Cruzan halagos y chicanas con el mismo ímpetu. Miden fuerzas en cada declaración y garabatean en privado los escenarios más propicios para sus pretensiones. Se saben en carrera hacia 2011 (o tratan de convencerse de eso) y no resignan artilugios para quedar mejor posicionados en la línea de largada. Eso sí, cada uno fiel a su estilo. Eduardo Duhalde, con frases provocativas y sobreactuando un poder de fuego que muchos dudan que conserve. Carlos Reutemann, con su consabido hermetismo y sus desaires ya clásicos, que nunca parecen definitivos. Y Francisco de Narváez, con su aura de político en ascenso y la pátina de peronismo recobrado que se autoimpuso.

 

Por un lado, son conscientes de que no existe mucho margen para convertir la disidencia que han sabido enarbolar en un armado alternativo, y se aferran a la posibilidad de que la interna abierta, simultánea y obligatoria les abra las puertas de una estructura, el PJ, que hoy consideran más o menos ajena. Por el otro, creen ser los portadores de la fórmula necesaria para capitalizar el descontento de buena parte de la sociedad con el kirchnerismo y evitarle al justicialismo una derrota que, de otro modo, aventuran, estaría asegurada.

Hoy, son los presidenciables del peronismo no kirchnerista, a fuerza de imposición mediática y resignificación de encuestas. No son todos, pero son los más importantes por nombre y peso específico. Les toca jugar con las piezas (y los tiempos) del nuevo escenario que les impuso la reforma política. Y parecen haberlo asumido, menos con resignación que con expectativas. La ascendencia sobre la estructura del justicialismo, que todavía conservan los Kirchner en grado importante -más allá de las predicciones en contrario-, parece ser un límite a traspasar para estos dirigentes en el año que comienza. La capacidad que muestren para juntar las fichas sueltas e ir armando el rompecabezas opositor será la llave para convertir vocación de poder en liderazgo. Y ya se sabe: en el peronismo, ésta es una verdad en sí misma.

EN BOXES

La elección de junio último hizo de Reutemann un referente indicado para encabezar la resistencia interna a los Kirchner. Así, por lo menos, se apresuraron a verlo analistas de las más diferentes procedencias y no pocos dirigentes del partido. Su triunfo sobre el candidato del gobernador Hermes Binner, que le sirvió para renovar por otro mandato su banca en el Senado, lo puso en boca de todos y no fueron pocos quienes, en aquellos días de gloria para el ex piloto, aventuraron una rápida confluencia pejotista en torno de su liderazgo. Pocas semanas después, todo eso parecía deglutido. Ya fuere por temor a un desgaste prematuro de su figura, por pánico escénico o por incapacidad para trascender más allá de los límites de su provincia, lo cierto es que Reutemann dejó de lado la centralidad política que le auguraban y se recluyó en su habitual mutismo. Ése que algunos asimilan a moderación política y que muchos otros confunden con propensión sistemática a la duda.

La pelea pública con su histórica mano derecha (la senadora Roxana Latorre), una serie de declaraciones alejadas de su impronta y la derrota de sus referentes en la elección de cargos locales en su provincia lo dejaron mal parado y agregaron más dudas sobre su capacidad para desplazar a los Kirchner de la preferencia peronista. Aun más cuando cerca de Reutemann corrió con fuerza el rumor de que el santafesino no veía mal volver a dar batalla por la gobernación de su provincia. Con estos sucesos, la sangría que iría tras sus pasos quedó de lado y el Gobierno pudo gracias a esto, entre otras muchas cosas, recomponer la ascendencia sobre buena parte del justicialismo.

Por todo esto, sorprendió la reacción que tuvo durante estos días, cuando Eduardo Duhalde (a través de su mujer) quiso marcar los tiempos y servirse de su indefinición para convertirse en aquello que Reutemann parecía no querer ser. “El peronismo no es dependiente de una sola persona, así que le digo a la señora de Duhalde, por el bien del peronismo, si quiere, que se lance su esposo a una candidatura, porque ya es la cuarta o quinta vez que lo dice”, respondió de manera airada el ex piloto. Lo que no dejó en claro es si esto significaba una nueva renuncia a su candidatura, como ya sucedió en 2003, o si era una respuesta terminante para sepultar toda esperanza del lomense de condicionar su eventual candidatura. Sea como fuere, obturó la posibilidad de confluencia alguna en ese sentido.

Quien sí parece tener más llegada al oriundo de Llambí Campbell es el ex gobernador Felipe Solá. Alejado de sus socios de Unión-PRO y en abierta disputa con las pretensiones de De Narváez, Solá sueña con compartir fórmula presidencial con Reutemann. Según dejaron trascender en el entorno de Solá, el santafesino habría avisado que, en marzo próximo, haría el anuncio acerca de su candidatura a presidente en 2011 y que tendría al ex gobernador entre los encargados de llevar adelante el armado. “Si Reutemann se lanza, De Narváez quedará acorralado”, reflexionan cerca del bonaerense, confiados en lograr en un misma jugada posicionar a su líder y relegar al empresario.

