Habla despacio, bajito y en inglés. Tan perfectamente civilizado que se diría que es un auténtico bárbaro. Y en efecto así es. Ang Lee es de Taiwan (lo es desde 1954) y estrena ‘La vida de Pi’. Con ella vuelve a demostrar su capacidad para pasar inadvertido. Ninguna de sus películas se parece a la anterior.
Sobre el ‘best-seller’ de Yann Martel, el responsable de ‘Brokeback mountain’, ‘La tormenta de hielo’ o ‘Tigre o dragón’ compone esta vez una película llamada a ser uno de los acontecimientos del año. Entre la realidad y el sueño, el director ofrece una de las más cuidadas, envolventes, desesperadas y emotivas reflexiones sobre la narración del cine contemporáneo. Y en 3D. Tan arrebatador y tridimensional como suena.
Cuesta trabajo encontrar un punto de contacto entre sus películas. Una de artes marciales, un ‘western’, una adaptación de Jane Austen…Y ahora una película en 3D que no tiene que ver con nada que se haya hecho antes.
-También me cuesta a mí. Cada película me atrae por un motivo completamente diferente: unas me llaman la atención por sus posibilidades visuales, otras por la emoción que me produce el guión, y las últimas por su, digamos, punto de vista filosófico. Básicamente, las películas que hago son mi vida. Elegir un proyecto es elegir cómo quiero vivir en los años que dura todo el proyecto. Cada película es, si se quiere, una decisión existencial.
¿Y en el caso de ‘La vida de Pi’?
-Lo que más me atrajo en este caso fue la posibilidad de contar un tema clásico: la perdida del paraíso. En un sentido general y, si se quiere, metafórico. Lo que me interesaba era relatar el proceso por el cual todos perdemos ese paraíso a medida que crecemos. Aunque pueda sonar un poco naïf o ingenuo: crecemos para hacernos malos. [Se ríe] La pérdida de la inocencia es la historia de la humanidad. La vida, de algún modo, se convierte luego en una búsqueda de esa inocencia original. Nos pasamos la existencia buscando algo en lo que creer. Aunque buscar ese sentido original, todo sea dicho, puede llegar a ser bastante decepcionante. En eso consiste vivir y de eso habla ‘La vida de Pi’.
¿Qué aprendió sobre usted mismo haciendo esta película?
-Sobre todo he aprendido a trabajar solo. Así de banal. Esta película es una nueva aventura en mi carrera. Soy productor y me he empapado de la parte empresarial. Algo a lo que antes era completamente ajeno. También esto tiene que ver con la pérdida del paraíso. Antes era más un niño que hacía películas y ahora me he visto de frente con el mundo de los adultos. [Se ríe].
Y luego está el 3D. Por primera vez se enfrenta a él…
-De hecho, es nuevo para mí y para todo el mundo. Ahora mismo está en una fase completamente experimental y cambia, desde luego, nuestra concepción del acto mismo de ver una película. Las tres dimensiones transforman completamente un lenguaje que tiene más de 100 años. Hasta ahora la pantalla de dos dimensiones era algo sólido, tangible. El director tenía que crear la sensación de profundidad utilizando distintas lentes. Eso cambia radicalmente al dar relieve a la pantalla.
¿Cuál es el cambio más relevante?
-El problema es de concepto. De repente, te planteas qué signifique realmente mirar. Así de radical. Al plantearte de nuevo qué se está viendo, llegas a dudar de todo: ¿realmente lo real es real o no es todo más que una ilusión creada por nuestro cerebro? Así de brutal es sentarte detrás de la cámara y volverte a replantear todo lo que has aprendido durante los últimos 20 años. Por ejemplo en las actuaciones, hay un cambio radical. En el 3D cada detalle de la actuación es reflejado con toda nitidez. Hay que decir a los actores que reduzcan la intensidad de su trabajo en comparación con el 2D. Como en el cambio del mudo al sonoro. El 3D cambiará el modo de actuar en el futuro.
¿Qué significa dirigir para usted?
-Hacer películas es una buena terapia. La gente me deja tranquilo, puedo estar más concentrado, y casi hasta descanso. Cuando trabajo, puedo pedir que me dejen solo, en paz. No puedo imaginar una mejor forma de vida que ésta. Me gusta hacer películas, es algo que me surge de manera natural. El cine es mi religión. Recuerdo que tras ‘Tigre y dragón’ pensé seriamente en retirarme, me sentía muy estresado, dudaba de por dónde podía seguir, y carecía de certezas.
¿Le ha vuelto a ocurrir algo parecido?
-Con esta película, sin ir más lejos. Me pasó lo mismo que al protagonista de ‘La vida de Pi’. Al fin y al cabo, como ocurre en la cinta, todos tenemos un tigre dentro, un Richard Parker [así se llama el felino]. Estamos civilizados, vivimos con los demás, pero hay algo dentro que nos exige estar solos, pelear, hacer lo que nos parezca. Cuando todo eso sale a la superficie nos sentimos incómodos, inadaptados… Y eso me ocurrió.
¿Y como casa su concepción del cine con la exigencia de un negocio tan cruel y despiadado como el del cine?
-Todo es igual, no sólo Hollywood. La naturaleza humana tiende al consumismo, al egoísmo, a tener cada vez más cosas, a poseer sin límites. El mundo no es perfecto… De vez en cuando me pregunto por qué no hay más líderes en el mundo, gente inteligente, capaz de orientarnos mejor, que supongan una esperanza real. Se ha perdido la inocencia. Nos conformamos con sobrevivir, y en pensar sólo en nosotros mismos.
Dice que el cine es su religión y el personaje principal de la película se plantea una y otra vez su religión, ¿qué relación tiene usted personalmente con ella?
-Mi madre me crió en el cristianismo. Rezaba cuatro veces al día, iba con ella a la iglesia… Así, hasta los 14 años. Durante ese tiempo pensaba mucho en Dios. Al crecer, estuve muy en contacto con mi entorno: el taoísmo, el ying y el yang… y vi que el camino a Dios es misterioso. Probablemente, no podemos encontrarlo, porque, precisamente, está hecho de misterio. Creo que estoy en el limbo [Vuelve a reírse].
¿Se siente como el primer director global?
-Es muy distinto rodar en Taiwan o en Los Ángeles. Y lo más interesante es ver cómo los mismos temas son contemplados de manera muy distinta según uno esté en Oriente u Occidente. En Taiwán, por ejemplo, no les interesa tanto saber concretamente qué representa cada personaje, y a vosotros sí. Eso de buscar respuestas concretas a todo es muy occidental. Intento hacer un balance, un equilibrio, entre los dos mundos. En cualquier caso, el mundo occidental tiene que aprender a reconocer la valía de lo desconocido. A veces, no saber es triste, nos causa impotencia, pero hay que respetarlo.

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