Il dolce far niente

El fin de año llega para todos con algo especial. Unos harán un balance de lo que ocurrió, otros comenzarán a proyectar el año que ya llega, otros simplemente cambiarán el viejo almanaque por uno nuevo y continuarán el camino.

Nadie puede decir que algo de todo esto esté bien o mal. Lo que sí creo que podemos decir es que cada anotación que hicimos en ese viejo almanaque -que termina en la basura- significó algo: importante, insignificante, bello, malo… pero “algo”.

En mi caso cada fin de año, aún sin proponérmelo, miro a la mujer, joven, adolescente, niña que he ido dejando atrás y pienso en cuánto me ha ido cambiando el tiempo… y en cuánto me cambiará aún. Ahora bien ¿puedo yo influir en ese cambio?

Días atrás me llamó la atención una película: Comer, Rezar, Amar… protagonizada por una Julia Roberts que encarna el papel de una mujer en crisis en búsqueda de “la” respuesta a su vida.

Liz, tal el nombre del personaje, deja marido, trabajo, hogar, amigos (léase escapa-de-su-rutinaria-y-lujosa-vida) y emprende un viaje que la llevará por diferentes ciudades del mundo y, a la vez, por los sinuosos caminos del alma.

Roma rompe con todas sus estructuras con sus aromas, exquisitos platos y la filosofía del “dolce far niente” que en nuestro lenguaje sería algo así como la “dulce locura de no hacer nada”. En India abandona todo lo físico para ahondar en su espiritualidad y es en Bali donde encuentra el equilibrio y la paz.

El film es un regalo a los ojos en paisajes, colores, culturas, costumbres y los más variados sonidos.

En esta exquisita película lo superficial, “lo excusable” es la crisis por la que atraviesa esa mujer de cuarenta años que de pronto encuentra que nada por lo que luchó tiene sentido real en su vida.

Lo profundo en la historia, “lo inexorable”… es el miedo al cambio, a transformarse.

Existe un pasaje en que recorren el llamado Augusteum que fue una fortaleza subterránea primero y luego se convirtió en asilo de los indigentes.

Esa ruina, poderosa, tremenda, que divide a Roma en dos y que es una herida en la ciudad, me hizo pensar en su verdadera belleza: una ruina es testimonio de algo que existió y un presente de algo que está en transformación. De nuevo me digo ¿Cuántas veces la vida te pone a prueba, te deja colgado al borde de un abismo o te regala una inesperada flor en medio de un desierto? Y de pronto miras alrededor y te preguntas: ¿cómo llegué aquí?

Encontrar esa respuesta es motivo más que suficiente para seguir adelante. Siempre sin dejar de disfrutar con todos los sentidos, de todos los momentos, transformándote desde tus propias ruinas, saboreando la vida al máximo… como debería ser.

Que tengan un feliz año… sin miedo a los cambios.

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