Él sabe de libros porque los lee, en una época los vendía –en una ya olvidada librería de la calle Rivadavia por la tercera cuadra– y hoy los escribe. Inclusive hace pocos días recibió un premio por su última novela, y el premio consiste en la edición de su escrito para que los seguidores de nuestro columnista puedan deleitarse con sus historias.

 

Silanes decía que extrañaba las librerías, y yo extraño a esas parientas cercanas de las librerías: las bibliotecas. Cuando era chico me gustaba ir a las bibliotecas y buscar entre las páginas de los libros elegidos algún secreto, algún mensaje, algún detalle o una marca dejada por anteriores lectores. Así descubrí que había también maltratadores de libros. En esa época –no tan lejana–, los que consultaban en las bibliotecas, cuando encontraban el dato buscado, tenían que tomar nota ya que las fotocopiadoras aún no estaban disponibles. Entonces los lectores desaprensivos o apurados o vagos, pero sin lugar a dudas faltos de toda solidaridad, arrancaban la página con el dato que necesitaban y así quedaba el libro amputado y triste.

 

Había otros que dejaban mensajes adentro. Palabras anónimas, o poemas con la finalidad de que el próximo lector se encontrara con ese escrito y sucediera algo. Botellas arrojadas al mar…

 

También me gustaba el silencio cómplice que ocurría en la sala de lectura de la biblioteca, interrumpido a veces por las risas entre estudiantes, sobre todo las señoritas, que miraban entre las páginas de algún manual, señalando a otro estudiante y obligando a que la curiosidad y la risa interrumpiera su estudio.

 

Yo recuerdo  especialmente la Biblioteca San Martín y sus colecciones de diarios.

 

Todos los diarios estaban allí guardados y aún siguen. Una de las bibliotecarias más lindas de todos los tiempos era la encargada de la hemeroteca –así se llaman las colecciones de diarios–, y me traía lo que yo necesitaba para sacar datos para una nota o para algún proyecto literario. Lucy entendía las  necesidades de cada uno de los clientes.

 

Y siempre aportaba soluciones. Los usuarios de la biblioteca de la Alameda siguen teniéndola como consultora experta, un lujo que otras bibliotecas tienen con otro nombre. Siempre hay Lucys en las bibliotecas. Personas que aman su trabajo, personas que ayudan a los náufragos de las estanterías, a los perdidos buscadores de libros extraños.

 

Por estos días, decía Silanes, en los barrios no hay almacenes, comercios, mercerías, rosticerías, bicicleterías, como antes. Pero, digo yo, tampoco hay bibliotecas públicas o bibliotecas populares, como en los viejos barrios. Entonces es un festejo para los amantes de los libros, para los padres de los alumnos, para las bibliotecarias como Lucy, cuando se abre una biblioteca. Y eso ha pasado en estos días. Un loco remachado como Miguel García Urbani, periodista, escritor, conductor de programas de radio, con una banda de amigos soñadores y vecinos solidarios, abrieron una biblioteca pública en la

calle 25 de Mayo de Corralitos, en Guaymallén. Consiguieron el lugar, arreglaron las paredes y los pisos. Pintaron y hermosearon.

 

Hasta le pusieron nombre y todo: Biblioteca Popular “Rubén Washington Pereyra”, en recuerdo de un vecino de la zona.

 

Yo sé que están locos de remate, pero a mí me encantaría que todos los lectores de estas líneas se contagiaran un poco de esa locura casi en

extinción y mandaran libros para llenar los estantes vacíos. Libros, revistas, algún disco, alguna película.

 

Lo que tienen que tener las bibliotecas de hoy.

 

Sólo una epidemia de esta locura contagiosa y digna puede atenuar un poco la nostalgia de Raúl Silanes por sus librerías perdidas, por los amigos ausentes.

 

Aunque nada me libre de invitar el adeudado asado reclamado.

 

Muchas gracias.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here