Por Adrina Murano para Veintitres

Para los supersticiosos, 2012 fue, literalmente, el año que vivimos en peligro. El hecho de que esté leyendo este artículo demuestra que los pronósticos catástrofe no se cumplieron. El 21 de diciembre pasó y el mundo sigue andando. Resta saber si los intérpretes optimistas de los mayas aciertan con eso de que la humanidad cerró un ciclo de oscuridad y comenzó uno de luz. Pero eso recién se sabrá en la próxima centuria. Más acá en el tiempo y el espacio, la democracia argentina se encamina hacia un nuevo test electoral, y en este caso las profecías también alientan las interpretaciones más variadas. Las hay serias y racionales. Y, claro, fantasías de las más descabelladas. Pase y vea.

El 2013 llegará con algunas certezas y un malón de incógnitas políticas por resolver. En el rubro de lo seguro se anota el repunte de las variables económicas y el consiguiente envión electoral de un gobierno que apuesta a robustecer la gestión con sentido estratégico, menos atado a las urgencias de coyuntura. Los números lo ayudarán. Los de la economía, que según los pronósticos más creíbles crecerá entre el 4 y el 5 por ciento del producto bruto contra el modesto 2,5 por ciento con el que cerrará este año, y los de la aritmética parlamentaria, donde el kirchnerismo, aun en un escenario electoral sombrío, tiene mucho por ganar.

Un informe de la consultora Equis difundido en el blog de su mentor, Artemio López, indica que el bloque del FPV-PJ es el que pone en juego menos bancas: sólo renueva un tercio de su presencia en la Cámara baja. Algo similar ocurre con los diputados del Frente Amplio Progresista, que en su mayoría ingresaron en las elecciones de 2011. Aunque en este caso debe considerarse un detalle: el del FAP es un interbloque compuesto por partidos cuya alianza pende del hilo de la concertación, un vínculo que, lejos de ser para siempre, está atado a humores y tácticas de coyuntura. Dicho de otro modo: una buena elección parlamentaria del FAP no implica que, en el futuro, los nuevos parlamentarios se comporten como un bloque compacto.

Para la UCR y el Frente Peronista el panorama es más complicado: renuevan dos tercios de sus bancadas actuales, con lo que, salvo un milagro, afrontarán pérdidas tras la elección de 2013. Un consuelo: a sus ex socios del Grupo A les puede ir aún peor. Como consecuencia del magro resultado en 2011, el Pro pone en juego ocho de sus once diputados. La Coalición Cívica y Proyecto Sur, que renuevan la totalidad de sus bancas, enfrentan el escenario más temido: quedarse sin representación en la Cámara baja. O sea: quedar a un paso de la extinción. Al partido fundado por Pino Solanas, es cierto, aún le queda la alternativa de colgar algunos representantes en las listas del FAP, pero esa chance deberá disputarse codazo a codazo con el resto de los integrantes de ese espacio. Si se toma como referencia el modestísimo 1,5 por ciento cosechado por Elisa Carrió en la última elección presidencial, es improbable que la presencia de su fundadora saque a la Coalición Cívica del pozo electoral. Eso explica por qué varias de sus antiguas figuras, como Patricia Bullrich o Alfonso Prat Gay, ya partieron en busca de nuevos sellos partidarios y referentes.

Para arrojar estos posibles resultados, la calculadora electoral computa las bancas obtenidas por el oficialismo y la oposición en 2009, año de buena cosecha para el arco anti K. Según el informe de Equis, los opositores renuevan un total de 72 bancas y, de no remontar la pendiente del 2011, podrían terminar con una pérdida del 30 por ciento de bancas en relación con las que dispone hoy. De todos modos, el trabajo de López también suelta alguna advertencia al kirchnerismo: la tasa de renovación también es alta para la periferia K. La cifra alcanza a los dos tercios si se tiene en cuenta la conclusión de los mandatos de los diputados del antiguo Peronismo Federal que ingresaron en 2009 como opositores –catapultados por el conflicto chacarero– y luego retornaron parcialmente al oficialismo, y a los diputados que responden a caudillos equilibristas del PJ en los bloques Córdoba Federal (delasotistas), Unión Peronista (de Felipe Solá), Santa Fe en Movimiento (reutemistas), PJ-La Pampa y el Peronismo Federal de Salta, seguidos de otros monobloques cuentapropistas. A estas pérdidas habría que sumarles a los dos diputados de Nuevo Encuentro que no renuevan mandato: Martín Sabbatella –hoy de licencia– y Carlos Heller.

Esta eventual sangría en la diáspora del oficialismo puede ser compensada por el notable incremento de tropa propia que le adjudican las encuestas al conglomerado electoral K. Aun los sondeos más pesimistas le otorgan al kirchnerismo una performance que le permitiría superar con holgura el tercio que renueva e ir por varios escaños más. ¿Cuántos? Es imposible de pronosticar con exactitud, aunque oficialistas y opositores tienen su número mágico. Los menos efusivos calculan que el FPV y afines podría sumar entre 50 y 60 diputados al armado parlamentario K, lo que, luego del juego de sumas y restas, le otorgaría quórum propio y una hegemonía inédita en la Cámara baja. Pero existe otra cifra que se baraja en susurros tanto en el oficialismo como en la oposición: 84, el número de los dos tercios.

