También preocupados, aturdidos, extenuados, atormentados. Queríamos entender de qué se trataba esa muerte, esa maldad, esa crueldad, ese cuerpo sin vida tan maltratado, tan vejado. Los periodistas en general pero los reporteros gráficos en particular, peleaban y gritaban con sus cámaras en alto exigiendo – por millonésima vez en este país – justicia. La consigna era (y hoy cobra nueva actualidad ya que sus asesinos están libres) “no se olviden de Cabezas”. Los días fueron meses y los meses años. Hoy seguimos diciendo: Justicia y “no se olviden de Cabezas”.

Por esos días eneros de 1997, la muerte, el asesinato de Cabezas, dejó espacio para otra gran pérdida. Moría de cáncer, el Gordo Osvaldo Soriano. Periodista, escritor. Único.

Osvaldo nació en Mar del Plata en el 43, y pasó su infancia y adolescencia mamando el peronismo, la argentinidad, el antiperonismo, el gorilismo y todo los “ismos” que generó el país hasta su exilio para preservar su vida.

Su primer libro ”Triste, solitario y final” (1973) consiguió atrapar al público y a los críticos aunque no a los académicos. Vivió en París desde 1976 hasta 1983 y pudo elaborar las novelas e historias más interesantes con el peronismo como eje y la violencia como protagonista. “No habrá más penas ni olvido” (1978), “Cuarteles de invierno” (1980). Ya de vuelta en Argentina publicó “A sus plantas rendido un león” (1986) la historia de un cónsul de un país bananero que lleva adelante una revolución descabellada, que él imaginó llevada al cine interpretada en su papel principal por Alberto Olmedo y “El ojo de la patria” es de esos días. Ya más acá “Una sombra ya pronto serás” (1990) y “La hora sin sombra” (1995). Sus trabajos periodísticos aparecían en Página/12 y luego la recopilación de estos artículos se podía encontrar en “Artistas, locos y criminales”, “Rebeldes, soñadores y fugitivos”, “Memorias del Míster Peregrino Fernández” (1998) y “Llamada internacional”. En casi todos sus libros prefería los dibujos de Miguel Rep para ilustrar sus portadas.
“Dejé de ser peronista en la adolescencia pero nunca pude ser antiperonista” dijo Osvaldo. Y contaba la historia con todas sus fantasías como si fuera una película del Gordo y el Flaco, sus personajes predilectos.
Todos sus amigos, nenes de pecho en la literatura y el periodismo, no dejaban de sorprenderse con sus historias. Mempo Giardinelli, Tito Cossa, Paco Urondo, Bayer, Cortázar, Pasquini Durán, José Pablo Feinmann, Galeano, Juan Gelman, el Tano Dal Masetto, el Negro Fontanarrosa . Cada vez que el Gordo contaba algo, todos los presentes se miraban sorprendidos y cómplices para intentar descubrir en la mirada del otro, qué parte de la historia era real y qué parte era inventada por Soriano. Y siempre se equivocaban: a veces todo era pura literatura y las cosas más fantásticas y extrañas en general, era el más duro periodismo ajustado a la verdad.
En sus historias reales invenciones había siempre: gatos, Chaplines, Gordos y Flacos, peronistas y gorilas, el fútbol, su padre, el exilio. En sus historias y en su vida siempre había mujeres hermosas a las que no se le animaba y una timidez a prueba de balas. Relatos hechos con nostalgia, con corazón. Provocadores, con ironía y sarcasmo.

Las anécdotas del Gordo son cientos. Miles. No alcanza el espacio. Osvaldo sólo funcionaba de noche. Con las primeras luces del amanecer se metía en su cama y hasta pasado el mediodía no se despertaba. Y ya se sabe que la noche da para encontrar historias.
Por ejemplo: amaba a los gatos de tal manera que estos tenían un poder definitorio sobre Osvaldo. En una época, cuando terminaba de escribir una novela, dejaba las hojas del primer borrador sobre su escritorio. Si el gato se acostaba arriba, se publicaba. Si el gato seguía de largo, a escribir todo de nuevo.

Otra vez le dieron un premio literario que consistía en un lingote de oro puro. Osvaldo lo utilizada para apoyar los libros que quedaban mal parados en un estante de su biblioteca.

A su hijo, lo llamó Manuel en homenaje a Belgrano, y lo hizo hincha de San Lorenzo.
Cuando el Gordo esta ya muy enfermo, a Manuel se le murió una lagartija que tenía. El niño organizó un entierro con todos los ritos. Hasta con ataúd.
A los pocos días el Gordo se murió. Manuel llevó una carta al entierro de su padre para que se la entregara en el cielo a su lagartija.
Y de allí le quedó una tarea pos mortem al Gordo, según relata otro contador de historias, Eduardo Galeano: de acuerdo con un fiel testimonio del cuidador del cementerio sabemos lo que allí pasaba: “aquí viene cada raro… ¿sabe lo que hacen? Le dejan cartas en la tumba. Y peor aún, ¿sabe qué? No me va a creer: vienen se sientan alrededor de la tumba y se ríen”.
El Gordo lleva cartas y todavía hacía reír desde la tumba.
Sus novelas recorrieron el mundo en más de veinte idiomas y tres de ellas fueron llevadas al cine.
Murió un 29 de enero, con 54 años.
Fue a los pocos días del asesinato de José Luis Cabezas.
Y, hasta hoy y por mucho tiempo más, tampoco nos olvidamos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here