Por Luis Tonelli, de Revista Debate

Hemos recuperado la iniciativa y, a la vez, demostramos que a la oposición no se le cae una idea. Ahora sólo resta que la gente se dé cuenta.” El funcionario K está exultante y no es un caso aislado. La sanción de la ley de medios fue festejada con algarabía, más que por consumar una venganza, por haber demostrado que la capacidad de destrucción oficial está intacta, y sobre esa base pretende irradiar el poder suficiente para llegar a 2011, de nuevo como una alternativa ganadora. Ya comienzan a hacer chanzas en el exclusivo círculo áulico patagónico: “Será pingüino o pingüina”, dicen, y dejan bien en claro que el candidato presidencial no será ni podrá ser otro, ni otra, que algún integrante de esa sociedad político-conyugal que conforman los Kirchner.

En el peronismo oficialista, la cancha quedó completamente despejada de aspirantes a suceder al kirchnerismo, inclusive de candidatos que se proponían como una síntesis superadora. Por otra parte, además de la recuperación de la musculatura política, también se abre un horizonte de esperanza: que el viento de popa de la economía mundial vuelva a soplar, que la lluvia compense el achicamiento del área de sembrado, y que el acercamiento con los organismos internacionales dé más que lo que se entregue.

La voluntad de poder K marca una diferencia tan grande, tan pasmosa con el resto de sus competidores y adversarios, que parece que jugara en categorías distintas: el abultadísimo score de 44 senadores contra 24 con que fue aprobada la ley de medios habla en forma contundente de la recuperación política del Gobierno y, a la vez, minimiza cualquier negociación menor y, por lo pronto, típica de la política sin partidos fortalecidos. Por otro lado, los mismos que piden conciencia individual a la hora de votar son los que se horrorizan por la indisciplina partidaria y la borocotización de los Pympis (Pequeños y Medianos Políticos).

Se dice que el Gobierno se aprovecha de la situación de asfixia fiscal provincial, pero en su gran mayoría se trata de administraciones peronistas para las cuales no hay nada mejor en la Casa Rosada que el peronismo, aunque sea el peronismo kirchnerista. Ellos sospechan que no hay garantía de que en un Gobierno de la oposición la situación se les haga más fácil y que, además, no pretendan desalojarlos para instalar gobernadores propios.

Mientras tanto, la oposición no encuentra su rumbo y parece confiar sólo en el rechazo que ostenta hoy el oficialismo en las encuestas. ¿Como podría hacerlo, dividida como está en un concierto disonante de personalidades mediáticas? En general, las mayorías se consiguen en la unanimidad negativa, antes que en la diversidad de las ofertas positivas. Pero eso demanda que se concentren en alguna fuerza o en alguna figura opositora. No que se dispersen, como ocurre ahora, neutralizándose entre sí.

La expectativa creada en torno de una elección legislativa de una oposición “gobernante” desde el Congreso demandaba, como mínimo, que no se dejara al kirchnerismo presentar triunfos parlamentarios sobre decisiones propias, polémicas y críticas. Hasta se utilizó un marketing de fórmula “presidencial”, con personalidades en tándem que generó ilusiones completamente falsas. Por el contrario, a la ley de medios le ha seguido una media sanción a libro cerrado en la Cámara de Diputados del principal instrumento de política económica, y de política a secas, que tiene el Poder Ejecutivo: el Presupuesto Nacional.

Otra ilusión aparece en el horizonte político de la oposición, política y especialmente mediática: si el Gobierno no adaptó su “forma de gobernar” a lo que supuestamente “pedía la gente”, se espera que un nuevo Congreso pueda torcerle la voluntad a la Presidenta en el nuevo año legislativo, cuando se resuelva ese delay pernicioso entre la manifestación de la voluntad popular y su concreción en poder institucional.

Falsa ilusión, porque el Congreso carece de los medios para hacerlo (salvo que se consigan las mayorías especiales para forzar un juicio político). A lo sumo, un bloqueo que llevará a un statu quo, o sea, a la situación actual. Parecería que, una vez votado el Presupuesto, el Gobierno tendrá una considerable base de operaciones para actuar con los actos administrativos que le son propios, sin necesidad de nuevas leyes.

