Si hemos comido mucha carne, todas las células del cuerpo estarán orientadas a la alimentación cárnica. Las células del cuerpo reciben desde el cerebro los impulsos informativos: ¡Carne, carne!. También la nicotina, el alcohol, las drogas, y la sexualidad desenfrenada, están dentro de las células de nuestro cuerpo, como información, que recurrentemente el cerebro retroalimenta, pues así el hombre lo ha programado, sin “reflexionar” conscientemente.

Si de hoy a mañana dejamos cualquier vicio, no significa que el mismo ya esté fuera del cuerpo. El cuerpo quiere y exige, y si no recibe lo que pide, es posible que enferme, ya que le faltan las sustancias correspondientes.

El cuerpo es así un fabricante de carne: quiere carne y emite pensamientos cárnicos. Si ha sido programado, el cuerpo pide nicotina, alcohol, o sexualidad desenfrenada. El hombre piensa en cambiar: ¿sirve cortar “radicalmente” con todo de golpe? El Espíritu de Dios permite que todo llegue al punto más álgido: Él nos advierte, Él nos ayuda. Él no se interpone de inmediato diciendo «no lo debes hacer más». Cada hombre tiene el libre albedrío.

Dios, en Su ayuda desinteresada, paulatinamente disminuye la influencia negativa que el hombre programa para si mismo, mientras que fortalece el consciente y subconsciente con pensamientos positivos. Así, el cuerpo entra en comunicación con productos naturales, y la Naturaleza pueda actuar en tu mente, en el consciente y en el subconsciente, y en tu cuerpo, en todas sus funciones.

Esto es “comunicación positiva” con la Naturaleza, para ingresar “nuevas” pistas de información, y tomar una alimentación natural, como Dios quiere. Nosotros mismos somos programadores: hemos “emitido” antes, lo que hoy nos tortura y nos maltrata, tanto a nivel físico, mental, como espiritual.. El trabajo es deshacer con Cristo, que es la ayuda en nosotros, esta programación pecaminosa, e ilegítima, y orientarnos hacia los mandamientos de Dios y las enseñanzas de Jesús, el Cristo. Dios nos dio una Tierra sana – nosotros la hemos destruido.

Dios nos dio animales que son nuestros hermanos pequeños – nosotros los hemos convertido en ganado para el matadero. Según la ley de siembra y cosecha, somos responsables de nuestra forma de pensar, de hablar, de comportarnos, y también de nuestra comida. Somos responsables de aquello que emitimos.

 

 

Maximiliano Corradi

DNI: 27.090.991

www.fundacion-gabriele.org

ivanmeden@yahoo.es

 

Datos de la Fundación Gabriele:

A modo de introducción

Estimada lectora, estimado lector,

Esta web quiere darle a conocer una obra que une el Cielo con la Tierra.

Tal vez usted, como “persona moderna e ilustrada”, considera esto como algo utópico. Para el mundo en que vivimos el Cielo está lejos y Dios lleno de secretos, siempre y cuando se crea naturalmente en Él. Así es como la solución para los problemas cada vez más agudos de nuestra civilización la buscamos mejor sin Él, limitándonos a recetas terrenales, especialmente de tipo científico-técnico. La agricultura la llevamos a cabo manipulándola con química y tecnología genética; a los animales los mantenemos como mercancía en masa de una producción industrializada de carne; las enfermedades las combatimos por medio del transplante de órganos, y la paz la aseguramos en base a la intimidación con armas atómicas. Los resultados son poco alentadores: La tierra se encuentra ante un colapso ecológico; las epidemias se extienden cada vez más y amenazan alternativamente a animales y seres humanos; anualmente mueren de hambre 40 millones de personas; las calamidades que sufren los fugitivos, las guerras, el genocidio, siguen estando a la orden del día. Es evidente que así no podemos seguir adelante.

 

Tal vez deberíamos de vez en cuando elevar nuestra mirada sobre la Tierra, liberándonos así de la estrechez del pensamiento materialista y de la rigidez de las desastrosas tradiciones que nos han conducido a este callejón sin salida. A esta rigidez pertenecen también anteojeras de índole ideológica y religiosa, sin olvidar el error de que Dios calla desde hace 2000 años, o que sólo habla a lo sumo a través de cardenales y Papas, a través de los dogmas de teólogos que han separado todo lo que es inseparable: Dios y el universo, cuerpo y alma, materia y espíritu – una separación que por lo demás fue superada hace 100 años por la física moderna, que descubrió que aquello que captamos como materia en realidad no existe, sino que en el fondo todo es espíritu.