La presidenta Cristina Fernández ha dicho que no tiene vocación de perpetuidad, pero es sabido que ningún mandatario se baja del ring electoral antes de asegurarse el mango de la sartén hasta el fin de su mandato. Como forma de evitar eso que los estadounidenses llaman ”el síndrome del pato rengo” –extraña analogía a la pérdida del poder que se evidencia ante la cercanía del despoder– el oficialismo deja correr las versiones sobre una eventual reforma constitucional que incluya una extensión del mandato presidencial. Para que eso ocurriera, el kirchnerismo debería reunir unos 172 diputados, es decir, los dos tercios del total de la Cámara baja. La calculadora parlamentaria indica que el oficialismo –FPV y aliados– sumarían 88 brazos. ¿Es posible que el Gobierno sume en la próxima elección los 84 brazos que le faltarían para forzar la reforma? La teoría indica que sí: en 2011, el 54% de los votos le otorgaron 86 diputados al interbloque K. Pero en la práctica, hasta la propia Presidenta reconoció que sólo un amplio acuerdo político podría facilitar una reforma constitucional. Forzar esa reforma con la prepotencia de los números podría ser, más que una epopeya, un Waterloo para el neonato movimiento nacional kirchnerista que se prepara para celebrar, el próximo año, su primera década de gestión.

Ese será, precisamente, uno de los objetivos que el kirchnerismo buscará consolidar en el año electoral: ampliar la base social que lo sustenta por fuera del PJ, inevitable y efectiva columna vertebral de un espacio que aún tiene paño para crecer. En esa tarea será crucial Unidos y Organizados, la corriente que reúne a la juventud peronista de La Cámpora con dirigentes de extracción social como Milagro Sala o ex comunistas como el propio Sabbatella. Remake de la transversalidad que soñó Néstor Kirchner, Unidos… se propuso articular una expansión territorial que permita compensar las eventuales defecciones de peronistas y afines entrenados en la supervivencia y la finta de ocasión. Esa precaución quizá parezca excesiva durante los artificios electorales, pródigos en lisonjas y afiches acaramelados, pero puede ser crucial para garantizar la velocidad crucero cuando el Gobierno ponga proa, sin más escalas electorales, al 2015.

El tiempo y espacio que lleva analizar las estrategias políticas del Gobierno es directamente proporcional a la anomia que envuelve a la oposición. O sea: más allá de juntarse una vez por mes para mostrar un cartel con un coeficiente de inflación aún más incomprobable que el del Indec, de criticar a coro cada acción de gobierno y de abrazarse a las acciones caceroleras como quien se abraza a una tabla de salvación, la oposición político-partidaria parece resignada a cumplir un rol secundario en la película del poder. Su papel fue ocupado por sectores del poder real, que salieron de sus madrigueras para defender sus intereses corporativos frente al pretendido avance de la sociedad en zonas hasta aquí vedadas para la democracia.

El más activo de esos actores fue el Grupo Clarín, quien finalmente abandonó las apariencias para mostrarse tal cual es: una megacorporación que combina negocios privados con un proyecto de nación. El detalle: Clarín pretende imponer ese proyecto, que alguna vez fue desarrollista y ahora mutó en neoliberal, sometiendo a la dirigencia política surgida del voto popular a través de su extendida y monopólica red de medios.

La proverbial capacidad de daño del Grupo tiene como contracara su nula destreza para construir candidatos de relieve. Por eso a su staff permanente de testaferros políticos le suma aliados de ocasión, recolectados, incluso, entre históricos enemigos. Así, personajes como Hugo Moyano o Jorge Lanata fueron reclutados por Clarín para dar batalla en dos frentes –la calle y los medios– con el mismo método con el que hasta ahora operó en el Poder Judicial: alternar caricias y amenazas.

Por su efecto expansivo y, eventualmente, transformador, lo que ocurra con Clarín será determinante para los comicios que vienen. Pero no menos que el bolsillo, un factor electoral más sensible que la conciencia. La buena proyección de precios en los commodities agrícolas que la Argentina exporta, un horizonte fiscal aliviado por una reducción significativa de la deuda pública, el repunte de la economía brasileña y la inversión estatal propia del proselitismo, entre otros elementos, auguran un 2013 de crecimiento. No será, claro, a los niveles de ”tasas chinas” que alumbraron los inicios del modelo kirchnerista, pero será de una escala suficiente para encarar los asuntos pendientes de la economía local: mayor inversión y gestión en infraestructura energética –cuyo primer paso se dio este año con la recuperación de YPF–; avanzar en la equidad fiscal, aliviando a los trabajadores y gravando la especulación –se viene un debate clave sobre Ganancias–, y refundar el servicio de transporte público, en especial los trenes, que traslada el mayor capital que tiene la Argentina: su recurso humano. El pueblo. El mismo sector social que regó su sudor sobre las cenizas de 2001 para sembrar la resurrección. El mismo que empezó 2012 llorando las 50 muertes de la evitable tragedia de Once y lo termina lamentado las 4 muertes evitables por los saqueos en Rosario. En ambos casos, como en tantos otros, será la Justicia la que deberá iluminar responsabilidades que aún permanecen en penumbras.

Es el momento.

Ya lo pronosticaron los mayas.

Se vienen tiempos de luz.

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