Duda

Y es así que en las mesas de café o luego de una rica cena bien regada con enjundiosos tintos y libaciones varias, se cuestionan acerca de si es o no es una buena elección el plato principal, o si este combina con el Cabernet elegido, o si el postre es adecuado con un cosecha tardía o mejor un espumante.

No lo sé.

La respuesta a este tremendo interrogante tiene que ver más con cuestiones filosóficas que con asuntos epiteliales.

Más concretamente: hasta en la posibilidad de seleccionar o descartar un menú en la cena, la ida al cine, o darle un beso a la chica que le gusta a uno, cabe la duda o la certeza.

Cualquiera, aunque no piense mucho, se podría plantear: ¿le doy el beso porque es lo que tengo que hacer? O ¿esta mina no me da ni bola entonces me voy? ¿Es mejor el que yo elija el vino de acuerdo a mi propio gusto, o el vino tiene que obligadamente coincidir con lo que nos sugiere la comida?

Y allí, aunque sea por unos segundos, entra a tallar uno de los principios básicos de la filosofía clásica o lo que algunas religiones plantean como fatalidad o destino. O los que saben más que nosotros definen como determinismo o libre albedrío.

¿Está escrito o determinado lo que nos va a ocurrir?

Pensemos juntos un poco: si mis acciones voluntarias no afectan lo que pasa, entonces para qué tomarnos el trabajo de hacer cosas con el simple argumento del placer.

Si todo está determinado a suceder como está mandado de antemano, el vino que coincide con lo que comemos no tiene mucha importancia. El vino que tomamos es el que estaba destinado a ser tomado por nosotros.

Un ejemplo: si estoy destinado a ser ingeniero, no necesito concurrir durante seis años a la universidad tecnológica.

Con esperar que llegue mi destino me alcanza. A mi debido tiempo tendré el título de ingeniero sin la más mínima participación. Era mi destino, que estaba marcado.

Algunos, que son más cancheros, piensan en esas cosas intermitentemente de acuerdo a su conveniencia. Me explico. Si están en una situación cercana a la muerte son fervientes y ocasionales creyentes. Les brota una fe digna de santificación, pero apenas pasa el peligro, sus vidas vuelven a la rutinaria cotidianeidad del qué me importa y entonces dejan de rezar y de hacer promesas absurdas, como ir caminando para atrás hasta el santuario de Lourdes en El Challao pero en chancletas.

Lo mismo les pasa a algunos con el determinismo o el libre albedrío: se anuncian partidarios del libre albedrío frente a los éxitos y son deterministas en los fracasos.

 

Si el plan les sale bien es porque decidieron hacerlo así porque tomaron buenas decisiones.

Pero, si en lo que sea que están trabajando, salen derrotados, es porque estaba escrito que iba a fallar: los protagonistas no tienen nada que ver.

Uno que yo conozco decía mejor: los aciertos tienen muchos padres. La derrota es huérfana.

El problema con el determinismo es que si supiéramos lo que va a pasar, casi nada pasaría.

Nadie haría proyectos a largo plazo si sabe que se va a morir en tres días.

Casi ningún juego tendría sentido, así como las competencias y el deporte.

¿Quién tendría entusiasmo en una carrera si ya sabe que el que gana es Eduardo Copelo?

Nadie sería ministro esperando ser candidato a algo en el futuro. No haría falta.

¿Para qué jugar al poker si todos saben que en el destino está escrito que Juan Luis tendrá todos los ases en su mano? ¿Para qué le voy a comprar bombones a la rubia que me gusta, si está escrito que se va a enamorar perdidamente de mi esbelta figura? Tome asiento y espere. Ya verá qué hace la bella mujer.

Estos pensamientos generan otros.

“Si todo lo bueno que nos pasa está determinado para que nos pase, sería bueno que nos vuelva a pasar”.

Más o menos como podrían pensar los especuladores: “Si la rubia aceptó mi beso sin tener que comprarle bombones, para qué hacen falta los bombones si la rubia me vuelve a dar sus besos sin que yo compre bombones”. Tome asiento nuevamente y espere.

Ese pensamiento lo podríamos reforzar con la “teoría del eterno retorno”, que postula que todo tiempo pasado fue mejor. Si esto fuera cierto, estaría bueno intentar que se repita el pasado y no hace falta realizar ninguna acción en el presente para que el futuro sea algo más lindo.

Si esto fuera realmente así, todo sería, por lo menos, aburrido.

Ya sabríamos que todas las rubias nos darían besos entonces, ya ninguna nos importaría.

Y las bombonerías estarían cerradas por quiebra.

Para dedicarnos a defender el eterno retorno solo nos alcanzaría con olvidar lo que nos pasa.

De esa manera si se repiten los acontecimientos tal cual lo queríamos, al no acordarnos cómo eran, nos resultarán novedosos.

Por oposición entonces, si lo que nos pasa todos los días es algo diferente, el recuerdo nos servirá para saber que los besos de la rubia cada vez son más pasionales y que ya no importa siquiera el color de sus cabellos.

De todas las chicas nos gustarían los besos, rubias, morochas, castañas, pelirrojas.

Así podríamos decir que lo justo es lo que acontece luego, en el futuro.

Nada del pasado es justo.

La justicia siempre acciona para adelante.

No se puede someter a juicio a una persona si aun no cometió el crimen.

No es lógico pensar en una secuencia en que la chica pasó cerca y ni nos miró, salimos a comprar bombones y esperamos por sus besos.

Cuando se trata de amor y justicia hay que accionar en el presente para obtener resultados futuros.

Este texto se escribe libremente hacia adelante.

Ahora, mientras pasa, en este presente, que es el presente de quien escribe.

Pero se escribe ahora pensando que usted va a leer también ahora y que, por decisión o por destino, porque está determinado o por libre albedrío, es su propio futuro.

Los partidarios del libre albedrío no nos detenemos.

Es mejor que así sea.

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