Si Julian Assange se atreviera a caminar distraídamente por alguna calle solitaria, de seguro la mira telescópica de un fusil se posaría sobre su frente. La vida del fundador y editor en jefe de WikiLeaks tiene un precio y son muchos quienes exigen que se lo ejecute. Son cada vez más, en especial desde el pasado domingo por la noche, cuando la organización de Assange comenzó a publicar los cables confidenciales que se enviaban desde las embajadas estadounidenses de todo el mundo hacia el Departamento de Estado. Los textos, que revelan los secretos y las maneras de actuar de los poderosos a escala global, constituyen el golpe más grande recibido por los servicios de inteligencia norteamericanos. Un golpe que hace tambalear los hilos de la diplomacia mundial y cuyas consecuencias todavía son impredecibles. Por esa razón, el gobierno de Barack Obama designó un equipo de 120 oficiales del Pentágono para enfrentar a WikiLeaks por todos los medios. Otros funcionarios y políticos se pronunciaron por el procesamiento de la organización bajo cargos de terrorismo. El director del grupo vive en la clandestinidad, nadie conoce su paradero, se traslada de ciudad en ciudad permanentemente y no usa tarjetas de crédito jamás. Todas sus comunicaciones electrónicas y llamadas se encriptan, a la vez que cambia constantemente su número de celular. “Tiene las manos manchadas en sangre, merece no menos que la pena capital”, se pronunció, furioso, Mike Huckabee, el principal líder del Partido Republicano estadounidense. Se refería a Julian Assange. El ingeniero que diseñó la bomba que acaba de estallar.

Assange nació en Australia en 1971. Como sus padres pertenecían a una compañía de teatro itinerante, tuvo una infancia atravesada por las mudanzas: estudió en 37 escuelas diferentes. Cuando tenía ocho años, sus padres se separaron. Christine, su madre, comenzó una relación con un músico con el que tuvo otro hijo. Su padrastro pertenecía a La Familia, una secta australiana liderada por Anne Hamilton-Byrne, quien exigía que le entregaran a los niños, a los que teñía de rubio e iniciaba en el uso de LSD. “Durante una parte de mi adolescencia tuve que lidiar con este hombre”, contó Assange. En cierto momento, Christine y los dos niños debieron huir durante tres meses, cambiando de domicilio de manera constante. Cuando Julián cumplió trece años, su madre le regaló la primera computadora. El chico se destacaba por su inteligencia y curiosidad, cualidades que lo impulsaron a convertirse en un hacker virtuoso. Formó parte de un grupo llamado “Subversivos internacionales”. Su nombre de guerra era Mendax y participó de invasiones computarizadas a los sistemas de varias instituciones para demostrar sus fallas de seguridad. En 1991, la policía de Australia lo detuvo, pero se declaró culpable por 24 cargos de delitos informáticos, pagó una multa y recuperó la libertad por buena conducta.

El domingo por la noche comenzaron a publicarse los análisis diplomáticos filtrados del aparato de inteligencia militar estadounidense por un analista de sistemas de 22 años (ver aparte). WikiLeaks entregó 251.287 cables emitidos por las embajadas a los diarios El País, de España; The Guardian, de Inglaterra; The New York Times, de Estados Unidos; Der Spiegel, de Alemania, y Le Monde, de Francia. Cada medio va publicando los cables paulatinamente y revela, de este modo, las formas en que el personal diplomático caracteriza la política y a los protagonistas de cada nación en informes dirigidos al Departamento de Estado estadounidense, cuya cabeza es Hillary Clinton. Se puede leer cómo el gobierno de Obama ordenó a sus diplomáticos espiar en la ONU, de qué manera actuó en conjunto con el gobierno español para cajonear causas judiciales en su contra o los dislates en el campo de concentración de Guantánamo, entre muchas otras informaciones relevantes (ver aparte). Los cables fueron emitidos desde el 28 de diciembre de 1966 (enviado desde la embajada en Buenos Aires y referente a las islas Malvinas) al 28 de febrero de 2010. Fueron consignados desde 274 distintas embajadas, consulados y misiones diplomáticas. 15 mil están clasificados como secretos (que pone en riesgo la vida de los involucrados), 102 mil como confidenciales y 134 mil como no clasificados. De ese cúmulo de textos, hasta el momento sólo se han publicado alrededor de 600, suficientes para crear el mayor escándalo protagonizado por los servicios de inteligencia de las últimas décadas.

Assange se convirtió temprano en un activista de la libertad de información y, también, en padre. A los 18 años tuvo a Daniel, su único hijo. En esa época vivía como programador y promovía el software libre. Diseñó Strobe, un escáner de puertos gratuito. También participó en la creación de Rubberhose Deniable Encryption, un programa que sirve para encriptar de modo ultraseguro información sensible. Comenzó a publicar artículos en periódicos y revistas y a los 25 años coescribió el libro Underground, una investigación que narra las acciones del movimiento hacker, la postal invertida de una sociedad que quisiera verse retratada solamente en su tranquilidad burguesa. Nunca dejó de estudiar. Se anotó en Física y Matemática en la Universidad de Melbourne y llegó a participar en las Olimpíadas de Física de 2005. Cuando Daniel, su hijo, comenzó a estudiar Genética a los 15 años, compartieron claustros y pasillos académicos. En 2006 abandonó la universidad y toda otra actividad para concentrarse únicamente en su más ambicioso proyecto: WikiLeaks.

Gotera. Filtración. Libre. Esos conceptos se reúnen en el nombre de la organización, de la que se desconoce los nombres de los 20 voluntarios de tiempo completo y alrededor de 800 colaboradores externos en todo el mundo. El equipo, dirigido con firmeza por Assange, funciona a través de una página que recibe archivos que le envían informantes anónimos o que obtienen mediante filtraciones en sistemas de seguridad. De ese modo accedió a documentos del ejército estadounidense, datos de bancos en operaciones fraudulentas, manuales secretos (y loquísimos) de la Cienciología y videos de guerra, entre más de un millón de textos en su poder. El 5 de abril WikiLeaks difundió un video en el que se ve cómo soldados estadounidenses tiran a matar a un grupo de civiles de manera indiscriminada en un suburbio de Bagdad. En la acción, perecieron dos reporteros gráficos de Reuters. La organización de Assange bautizó como “Daños colaterales” a la filmación que recorrió el mundo y puso en serios aprietos al Departamento de Defensa norteamericano. En julio de este año publicaron 92 mil documentos que se denominaron como “Diarios de la guerra de Afganistán”, en los que se revelan masacres contra civiles, conexiones entre la inteligencia paquistaní y los talibanes y también operaciones en las que cayeron soldados estadounidenses bajo la acción de fuego amigo. Los “Diarios de la guerra de Irak”, que se dieron a conocer en octubre, estaban formados por casi 400 mil archivos, donde se confirma, entre muchas otras revelaciones, la tortura como método sistemático del ejército de Barack Obama. El Pentágono acusó a WikiLeaks por dar a conocer información que ponía en peligro a agentes encubiertos y en riesgo a operaciones militares, aunque la organización señaló que no publicó miles de documentos que podían poner en riesgo vidas. Debido a esas filtraciones, Assange reemplazó a Bin Laden como la prioridad en la escala de detenciones requeridas por los norteamericanos. Se convirtió en su enemigo número uno.

fuente: Revista Veintitrés

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