No son votos faltantes, ni adhesión esquiva lo que pretende conquistar Cristina Fernández de Kirchner con la elección de Amado Boudou como compañero de fórmula. La recuperación virtuosa en términos de imagen e intención de voto del último año y medio convirtieron a esas inquietudes naturales en atributos valorados, pero accesorios. Tampoco se puede inferir en la decisión una búsqueda por ampliar bases de sustento social o por articular nuevas alianzas partidarias. Los contornos móviles del kirchnerismo parecen más amplios que nunca y la fuerza política que ha sabido vertebrar no adolece, precisamente, de apoyos concretos más allá de su núcleo irreductible.

 

Otras razones explican, por cierto, la naturaleza de la definición. Por un lado, como la misma Presidenta se encargó de subrayar en ocasión del anuncio, Boudou aporta al binomio la cuota de lealtad y compromiso con la gestión que le faltó, como complemento, en el período en curso. La sombra de Julio Cobos y el duro traspié de inicios de mandato que le provocó su “voto no positivo” puede considerarse una marca indeleble y, a su vez, una variable determinante del perfil buscado. Por otro lado, la designación de su ministro de Economía como candidato a vice le permite destacar algunos de los aspectos más valorados de su gobierno. Por caso, el crecimiento sostenido, los altos niveles de consumo y la capacidad demostrada para revertir contextos adversos o aprovechar coyunturas favorables.

 

Pero hay más. El apellido Boudou está estrechamente ligado a una de las decisiones estructurales de su gestión. Una medida que puede considerarse un verdadero punto de inflexión. Se trata, claro, de la estatización del sistema previsional y la recuperación para el Estado de los aportes laborales que hasta entonces usufructuaban dudosos fondos de inversión. Cristina misma reconoció que fue el economista quien con más ahínco le sugirió la medida, en circunstancias de crisis global incipiente y debilidad política local. Esa transferencia de recursos permitió reforzar las “espaldas” del Estado ante eventuales ataques especulativos y, sobre todo, posibilitó la puesta en práctica de medidas complementarias para mantener en alto los niveles de producción y reforzar la demanda agregada. La implementación de la Asignación Universal por Hijo, además de lo que simbólicamente significa en tanto ampliación de ciudadanía, aparece como un emblema en ese sentido.

 

No obstante, quedan otros aspectos por mencionar. No menores, por cierto. Las virtudes de Boudou como comunicador están entre ellos. Su modo relajado y didáctico de transmitir algunos ejes de Gobierno ya quedaron demostrados. También su buen manejo ante las cámaras. Sus habituales visitas a 6,7,8 dan fe de ello. Pero no sólo eso. El debate que tuvo, a comienzos de 2010, con el senador Gerardo Morales como partenaire y en territorio que bien se podría considerar como “ajeno” es una muestra. El tema en cuestión, entonces, era el destino de las reservas del Banco Central, luego de la salida polémica de Martín Redrado. Morales se llevó más de un magullón dialéctico y Boudou se ganó fama de buen polemista. Además de sumar puntos en la consideración de cierta militancia que solía proferirle algún recelo. Sobre todo, por su pasado ligado a siglas malquistadas con el ideario nacional y popular. Llámense UPAU, UCeDé o CEMA.

 

UN PUENTE

La manera de manejar los tiempos para confirmar su camino hacia otro mandato y la extensión deliberada hasta el límite legal permitido para nominar a Boudou dejaron en claro varias cosas. Entre ellas, la voluntad de Cristina de hacer evidente que las relaciones de fuerza no sólo habían cambiado respecto del frente externo, sino también “hacia adentro”. Cómo construir un esquema de gobernabilidad que neutralice los sobresaltos de cara a 2015 (traiciones incluidas), según cuentan, fue una de las obsesiones de la Presidenta en ese sentido. Y uno de los criterios selectivos para apuntalar algunas candidaturas y objetar otras en las distintas listas del Frente para la Victoria. Evitar el desgaste de una gestión prolongada y buscar la manera de revitalizar los pilares del modelo, ofician como los objetivos clave detrás de cada una de esas decisiones. La perspectiva de fundar una nueva etapa (“cristinismo”, pongamos) como instancia superadora del camino recorrido hasta aquí aparece como una especie de horizonte rector.

 

En sus últimas apariciones públicas, la Presidenta dejó más de una definición al respecto. Habló de la necesidad de construir un “puente entre generaciones” y de su “compromiso irrenunciable e irrevocable” con los jóvenes que “tanto esperan de este nuevo país”. De alguna manera, la elección de Boudou se inscribe dentro de esa lógica. Y no tanto por una simple cuestión etaria, que los 48 años que dicta su documento de identidad relativizarían. Si no, por una cuestión de impronta. El ministro representa una renovación concreta en términos de cuadros administrativos. Como representan una renovación gradual el rumbo ascendente de la militancia juvenil en espacios importantes del nuevo entramado de poder y la aparición de canales no tradicionales de acceso a cargos importantes en el organigrama estatal.

 

Ya se advirtió durante estos días: Boudou tendrá que lidiar contra ciertas particularidades de su currículum y algunos desajustes parciales de una economía en constante crecimiento. La formación en la más liberal de las usinas de pensamiento que tiene el país (el CEMA) y cierta participación en espacios conservadores en su juventud cuentan entre esas particularidades. La materia “inflación” se anota entre los desajustes. “Entendí que la ciencia económica es una ideología más que una ciencia. La teoría deja de lado las relaciones de poder, y eso sirve para mantener los statu quo. Son ideas que las venía trabajando antes, pero encontré ideas concretas con Néstor y Cristina Kirchner”, fue una de las declaraciones ilustrativas que dejó picando luego del anuncio y que intenta conjurar el primero de esos puntos. La defensa irrestricta del programa económico y los pronósticos alentadores sobre el futuro intentan conjurar lo segundo.

 

En ese sentido, la “unidad de miradas” parece ser otro de los puntos de confluencia y razones de la elección. El alineamiento de Boudou respecto de la Presidenta resulta absoluto. Y la sociedad, hasta aquí, lo valora positivamente. Las encuestas de Ibarómetro, que publica en exclusiva Debate, cuantifican esas sensaciones de campaña. Casi el cincuenta por ciento de los consultados ve con buenos ojos la designación y sólo el 27,7 por ciento le otorga connotación negativa.

 

Cuánto de continuidad y cuánto de ruptura con el período abierto en 2003 tendrá el próximo ciclo político lo establecerá el curso de los acontecimientos y el juego de fuerzas que comenzará a dirimirse a partir del mismo 14 de agosto. Lo que parece claro, hasta aquí, es que vendrá con más coherencia interna. El “factor Boudou” así parece indicarlo.

 

Revista Debate

 

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