Argentina ha vivido desde 1976 al 2002 inmersa en lo que el fallecido sociólogo francés Pierre Bourdieu alguna vez denominó la utopía neoliberal. Los valores de la competencia y el individualismo inundaron no sólo las políticas económicas, sociales y educativas, entre otras, sino que se impregnaron en los corazones de sus desdichados habitantes (no todos, por cierto) haciendo de la meritocracia la vara ética con la que se medía toda conducta humana y la utilización de los otros (esos otros que en esencia son igual a mí) como bienes descartables y prescindibles de un mercado todopoderoso y perfecto.

Fueron los años de las privatizaciones, el libre flujo de capitales, la apertura económica, la flexibilización laboral, la desregulación financiera, las políticas sociales focalizadas, la descentralización, el desfinanciamiento y la mercantilización de la educación. En la actualidad, muchos comunicadores sociales y no pocos académicos suelen expresar que en esos años asistimos a la ”destrucción del Estado”, que en el neoliberalismo el ”Estado no interviene en la economía”, que fueron épocas de un ”Estado ausente”. Es necesario, para no caer en la ficción a la que intenta someternos la telaraña del pensamiento único, entender que esa relación de dominación a la que llamamos Estado, en su forma moderna, acompaña al capitalismo desde sus orígenes y que ambas, Estado y capitalismo, son dos caras de una misma moneda. Los Estados-Nación se fundan en relaciones que suponen a todos los ciudadanos igualmente libres, del mismo modo que los mercados necesitan de la igualdad y la libertad de todos los consumidores para poder existir. Los Estados demoliberales nacidos en el siglo XIX son, ante todo, garantes de la relación capital-trabajo, a la que nunca cuestionarán, a pesar que en determinados momentos históricos implementen políticas públicas que favorezcan a los trabajadores o a los dueños del capital.

Dicho esto, puede empezar a entenderse por qué algunos estuvieron (y están) interesados en hacer ver a los tiempos del neoliberalismo como los de la ausencia del Estado y no como los tiempos de presencia de un Estado (que por definición nunca puede ausentarse) que movilizó recursos materiales y simbólicos a favor de los dueños del capital en general, y del capital financiero en particular.

Hizo falta una fuerte presencia del Estado para revertir las políticas de bienestar llevadas a cabo en los treinta años previos a la dictadura más sangrienta que sufrió la Argentina. La especulación financiera, la concentración y extranjerización de la economía, el endeudamiento externo, la precarización laboral, entre otras (y sus consecuencias inevitables, desindustrialización, desempleo, desigualdad y pobreza) necesitaron de un Estado presente que construyera un andamiaje legal que regulara y condicionara las nuevas relaciones sociales que se quería imponer. Por ejemplo, la Ley de Entidades Financieras (1977), la ”tablita cambiaria” (1979), la nacionalización de la deuda externa (1981), las leyes de Emergencia Económica y Reforma del Estado (1989), la Ley de Convertibilidad (1991), la Ley de Minería y el Plan Brady (1993), las leyes de Flexibilización Laboral (1991-2000), el Megacanje (2001), y la compensación a los bancos (2002).

Demasiada actividad del Estado para estar ausente.

Nada es más sorprendente para aquellos que se ocupan de los asuntos humanos con mirada filosófica que ver la facilidad con la que las mayorías son gobernadas por las minorías; y observar la implícita sumisión con la que los hombres renuncian a sus propios sentimientos y pasiones a cambio de los de sus gobernantes. Cuando investigamos por qué medios se produce esta maravilla, encontraremos que así como la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no tienen otra cosa que los apoye más que la opinión, escribía David Hume en 1758. Es, por lo tanto, continúa, sólo en la opinión en donde se funda el gobierno, y esta máxima se aplica a los más despóticos y más militares de los gobiernos, así como a los más libres y populares.

Las categorías, los conceptos, las ideas que hegemonizan los discursos de una época son los que permiten que la realidad sea pensada y en ella la necesidad y las posibilidades para su transformación. David Hume no había leído la ley de medios, pero nadie mejor que él para entender su vital importancia para hacer cada día más democrática a la democracia.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here