En medio de la confusión, hay un expediente peligroso que circula en los pasillos parlamentarios: dar un golpe de efecto ante tanta humillación y quitarle al oficialismo, como es tradición (que encima se dijo respetar), las presidencias de las Cámaras del Congreso. Hecho que tiene como único y dramático antecedente el nombramiento de Ramón Puerta como presidente del Senado en los últimos días del gobierno de la Alianza.

De todas formas, hasta el recambio legislativo, el kirchnerismo puede disponer de esa mayoría de la que ha disfrutado salvo en la conflagración agraria (se habla de que se viene una nueva legislación de entidades financieras y la reforma política luego del prometido e incumplido diálogo).

Tampoco parecería ser demasiado efectivo para la oposición el camino de la judicialización de la política a la que intenta recurrir el senador Gerardo Morales, quien busca compensar la falta de peso político con un denuncismo alla Carrió. Morales acusó de cohecho ante los estrados de Comodoro Py a la senadora correntina Dora Sánchez, que cambió su voto en la sesión de la ley de medios, cuando el jujeño sabe se trata de una cuestión eminentemente política, que sólo encontrará solución si la oposición ostenta la necesaria vocación de poder para construir una nueva mayoría. Quizás Morales sólo buscó evitar que la manifiesta y suicida bronca de los grupos mediáticos opositores no continúe dirigiéndose también hacia la oposición, como sucedió horas después del triunfo kirchnerista en el Congreso.

A propósito, el conflicto que rodeó la sanción de la ley de medios exhibió una doble comprobación. Por un lado, demostró que era flagrantemente falsa la afirmación de que los medios sólo se limitan “a reflejar las noticias”, siendo mensajeros impolutos y cristalinos, sin intereses propios y corporativos. Las mentiras, las operaciones, las tergiversaciones y las oclusiones informativas dejaron al descubierto todo lo que, precisamente, se negaba con tanta pasión.

Pero el conflicto también demostró que la hipótesis gubernamental de que “los medios tienen la capacidad total de crear sentido”, de construir una Matrix, tampoco era correcta. Parecería que, frente a los grandes cambios en el clima de opinión pública, los medios sólo tienen una capacidad para administrar sentido, pero no para generar de la nada interés en la opinión pública. Su amada “gente”, que los mismos medios pensaron cautiva, simplemente se desentendió por completo de la discusión de una de las leyes fundamentales para el funcionamiento de nuestra democracia, que también es una democracia de espectáculo.

Frente a todas estas evoluciones y recorridos, si algo se puede augurar es que en la Argentina se vienen tiempos políticos difíciles. El nivel de conflicto va a ir in crescendo, con un ingrediente muy importante: los medios opositores quedaron en la misma situación que el kirchnerismo después de la derrota electoral. Los dos contrincantes ya no tienen nada que perder, porque pueden perderlo todo. Así que no habrá tregua ni nada que se le parezca. Y, en ese contexto, las pantallas y los micrófonos quedarán abiertos a cualquier manifestación crítica. Toda una invitación al conflicto inorgánico y a la política en la calle antes que en las instituciones democráticas.

Pero, si la confesión del funcionario del comienzo de esta crónica es precisa, al considerar la debilidad opositora como una gran aliada del Gobierno, lo cierto es que el oficialismo tiene en sí mismo a su peor y más letal enemigo. Vale de muestra la difusión por Canal 7 de una operación anónima contra un periodista del diario La Nación, aparecida en YouTube, que mostraba un supuesto pago por difundir información interesada. Más allá del origen, la intencionalidad de filmar ese video y la culpabilidad o inocencia de los implicados, la televisión pública no puede caer en los mismos vicios de los medios privados, que tanto se critican. Ese tipo de escrache mediático y fascistoide no puede erigirse en sustituto de la Justicia. Y menos cuando todo el mundo sospecha que tal difusión hubiera sido imposible sin una orden que viniera “de arriba”.

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