De Narváez, en tanto, también desplegó elogios hacia Reutemann. “El Lole es imprescindible en cualquier armado. No competiría contra él porque no lo veo como un adversario. Es más, lo acompañaría”, dijo en una entrevista a Clarín. Aun así, no descartó que fuera él mismo quien buscase la presidencia. Por lo pronto, ya definió que intentará pelear la interna del PJ -en sentido inverso a la desperonización de la campaña-, luego de convencerse de que la reforma política cerraba las puertas a construcciones alternativas. Un equipo de abogados, capitaneados por el jurista Alejandro Carrió, ya trabaja para hallar los resquicios necesarios para burlar el espíritu de la Constitución, que le prohíbe taxativamente ser candidato a presidente.

“Considero seriamente ser candidato a presidente en 2011. Sé que puedo ser un gran candidato, lo que quiero considerar es si, además, puedo ser un gran presidente”, reiteró De Narváez, por estos días, para dejar en claro su voluntad. Entre los suyos, algunos ven con buenos ojos la posibilidad de que Gabriela Michetti lo acompañe en la fórmula y son cada vez más quienes le aconsejan que rompa lazos de manera definitiva con Mauricio Macri, a quien el Colorado ve con dificultades de gestión crecientes que poco pueden aportarle a su proyección nacional.

EL REGRESO

Lo prometió en su momento, cuando dejó la presidencia. Y lo repitió en las contadas entrevistas que dio en estos años. Pero el retiro de Duhalde parece postergarse. Tuvo un año movido, con las actividades de su Movimiento Productivo y la escritura de dos libros de pronta edición. Se alegró con la derrota de Kirchner en las legislativas de junio, pero masculló bronca cuando varios de sus incondicionales quedaron fuera de las listas de Unión-PRO. Ahora parece estar dispuesto a retomar la posta y dar de sí la imagen que más le gusta proyectar: la de piloto de tormentas y factotum de consensos entre varias de las fracciones del bloque de poder. La idea de un Pacto de la Moncloa aparece como la figura vacía con la que intenta aglutinar adhesiones corporativas y políticas, mientras recibe algún que otro guiño mediático. Lo que no logra sortear es el rechazo de buena parte de la sociedad, que no deja de verlo como parte del problema.

Como ya se dijo, conminó a Reutemann a decidirse rápido y se propuso como la síntesis posible ante el vacío de liderazgo del peronismo opositor. “Kirchner no se va a presentar a las internas en Buenos Aires porque no mide, la gente se le raja. Pero no se preocupen, de Kirchner me encargo yo”, dijo en Misiones, en un acto numeroso que le organizó Ramón Puerta, ahora vicepresidente tercero de la Cámara de Diputados. “Estamos a un año y medio de las elecciones y no veo aparecer en el firmamento del peronismo candidatos que se animen a enfrentar a Kirchner”, recalcó unos días más tarde, en Necochea, en un acto organizado por el titular de las 62 Organizaciones y líder sindical de los peones rurales, Gerónimo “Momo” Venegas. “Estoy convencido de que voy a ser yo y, por supuesto, me voy a hacer cargo de la situación”, dijo, en otra parte de su alocución.

Su plan ya parece en marcha, con eje en el Movimiento Productivo y en el sindicalismo que aun le responde, como el de Venegas o el de Luis Barrionuevo. La idea que acercaron sus allegados en estos días es la de crear “mil pequeñas agrupaciones” en el interior bonaerense para erosionar la ascendencia de Kirchner y hacerle morder el polvo en el distrito donde ya tuvo, en junio, su primer traspié. En términos institucionales, sabe que le será difícil sumar a intendentes del conurbano, pero hace valer siempre su poder de fuego (o de hacer daño). Cuánto hay de eso todavía en el lomense es una incógnita que se convirtió en fantasma cuando, hace unos días atrás, apareció nuevamente el espectro de los posibles saqueos. Estigmas, en definitiva, con los que carga el ex presidente.

En este esquema fragmentado, Néstor Kirchner trata de reconstruir el armado territorial y hacerse fuerte en las dos estructuras más tradicionales del peronismo: el PJ y la CGT. El acto, ante casi setenta mil personas, que organizó Hugo Moyano en el estadio de Vélez marca un punto alto, en este sentido. Algo menos, obviamente, que el congreso del PJ bonaerense del último fin de semana, donde la ausencia de algunos intendentes dejó algún ceño fruncido. “No me retiro ni me rindo. No como otros, que dicen que se retiran y vuelven de cualquier manera o se rinden ante cualquier adversidad”, acusó recibo Néstor Kirchner, ante la amenaza de Duhalde y los devaneos de Reutemann.

Lo que no queda claro es si podrá ponerle coto al declive que le auguran en algunos medios -y en sectores de su partido-, o si podrá convertir en una adhesión política mayoritaria su porfiada vocación de revertir la adversidad.

Por Nestor Leone, Revista Debate

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