Por Emilio Vera Da Souza( everadasouza@gmail.com

Que luego de enterados de una hecho que le ocurrió a otro o a otra, para contarlo a un tercero, le agreguemos algunos detalles propios y ocultemos los que nos resulten igualmente intrascendentes, es otra verdad.

Todos ustedes se acuerdan del juego del teléfono. Todos los participantes oreja contra oreja se van diciendo una palabra y así hasta el último de la fila. Llega una palabra que es distinta, sonoramente parecida, pero distinta. No es una mentira. Pero es un juego.

Los que trabajamos en los diarios, de papel o digitales, lo sabemos quizá más que ninguna persona dedicada a cualquier otro oficio.

Un redactor, puede utilizar las palabras como mejor le vengan en gana, acomodarlas mejor o peor. Lo que está contando para que le llegue al lector está armado de una sola manera. Sin embargo, podría haber elegido infinitas variables estéticas, palabras, signos de puntuación, espacios. Lo que no puede alterar son los datos principales de la historia que es noticia. Eso es una verdad.

Los periodistas más cercanos y respetuosos de formas literarias, ponen este asunto en juego cada vez que les toca escribir. Más o menos evidentes, con estilos muy marcados o casi invisibles, copiando a los grandes maestros o inventando estéticas propias, los periodistas más destacados siempre buscan sorprender con el uso del idioma. Así trabaja un periodista de forma tal que el lector encuentra un estilo determinado, se identifica con esa manera que lo atrae y lo sorprende y busca cada vez que lee a determinado escriba, sentir una y otra vez que esas palabras lo atrapan y le dan placer por leer.

Algunos periodistas y escritores (o ¿estaría mejor dicho: algunos periodistas escritores?) saben y arman así sus escritos, crónicas, narraciones, entrevistas, reportajes, cuentos o descripciones. Buscan sorprender y atraer al lector. Pero otros lo hacen sin mucha elaboración teórica: les sale casi sin pensar, sin recurrir a la búsqueda de un estilo. Simplemente lo encuentran. Naturalmente. Espontáneos.

Otros casos dependen de los orígenes y de sus propios antecedentes. Surgen como escritores luego de una amplia experiencia en el periodismo. O se inician como cronistas de deportes para terminar como espléndidos novelistas. Otros provienen de experiencias de escritura lejanas a la literatura pero cuando se acercan al arte se mueven con la soltura de los mejores.

Para ilustrar lo que escribo podemos poner ejemplos: García Márquez, antes de Cien años de soledad, era el cronista del diario de su pueblo en Colombia (lo sigue siendo). Héctor Tizón, el excelente narrador de cuentos de su pueblo, previamente a publicar su literatura, se encargaba prolijamente de dar forma a los fundamentos y fallos judiciales como juez de la Corte de su provincia Jujuy. Miguel Briante escribió sus recordados libros “Las hamacas voladoras” (1964) y la novela “Kincón” (1975 reeditada en 1995) y luego se destacó como entrevistador y crítico de artes plásticas en revistas y diarios porteños.

Con todo esto quiero decir que, desde un lugar u otro, haciendo una estudiada carrera o con la espontaneidad que da la improvisación basada solamente en la experiencia, en todos los casos, se puede llegar a escribir de tal forma de tener una pluma destacada.

Los que se preocupan por el uso del lenguaje ponen esfuerzo y la intención hacer historias bien contadas. Las estrategias varían pero la búsqueda de agradar o llegar al lector con una buena historia es la finalidad.

La pregunta entonces es ¿A dónde quieren llegar quienes no se interesan por el uso de las palabras, por la búsqueda de las mejores formas de la gramática, por la incorporación de variados sinónimos y la simplificación del uso del lenguaje cotidiano?

Los que no se interesan por embellecer sus escritos, ¿no están abusando de la paciencia de los lectores? O se piensan que nadie se da cuenta cómo es que acomodan sus palabras sin ninguna belleza y con la pereza de los desinteresados por el uso de un lenguaje mejorado cada vez.

Se pueden contar verdades o mentiras, cuentos o novelas, ficciones o realidades pero siempre es mejor que estén bien contadas.

Hasta la próxima.

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