En la ciudad que inventó las acequias y es pionera en la legislación de aguas se realizó el primer Congreso de Cambio Climático, Vitivinicultura y Recursos Hídricos y se constituyó de inmediato en un foro amplio de información y agenda compartida.

 

La idea surgió en diciembre del 2009 luego del viaje del secretario de Medio Ambiente Guillermo Carmona a la conferencia de Copenhague. Así lo recuerda Carmona: “El conjunto de la delegación argentina compartía criterios con los países del G-77, grupo que pudo revertir algunos procesos muy delicados como cuando hubo un planteo muy fuerte por parte de los países desarrollados para que se gravara el transporte internacional de mercancías, especialmente los alimentos. Tal medida paraarancelaria estaba orientada a compensar las emisiones generadas por el transporte internacional. El entonces canciller Jorge Taiana se opuso a esto por el fuerte impacto que produciría en la capacidad de exportación de nuestras naciones. Fue en esos momentos cuando se planteó el rumbo que tomaría la industria vitivinícola”.

 

El cuadro de situación no es nada fácil. Felizmente, sostuvo Guillermo García, presidente del Instituto Nacional Vitivinícola el día del acto inaugural del Congreso al que asistieron expertos de distintos países del mundo, “dentro de la vitivinicultura es más fácil encarar estos temas ya que se parte de una visión y se cuenta con once años de trabajo en la elaboración y puesta en marcha de un plan estratégico para el sector. Aunque, claro, también se requiere modificar algunas conductas, por dar una idea, de cada diez créditos que se otorgan en Mendoza a los productores y en idénticas condiciones de financiamiento, nueve se destinan a instalación de malla antigranizo y solo uno al cuidado del agua intra-finca, lo cual habla claramente de que el productor privilegia el corto plazo”.

 

Pero no es sólo eso. Ya avanzadas las primeras exposiciones de parte de miembros de la comunidad científica internacional, se vio que el desafío por delante es por demás complejo. Hay que reducir la incertidumbre, evitar por todos los medios crear la idea de catástrofe y por cierto reparar en las posibilidades que puntualmente presenta la región. Mauro Sosa, referente del Centro de Bodegueros de la zona Este y miembro de COVIAR (Corporación Vitivinícola Argentina), reconoció lo especial de la situación al momento de hablarles a los viñateros y productores sobre un tema tan científico, que habla de series de años muy grandes, que por ahí cuesta entender. Sin embargo, a su modo ver, el tema ya está entre nosotros y muestra de ello es el régimen de agua y la existencia de lagunas artificiales que hoy están secas. Siendo así es natural ocuparnos de este tipo de eventos, con la particularidad de que es un tema bastante amplio y estructural, “no es un tema como el precio del vino que nos ocupa todos los años”, dice Sosa, y remata: “Lo bueno es que este Congreso sirve para generar y mostrar la información, obviamente con la idea de que tenga consecuencias en las políticas concretas de mitigación de los viñedos, en donde debe decidirse qué hacer respecto del agua, qué hacer respecto del suelo y qué respecto de la vegetación teniendo en cuenta que hay provincias que se van a ver más o menos involucradas en el aspecto vegetativo, va a tener que ver la cuestión geográfica”.

 

El acicate del agua. El doctor Ricardo Villalba, titular del Ianiglia y miembro de la Agencia de Cambio Climático de la provincia de Mendoza, estuvo a cargo de la conferencia inaugural, llave del conocimiento del que disponemos sobre el planeta, el país y la región de Mendoza. Como es habitual, Villalba hizo hincapié en la franqueza a la hora de incorporar cada uno de los elementos que hacen al análisis central posterior a la verificación científica del calentamiento en la cordillera.

 

Según Villalba, lo primero es ubicarse en la región donde estamos parados. Estamos –dice– en la región vitivinícola por excelencia y sin embargo, es donde más estrés hídrico se verifica. “No es que importe tanto cuánta agua esté demandando la sociedad a través del uso doméstico, la industria y agricultura, el tema es que la oferta está muy cerca de la demanda, con lo cual es taxativo: no podemos desperdiciar nada de agua”, señala a la vez que enseña un corte que va desde la Cordillera de los Andes, o desde el Pacífico, pasando por Santiago y el Aconcagua, hasta Mendoza. Dicho corte permite ver mucho más que la distribución de la precipitación en la región, permite ver el rol que tiene la Cordillera de los Andes, allí donde se producen precipitaciones por arriba de los 500 milímetros, donde está la fuente vital, proveedora de la región. Quien no conozca el ciclo hidrológico cordillerano se perderá algo sustancial, tan sustancial como que somos aguadependientes de esa agua que se acumula en la cordillera.

