La diferencia con un joven inexperto es que yo no tomo para emborracharme y, en general, no llego hasta ese punto.

 

Sólo tomo vino porque es un placer distinguir sabores y aromas en una bebida cuya elaboración es casi un arte.

 

Un arte efímero pero un arte mayor. Una de las bellas artes.

 

Segundo: cuando yo era joven, también tomaba bebidas con alcohol. Poco vino. Pero muchas veces me pasé y terminé descompuesto, borracho,

mareado. Varias veces mis amigos y compañeros de asado o de juntada, me llevaron a la rastra hasta mi casa y mi vieja, la Beba, disimulaba su preocupación, calmaba su enojo y me acostaba en mi cama hasta que se me pasaba. No fueron muchas veces.

 

Fueron suficientes.

 

Con la llegada de la primavera y los festejos respectivos, la policía controló este año que los estudiantes no pasaran botellas con bebidas alcohólicas a los lugares de concentración de la bulliciosa muchachada. Esa era la mayor preocupación de las autoridades, pero también de los padres.

 

Sin embargo, con informaciones que nos llegan podemos decir que no se generaron masivamente situaciones violentas, accidentes graves, hechos

repudiables. Algún caso aislado. Algún pibe medio zarpado. Unas chicas un poco alegres por beber de más.

 

A uno le encontraron unos porros y fue casi la noticia más escandalosa. También agarraron a unos chorros que se aprovechaban de la distracción de los festejantes. A uno le encontraron un arma sin balas.

 

En ningún lugar hubo heridos, no muertos, no violencia.

 

Sin embargo, algunos que no eran estudiantes, que no eran jóvenes, que no festejaban el inicio de la primavera pero que sí querían sus beneficios, dejaron bien visible su doble moral, su oportuna actitud.

 

Los mismos que unos días antes se quejaban de las sincolas y de los usos de facebú.

 

Esos, algunos comerciantes, algunos otros que también son padres, los que siempre apelan a las frases hechas para señalar al resto –juventud perdida o “algo habrán hecho”– se encargaban de vender bebidas alcohólicas en las cantinas de los campings, en los negocios de las zonas de montañas, en las proveedurías cerca de los diques elegidos para juntarse, a los menores y a precio de estafa.

 

Como las botellas eran decomisadas por la policía, los que traían algo de las casas las tenían que derramar en presencia del uniformado, y el precio llegó a las nubes.

 

Como en la Chicago de los Intocables. La ley seca lo único que consiguió fue el tráfico clandestino, la falsificación, el sobreprecio y los crímenes para proteger el negocio.Pero de eso poco se habló en esta primavera.

 

Sin embargo, las imágenes de los estúpidos que se peleaban por los bosques de Palermo, en Buenos Aires, los que tomaban tetra frente a las cámaras, eran repetidas por los noticieros hasta el hartazgo.

 

Simultáneamente se planteaba por las pantallas y en los diarios porteños cómo seguiría la toma de colegios por parte de los estudiantes secundarios, que se quedaban sin clases, que estaban politizados, que respondían a un plan para desprestigiar al ya poco prestigiado jefe de gobierno porteño.

 

Lo que no decían los noticieros es que en las tomas de colegios no se registró ningún desmán, ningún daño, ningún saqueo, ningún robo. No había pibes alcoholizados, no parejas haciendo “eso”. No insultaban a los docentes, a los directores.

 

Eran simplemente jóvenes estudiantes reclamando por mejoras en los edificios. Por pintura, por baños, por vidrios, por focos.

 

Yo prefiero a estos jóvenes reclamando y festejando la primavera y no  a los inescrupulosos que especulaban con vender ferné al doble del precio en el súper.

 

Prefiero a los jóvenes pidiendo por mejoras y dándose besos de escándalo en los parques que a los que hablan de moral con la bragueta abierta.Y también me da un poco de envidia.

 

Cuando yo iba a la secundaria, si nos encontraban con algo fuera de lugar, con algún pelo desacomodado y sospechoso, con alguna compañera

de breve guardapolvo, o fumando en la esquina, inmediatamente terminábamos en la seccional.

 

¿A quién se le ocurriría reclamar mejoras? Había que preservar la libertad. Y en algunos casos se trataba de preservar la vida.

 

Y si no, habría que recordar lo que pasó con los estudiantes que pedían por el medio boleto.

 

“La noche de los lápices”, se llamó a lo que pasó en La Plata por ese reclamo.

 

Medidas ejemplificadoras de ese momento para que a ninguno se le ocurra reclamar nada.

 

Habría que mirarse en el espejo y preguntar: ¿qué hiciste vos cuando eras estudiante?

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here