Las leyes, los códigos y digestos, los tratados, las acordadas, los fallos, los fundamentos, las constituciones, los reglamentos, los procedimientos y las doctrinas de jurisprudencia, son su materia prima. Y los cimientos de ese laberinto casi imposible de desenmarañar. Difícil tarea la de Juan. Árido camino el que eligió Juan.

 

Lo dicho: elegir el camino de la ley y la justicia no es tarea sencilla. Investigar lo que les pasó a las personas que fueron arrancadas de sus casas, llevadas a lugares escondidos, vejadas, torturadas, humilladas en su dignidad, robadas, mancilladas, para luego ser dejadas morir. O muertas, no de muerte natural como todos imaginan para sí mismos. Matadas. O lo peor de lo peor: desaparecidas. Por esos laberintos transita Juan.

Ya en el nacimiento de los días de la democracia, Juan inició el recorrido –que sigue aun hoy– de buscar la verdad para que se aplique la ley a los responsables de la más grande barbarie sufrida en este país. Y eso es mucho decir, porque este país ha sufrido varias, muchas, barbaries.

Juan Antonio González Macías es un juez federal que ha investigado y ha llegado al fondo mismo del infierno por el que pasaron cientos de ciudadanos de Mendoza, de San Juan y de San Luis, durante los días y las noches de la última dictadura militar.

Este juez será el encargado de presidir el tribunal del primer juicio oral y público por crímenes de lesa humanidad llevado adelante en nuestra provincia. En el banquillo deberán sentarse militares retirados, ex policías, acusados de secuestros, torturas y homicidios de 24 personas. Una de las víctimas más conocidas es el periodista y admirado poeta Francisco “Paco” Urondo.

Juan Antonio se destacó por la investigación de estos crímenes cuando inició su carrera judicial, y los resultados de esos días son los que permitieron llevar a juicio a los responsables de varios de los crímenes cometidos en San Luis. Ese juicio terminó en el 2009, y una de las víctimas más renombradas en ese debate oral y público fue Graciela Fiochetti. Juan fue el encargado desde el inicio de develar la verdad de ese crimen.

El 18 de junio de 1987, el juez González Macías emite un fallo en disidencia, en absoluta soledad, que permite sentar bases para el futuro. Ese día, en un escrito, Juan Antonio dice que las leyes de obediencia debida y punto final son inconstitucionales. Luego vendrán otros que imitaron su conducta, que siguieron su camino, que copiaron sus fundamentos. Varios años después, promediados los años 90, un juez de Buenos Aires hace lo mismo y es mencionado por los diarios porteños como el primero en resolver en ese sentido. Pero Juan no estaba en Buenos Aires y entonces su antecedente no fue tomado como de los primeros. Eso no fue importante para él.

En estos días se deberá resolver si este juez quedará a cargo de la presidencia del tribunal oral federal de Mendoza, o si será apartado de esa tarea, ya que ha sido recusado. Recusado por los defensores de los señalados como responsables de los crímenes a juzgar. Los argumentos para apartar al juez son pueriles. El atraso al que se somete a la Justicia en este caso es, una vez más, una forma de impedir que sean juzgados los criminales. Muchos de los que están detrás de estos impedimentos son también funcionarios de la Justicia federal que están comprometidos con la impunidad con que se manejaron los responsables de los delitos que se quieren juzgar hoy. Viejos jueces y fiscales funcionales a la dictadura y que actúan en ese espacio desde los comienzos del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” están interesados en que este juicio no comience nunca. No sólo por coincidir con la ideología de los responsables sino también como una manera de autoprotegerse, ya que durante el debate es probable que salgan a la luz las actuaciones y la complicidad de los actos de estos funcionarios judiciales, que negaban hábeas corpus y en algunos casos, según hay pruebas fehacientes, convalidaban la tortura como método.

Juan debe entonces enfrentar las argucias de los defensores de estos criminales y también las astucias de quienes quieren dejar todo como estaba. Sin embargo este juez, de ascendencia gallega, no afloja. Tiene la fuerza del derecho de su lado, tiene la satisfacción de saber que cumple con su deber. Tiene el coraje de saber qué es lo correcto aunque esté solo transitando este proceso a lo Kafka. Sólo un hombre apasionado puede seguir en ese camino.

Los que hemos tenido el placer de conocerlo, sus allegados, sus amigos, algunos de sus colegas y su familia, sienten orgullo de este hombre común, de este ejemplar en vías de extinción. Juan, inclaudicable quijote apasionado.

Nosotros intentamos e intentaremos acompañarlo aprovechando la fuerza del motor de su ejemplo.

Y si todo sigue como debiera ser…

Será Justicia.

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