 

Pues bien, de este dato se extraen varias conclusiones. Una es la necesidad de extender las estaciones de registros, esto llevaría a una evaluación más sistemática y continua de los recursos hídricos, lo mismo vale para las estaciones que harán el inventario de los glaciares, inventario que servirá para hacer un monitoreo permanente que nos permita ver cómo esas reservas de agua dulce están evolucionando en el tiempo. Digamos que esto forma parte de todo un cambio cultural del que participaríamos todos y a fin de que se entienda, pasa por “poner el foco en la montaña”.

 

Una de las cosas que explicó Villalba es que Mendoza cuenta con 60 años continuos de registros níveos, es una cosa que en muy pocos lugares de Latinoamérica existe, y muy pocos lugares del mundo pueden tener lo que aquí se halla respecto del Río Atuel, cuyos registros comenzaron en el año 1906, lo cual da la pauta de la conciencia de algunos sobre la importancia del agua en la región. Otro gesto por demás didáctico de Villalba es aconsejar en todo momento familiarizarnos con el año 1968. Ese año no nevó en la cordillera y sin embargo los ríos no se secaron. Ese es un año para reflexionar qué pasó y dejar sentado para las futuras generaciones que trescientos años de actividad agrícola en el oasis del oeste argentino no habrían sido posibles sin la existencia de los glaciares, que tienen esa capacidad de darnos agua justamente en el momento más crítico y en el verano, cuando más lo necesitamos.

 

Entre los fenómenos a incorporar en el análisis de la situación actual, Villalba apuntó que se está produciendo un adelantamiento en la entrega de agua en verano y quizás esto se relacione con más entrega de agua durante el invierno, lo cual puede ser beneficioso para Mendoza tratándose de una zona que necesita del riego en septiembre o incluso antes, y sin embargo, debe lidiar con una entrega natural de agua que se producía recién en diciembre o en enero.

 

Una de las grandes incertidumbres está dada por el régimen de lluvias. No se sabe qué pasará y es bien difícil establecer una tendencia. Sí aparece claramente cuál sería uno de los desafíos en el llano de Mendoza: aprovechar las lluvias de verano que se originan en el Atlántico para los caudales de nuestros ríos. Todo un desafío para ingenieros, en primer lugar.

 

El transfondo de este tema fue analizado con detalle por Ricardo Villalba. En su opinión, empleando anillos de árboles que crecen en la cordillera se ha podido hacer una reconstrucción de cómo varió la precipitación en los últimos 700 años, lo cual es un interesante período para analizar –esto puede hacerse porque el ancho de los anillos de crecimiento se relacionan con la abundancia de precipitaciones–. En función de ello puede decirse que estamos en el largo plazo con una tendencia a menores precipitaciones en la cordillera. En el largo plazo también se habla de un aumento de la precipitación en los llanos, justamente donde están los viñedos y justamente en el sur de la provincia, donde se está promoviendo la ganadería extensiva que se vería favorecida.

 

Ahora bien, paralelamente, existe una atmósfera más dinámica y de ahí la pregunta sobre los eventos climáticos extremos asociados a las tormentas de verano. Para el jefe del Ianiglia, existe un punto de gran incertidumbre que él enfrenta del siguiente modo: “Si el cambio climático está asociado a eventos de este tipo, es muy difícil establecerlo pero sí está claro que ha habido un aumento de la intensidad de las precipitaciones en áreas particulares del mundo. Y si bien no podemos decir fehacientemente que las tormentas de gran magnitud que vivimos en Mendoza están asociadas al cambio climático, tampoco podemos descartarlo completamente. En un mundo que es más cálido, en una atmósfera que es más energética, los valores extremos van a ser más comunes, es decir, vamos a pasar de momentos de sequías a inundaciones cada vez más fuertes que en una atmósfera que tiene menor temperatura. Y además hay que decir que todos los modelos climáticos indican que este tipo de eventos, tanto la sequía como las precipitaciones de alta intensidad, van aumentando en el tiempo”.

