Involucrarse

 

Y la verdad que eso no me ofende. Me ofende y ofende mi inteligencia que algunos que así me dicen, piensan que son más machos porque alguna vez han golpeado a mujeres que circunstancialmente están a su lado.

Esos son hombres cobardes. Esos son los que me ofenden.

Hecha la aclaración, quiero hacer referencia a un tema que en general los hombres, los varones, los masculinos, los machos, no hablan. Y es entendible que no se hable de lo que no se conoce, de lo que no se entiende, de lo que no se sufre, de lo que no conviene.

 

Me ha tocado de cerca, más de una vez, por distintos motivos y circunstancias, en épocas diferentes, y por cuestiones profesionales y particulares, varias veces conocer detalles en profundidad sobre el aborto, y les aseguro que no es algo agradable.

 

Por eso yo estoy definitivamente en contra. Pero en mi caso no es por una cuestión de fe o religiosidad.

Simplemente mi convencimiento está basado en la ciencia: no es el aborto un método anticonceptivo y como práctica quirúrgica tiene todos los riesgos de ese tipo de procedimiento. Pero tengo en cuenta muchas circunstancias y episodios en los que esta práctica salva vidas,  preserva a quienes están en una situación vulnerable que compromete su salud y sobrevida, y en esos casos se debe medir con parámetros de ciencia médica, cada situación particular.

No debería tomarse con prejuicios morales o creencias de fe religiosa.

Sobre todo sobre pensamientos de fe que son de otras personas y no nuestros, no propios. Si hay alguien a quien su fe y su pensamiento moral, religioso, filosófico o doctrinario le impide realizar alguna práctica vinculada a la ciencia médica, esa persona no tiene que hacerse ese tratamiento que va en contra de sus creencias, o buscar alternativas permitidas por sus condiciones morales personales.

 

Pero no le da derecho sobre otras personas. Todos tienen derecho y quizá son libres para opinar y dar a conocer cuál es su idea.

Pero nada más.

La ley argentina es clara: se pueden realizar prácticas quirúrgicas y tratamientos médicos en determinados casos y teniendo en cuenta condiciones médicas físicas y psíquicas de la paciente involucrada. No las circunstancias de su asesor espiritual o del asesor espiritual del médico, del hospital, del fiscal, del juez, de la señora de la otra cuadra, o del cuñado.

 

No. Definitivamente no. La medicina es una ciencia basada en la evidencia, y cuando esa evidencia indica que una práctica es la correcta, debe atenerse al protocolo de práctica médica y no al derecho canónico, o al catecismo, o al pensamiento mágico. Eso es para otros asuntos.

 

Por otra parte es cierto que algunos médicos se podrían negar a realizar ciertas prácticas con las que ponen su moral en contradicción pero deberían decirlo antes que nadie les pida nada, de tal manera que  no se los moleste con pedidos incómodos. Eso debería quedar registrado, así en los efectores de salud pública no se sufren contratiempos que conspiren contra la salud de las pacientes. Y también esos médicos en sus consultorios privados pueden sostener esa conducta y no ser cuestionados por recibir dinero para realizar esas prácticas o tratamientos que condicionan su fe particular.

 

En Argentina se practican entre 460 mil y 600 mil abortos clandestinos por año sin condiciones mínimas de higiene, sin control posterior, sin protocolización y sin saber, en algunos casos, si esa práctica es realizada por profesionales idóneos, y es la principal causa de muerte de mujeres.

 

Siempre es mejor una buena educación sexual para no tener que llegar a la necesidad de realizar un aborto. Son mejores los controles médicos periódicos, las relaciones íntimas con información previa, brindada por profesionales de la salud. La información dada en las casas, en  las escuelas, en las universidades.

 

Si alguien tiene necesidad de satisfacer sus apetencias espirituales y de fe, tiene que recurrir a los que a eso se dedican y pedir consejo en los lugares donde se pueden profundizar esos temas. Lo que no es aconsejable es pedir al médico respuestas basadas en la fe, ni a los sacerdotes que resuelvan por nosotros.

 

Hay casos en que la práctica del aborto está permitida por la ley y no tienen los médicos, ni los que están a cargo de las personas en riesgo, que pedir permiso a ningún tribunal. Pero hay otros casos en los que la ley castiga a quienes practican abortos, a las mujeres que lo deciden y a quienes no lo denuncien. Ese es el punto que hace que esta práctica sea realizada en forma clandestina, sin condiciones de higiene y con posibilidades de acceso para todos, y no sólo para los que pueden pagar altísimos precios, justamente porque la clandestinidad y la ilegalidad hacen que se “aumenten los costos y los

riesgos”.

Nadie puede estar de acuerdo con el aborto.

Nadie puede estar de acuerdo con que mueran mujeres porque se lo practica a escondidas.

 

Nadie puede estar de acuerdo con que mueran madres por casos de embarazos de riesgo.

 

Es hora de que los hombres, los “machos argentinos” también se involucren en este debate y no sólo se queden con la parte más satisfactoria de las relaciones sexuales.

 

También deben quedarse con la responsabilidad compartida de las consecuencias.

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