgente, luego de terminar de editar las noticias, es poner los preparados a punto para cuando llegue el resto, los vinos sobre la improvisada mesa de picadas con forma de barril, y comenzar a cocinar lo acordado: algunas veces puchero, con todas las verduritas, osobuco, garroncitos de cerdo o pollo, aceite de oliva de Panocchia, vinos blancos y tintos, el hielo.

“Otros jueves el menú puede cambiar: matambre al horno, punta de espalda de cerdo, vacío de ternera, siempre al horno, con papas y camotitos, cebollines y pimientos verdes. Si el menú gusta mucho, se repite, si hay críticas, se le realizan ajustes y cambios. Lentejas para los jueves fríos, picadas más abundantes para los cálidos.

Sigue contando Emilio:

“Hay algunas reglas que se cumplen: salvo en los albores del ritual, donde se mandaron unas lasañas napolitanas, otra con alcauciles, y la última, con canelones de panqueques rellenos de verdura, jamón y ricota, nunca más se acudió a las pastas.

Mi primo Armando, llegado de visita desde España, nos hizo una paella valenciana. Así se incorporó la costumbre de algunos jueves, de traer un invitado. O dos. O tres.

“Cada parroquiano mantiene sus caprichos: el Luis, pasta de queso con anchoas; el Tito, la elección de los vinos y su correspondiente calificativo; el “Ciego”, las críticas al menú y un tabaco al final, de sobremesa, a veces con un chupito de Cynnar; Juan –el último que llega cuando arranca la cena propiamente dicha– al terminar de comer prepara una ferneciada general o dos güisquis. Uno para él y otro para este cronista. Jameson, irlandés.

“Así, jueves tras jueves, y con algunas excepciones por causas de fuerza mayor, se cumple la misa pagana, en el ya mentado templo de la Cuarta.

“A ese ritual, casi pecado capital (por la gula de unos y la envidia de otros) se le ha sumado últimamente una acción que no se omite: sacarse una foto todos juntos rodeando el antiguo cartel de “Corralón Doña, venta de carbón y leña, cereales y alimentos para aves, teléf. 15163”, en fondo negro con letras blancas pintado hace más de tres cuartos de siglo por Farreras. El letrero de chapa adorna la pared del costado, bajo el estante de objetos raros, botellas de licores y herramientas de bar.”

A la minuciosa y entrañable crónica (y confesión) de Emilio Vera Da Souza, quiero agregarle unas palabras. Estas juntadas cada jueves en su casa, más allá de los emocionantes olores de la comida hecha con el amor primordial, rescatan un don demasiado perdido en nuestro tiempo: el de la hospitalidad. Hay que decirlo: nos hemos dejado ganar por la urgencia güevona, por miedos histéricos. Con la excusa más o menos razonable de la malaria económica hemos encontrado una triste coartada para des-juntarnos, para reducirnos a la pobre rutina de alquilar una película para verla con una pizza desangelada.

Dicho en otras palabras: la hospitalidad es algo cada vez más traspapelado. Sin darnos cuenta hemos ido extraviando esos rituales primordiales alrededor de la cocina. Vivimos cada vez más descorazonados. No tenemos ánimo para la reunión. El factor económico y el factor inseguridad vienen siendo algo que imperceptiblemente nos va haciendo perder el sentido de nuestros cinco sentidos.

Nuestras vidas se han vuelto mezquinas, chiquitas y achicadas, desabridas, insaboras, incoloras y, con perdón de la próxima palabra, inodoras.

Así las cosas, la hospitalidad se ha convertido en un don insólito, casi heroico.

Por eso, estos encuentros en la casa-cocina del Emilio son una especie de flor de milagro. No importa el menú, importa eso: la hospitalidad. Importa la juntada para discutir, para tratar de arreglar el mundo, para soñar a rajacincha.

Me pongo de pie y doy las gracias a este Emilio y a todos los seres que, como él, sostienen el perdido coraje de abrir las puertas de su casa y compartir con amigos la sagrada comida hecha allí mismo.

El mundo puede saltar por los aires por esto del colapso de los bancos del sumo imperio que viene sembrando el mundo con misiles y horrores colaterales. Pero la rueda de la Vida seguirá rodando. Ojo al piojo: seguirá rodando siempre y cuando haya casas con las puertas abiertas, casas prodigiosas que mantienen el pulso de sus cocinas.

Por eso, desde lejos, brindo ahora con luminoso vino oscuro de Mendoza:

Brindo por Emilio. Brindo por los que tienen el coraje de la hospitalidad. Brindo por las juntadas. Brindo por esos jueves de la hostia. Brindo, sí, por estos jueves de guardar.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here