 

Mirar el futuro. “La ciencia tiene que mirar al futuro. Y la herramienta que tenemos son los modelos”, dice Villalba. Y agrega:“Los modelos no son perfectos, son más bien imperfectos que tratan de simular cómo el planeta está cambiando y dependen de escenarios relacionados no con la naturaleza o el clima directamente sino con la voluntad humana, ya que somos nosotros quienes generamos los gases de tipo invernadero. Así, existe el escenario pesimista, donde prácticamente el hombre no toma ninguna medida para modificar las emisiones de gases sin búsqueda de energía alternativa y llegamos a un aumento de temperatura de 3 grados centígrados más el 0,6 que ya llevamos hasta el presente. Por otro lado existe el escenario optimista donde si pensamos que pasamos al uso de energías alternativas y tratamos de ser mucho más amigables con el ambiente y mucho más eficientes en el uso de los recursos que genera el planeta, posiblemente –y esto es por lo que la comunidad científica está empujando a los tomadores de decisiones– llegaremos a un aumento de no más de 2 grados centígrados. Frente a esto, el IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) posiblemente más pragmático sostiene que seguramente el hombre no podrá ser tan malo, pero tampoco podrá ser tan bueno, por lo que el escenario más probable es el intermedio, que está indicando un aumento de temperatura de 3 grados centígrados al final de este siglo”.

 

Vendimia del futuro. Frente a un escenario de mayor humedad y temperatura, aumento de la radiación solar y retroceso de los glaciares andinos que surten de agua los oasis cuyanos, ¿cuál sería la estrategia de adaptación?

 

La Agencia de Cambio Climático de Mendoza –de la Secretaría de Medio Ambiente– se ha propuesto apoyar iniciativas de investigación y desarrollo sobre nuevas prácticas, tecnologías y cultivos agrícolas y vitícolas que faciliten la respuesta del sector, en especial, el de los pequeños y medianos productores, al cambio climático.

 

Estas acciones comprenden la mejora de los sistemas de riego, la capacitación de actores clave de la actividad y la prevención sobre la cuestión hídrica. Como ya se ha señalado, un aumento de la temperatura promedio de 1,5º para los próximos veinte años supondría una disminución del 12% de los caudales de los ríos de montaña por el achicamiento de los glaciares. Ese mismo fenómeno podría incrementar la frecuencia de lluvias y subir el porcentual de humedad. Según el ingeniero del Ianiglia José Boninsegna, “el eje de los oasis cultivados podría modificarse porque seguramente se va a tratar de utilizar tierras con mayor altitud y más frescas que hoy no están sistematizadas”.

 

En cuanto a la fisiología de la vid, lo que puede señalarse es un proyecto de investigación dirigido por el ingeniero Bruno Cavagnaro que aborda los distintos factores como la radiación solar, el oxígeno, la situación hídrica, la temperatura y los nutrientes. Aplicando modelos matemáticos sobre los cambios de variables tales como menor precipitación de nieve y mayores lluvias estivales, se han hallado escenarios de disminución de rendimiento de los viñedos y se estima, además, que los efectos sobre el ciclo vegetativo obligarán a modificar las fechas de cosecha. En el caso de Mendoza dicho proyecto aborda en particular el fenómeno de los incrementos de temperatura sobre una variedad emblemática como el Malbec.

 

Por otra parte, para el ingeniero agrónomo Carlos Tizzio, ex investigador del INTA y actual gerente de la bodega de capitales franceses Clos de los Siete, el aumento de las temperaturas promedio “puede otorgar ventajas y desventajas según sea la región y esto obliga a estudiar estrategias para que cuando haya cambios de composición de las uvas podamos definir los estilos de vinos que pueden surgir de estas zonas”.

 

Según el profesional, los incrementos de los registros térmicos podrían producir cambios favorables en las zonas frías porque se lograría mejor adaptación de ciertas variedades mientras que en las cálidas se deberá estudiar la tolerancia del viñedo al calor y la radiación solar.

 

Revista Veintitres

 

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