De pronto pienso que un camino es una buena definición de la vida. Implica tantas cosas… pero sobre todo la idea de seguir, siempre y a pesar de todo, seguir.

Mi camino es bastante rústico pero ello no le quita su belleza. Supongo habrá otros con distintos paisajes según la historia personal de cada uno: los habrá elegantes, tortuosos, aburridos, hermosos, difíciles, caminos que hay que escalar, otros que se podrían suavizar… pero todos originales y únicos.

Si miro atrás veo tantas cosas en él. Trozos en que los árboles crecieron en sus márgenes y me protegieron del sol; lugares en que las flores lo inundaron todo haciendo brillar al mundo, como el día en que nació mi niña, y su aroma hace que aún hoy mi camino sea bueno.

En otros momentos la vida no fue tan simple y encontré piedras en él. A veces era posible atravesarlas aunque salí de ellas con el alma lastimada, pero entera. Otras veces, los obstáculos fueron mayores y al atravesarlos algo cambió en mi… algo lloró, se transformó, se quedó allí. Y mi camino, aunque asumió el golpe y dibujó una gran curva en torno al dolor, ya nunca más fue el mismo.

Hoy agradezco los días de nubes y también los de sol, todos encierran un misterio. Los días de lluvia tornan a la tierra de un rojo profundo, como si encerrara latidos en su interior y mi camino se convierte en algo fértil, en un lugar que es difícil caminar sin dejar huella.

Los márgenes se poblaron de verde, de música, de colores y si bien sigue siendo un camino de tierra no hay sequía en su pasar, el desierto quedó atrás.

El amor, la amistad, la familia, las ganas de hacer, de trabajar, de ser feliz… son semillas que nunca guardé. En la vida no creo en eso de “guardar” para mañana y preferí ir sembrándolas a lo largo de los días.

Lo que más me gusta de mi camino son los pequeños senderos que se abren hacia sus lados. A veces los hicieron personas que fueron llegando con valijas de diferentes colores según la cuota de sol, de fe, de garra, de locura que trajeran consigo… y otras veces los hice yo, al abrir sendas hacia nuevos amigos.

Esos pequeños brazos también son únicos y originales. Algunos acompañan a mi camino desde que puedo recordar y están tan sembrados de recuerdos como el mío. Otros tienen pequeñas puertas, simpáticas, pequeñas como las de Alicia en el país de las Maravillas que a veces permanecen abiertas largo tiempo y otras se cierran hasta que alguien las abre otra vez.

Hay senderos que llegaron, atravesaron mi huella, y siguieron su paso dibujando un gran cruce. Son personas que llenaron mi vida por un momento de risas, sentimientos, sueños pero su alma es como el viento y no se puede detener: te despeinan y siguen adelante.

Otras almas son como el agua de los aljibes, tranquilas y mansas, un regalo para el corazón. Ellas llegaron a mi camino y aquí quedaron… compartiendo sus vivencias junto a las mías, respirando el mismo aire y el mismo sol.

Ellas son las que hacen que este andar sea llevadero. Llenan cada hueco, vacían de dolor las distancias, llegan acompañadas de acequias de agua fresca, o del color de los frutales cargados y pueblan mi bosque con aromas a lavanda, a jazmín, a madera. Ellas llegaron en algún momento a compartir mi camino o me aceptaron en el suyo… y yo hoy doy gracias por eso.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here