Todas las grandes religiones del mundo parten de la base de que una y otra vez ha habido hombres iluminados y profetas, a quienes les es posible la comunicación con el mundo espiritual. Uno de los grandes entre ellos fue Isaías, quien ya hace 2700 años le mostró a la humanidad la perspectiva de un desarrollo que va mucho más allá de lo que nos ha traído la civilización actual. Él habló de un reino de paz, hacia el que algún día se pondría en marcha la humanidad:

“Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas…

 

Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano”. (Isaías, 11,6-8)

 

700 años después Jesús de Nazaret pasó por esta Tierra y habló del reino de Dios que estaba cerca. Él no se refirió a un reino externo, sino a una transformación interna gracias al cumplimiento del mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Los primeros cristianos vivían en este convencimiento, hasta que a comienzos del siglo V el influyente maestro de la Iglesia (san) Agustín proclamó que el anhelado reino de Dios ya había tomado forma en la figura de la Iglesia. El resultado de haber ignorado de forma tan burda la enseñanza del Nazareno lo ha vivido y sufrido la humanidad en los últimos 2000 años.

Los seres humanos no sólo se combatieron y despedazaron mutuamente, sino que además fueron destruyendo cada vez más la Tierra con sus plantas y animales, que Dios, el Eterno, había puesto bajo su protección. Su voluntad era que los hombres preservaran la tierra en amor y unidad, permitiendo así que se formara en la Tierra el Reino de la Paz y del Amor desinteresado.

No obstante, sucedió lo contrario: La brutalidad del hombre con los animales ha alcanzado una dimensión hasta ahora desconocida; millones de vacunos y cerdos llevan una desconsoladora existencia en oscuros establos de crianza en masa; millones de monos, perros, gatos y ratones son maltratados hasta que mueren en laboratorios de experimentación; millones de animales que viven en libertad son víctimas de una caza encarnizada.

En esta época en que el ser humano muestra una gran dureza de corazón ante las plantas y los animales, Dios, el Espíritu eterno, nos envió nuevamente a nosotros los hombres a un gran profeta: una mujer con el nombre terrenal de Gabriele. A través de ella se ha formado una gran obra de manifestación. El Espíritu de Dios dio a conocer a través de Gabriele que la humanidad está llegando al extremo de su conducta negativa, y que las consecuencias de su falso comportamiento vienen a ella con cada vez más rapidez. El hombre ha perdido el dominio sobre la Tierra, la que había sido puesta a su cuidado. Sólo cuando vuelvan a habitar la Tierra seres humanos pacíficos en un sentido espiritual-cósmico, el Creador se la devolverá a los hombres, así como Jesús, el Cristo, lo anunció en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”.

Los animales, las plantas, las fuerzas elementales, la tierra, toda la naturaleza son parte de la vida. A través de ellos, de seres humanos que actúan desinteresadamente, y con la ayuda de seres divinos de la naturaleza, se forma el Reino de Paz de Dios, en el que en la Tierra todo es como en el Cielo.

 

Muchas personas han captado el mensaje divino para nuestra época; muchos han vivido y sometido a prueba desde hace muchos años lo que el Espíritu de Dios enseñó por boca profética. Vinieron agricultores que desarrollaron una nueva relación con la naturaleza y los animales. A través de Gabriele aprendieron que no se trata sólo de arar, sembrar y cosechar exteriormente, sino que fueron más allá, pasando a unirse interiormente con los campos y con los frutos en crecimiento, estableciendo comunicación con las fuerzas elementales y con los astros. Así volvieron a recuperar un trocito de la unidad entre el hombre y la naturaleza, algo que habíamos perdido.

 

En base a su práctica de años, a la alegría de participar en esta gran tarea y en el convencimiento de que tendrían éxito, se formó finalmente la Fundación Gabriele, la Obra de Saamlín del amor al prójimo animal y a la naturaleza: Tu Reino viene – Tu Voluntad se hace. Reza y trabaja. La Obra lleva el nombre de Gabriele, su fundadora. El nombre Saamlín representa a los seres de la naturaleza, que por encargo del Eterno actúan en nuestra Tierra a favor de la naturaleza y los animales. La fundación crea espacios vitales, lugares para vivir en campos y bosques, donde los animales pueden llevar una vida digna de criaturas divinas libres, en el que de acuerdo a su especie pueden moverse libremente y en paz, sin miedo de ser perseguidos y torturados – en contacto positivo con personas que los ayudan y protegen, que les brindan respeto, aprecio y amistad en sentimientos, en pensamientos y en actos desinteresados.

Los responsables de la Fundación garantizan esto ante Dios y también ante las autoridades de este mundo. A los amigos y promotores de la Fundación les es consciente que la paz entre los seres humanos y la paz entre los seres humanos y los animales es algo que corresponde a ambas partes. Ellos actúan en la consciencia de que todo lo que vive viene de Dios y que la naturaleza y los animales, así como los seres humanos, están traspasados por Su fuerza. Ahora se hace externamente visible lo que surgió de las bases espirituales, de la gran obra de manifestación de Dios a través de Gabriele: los primeros fundamentos del Reino de Paz, sobre el cual informa esta revista.

 

 

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