La invitación consistía en participar del auditorio que escucharía sus palabras y posiblemente de una breve entrevista con otros varios colegas en una especie de reunión armada para satisfacer las preguntas de los hombres y mujeres de prensa y sacar algunas fotos.

Como casi siempre, y esa es la adrenalina del oficio, las cosas no salieron como estaban planificadas. Pero lo más interesante, y el motivo de esta crónica, es que lo que ocurrió fue tan pero tan sorpresivo, inesperado, extraño y absurdo que si no fuera porque hay varios testigos y algunas imágenes, sería increíble. Como diría el Bruja Mangieri, “es rigurosamente cierto”.

Todos los colegas iban entrando al recinto de la universidad en donde se daría la conferencia, de a uno, con bastante dificultad. Luego de recibir la credencial de acreditación, se nos indicaba que el encuentro del personaje con la prensa sería en el segundo piso, en una sala acondicionada especialmente. Al llegar a esa sala pude encontrar algunas caras conocidas entre la mayoría de rostros extraños. Busqué un lugar en donde sentarme y únicamente había de esas sillas escolares que tienen una bandeja para apoyar libros y cuadernos y poder escribir, sólo si uno es derecho, cosa que yo… ya se sabe…

Logré instalarme entre los espacios que dejaban tres jóvenes señoritas frente a una pantalla de TV que ocupaba toda la pared y desde allí intenté descubrir los que ocurría.

Apareció un hombre con un traje azul con finas rallas que, en un castellano con un extraño acento neutro que no permitía saber de dónde era, dijo que se ponía a disposición de los presente para que le preguntaran. La primera pregunta que se escuchó fue si era Al Gore, a lo que respondió “No”.

Luego siguieron otras tanto o más interesantes, pero lo mejor eran los gritos y demostraciones de enojo que se iban multiplicando por entre el público, de las jóvenes y los periodistas tratando de hacerles entender que eso era una conferencia de prensa y no la conferencia de Gore.

Las jóvenes, allí entendimos que eran alumnas que no habían pagado la entrada de 500 pesos-, querían a Al Gore,

El señor de traje azul con finas rayas contestaba a los periodistas como si él fuera Al Gore y yo no sabía qué hacía en ese lugar sin Al Gore. De repente el señor de traje azul con finas rayas decidió salir al pasillo y los periodistas lo siguieron y todas las jovencitas gritaban como si fuera un recital del bonito Arjona.

Ya en el pasillo se armó una improvisada rueda de prensa a la que se le fueron agregando más curiosos y otros que hacían declaraciones pero ninguno era Al Gore.

Una mujer, con gesto adusto y visiblemente nerviosa, al mirar mi credencial mientras yo me alejaba del gentío, hacia la escalera con ganas ya ir al baño y también de irme del edificio que ocupa esa casa de altos estudios de gestión privada, se me acercó y con una impostada e innecesaria sonrisa me dijo: “Va a tener que retirarse”. “Gracias, -contesté- justo me estoy retirando, tratando de llegar a auditorio en donde es la conferencia del Señor Mister Gore”. “No”, dijo, “va a tener que retirarse Ud. y todos los periodistas, por pedido de la fundación de Al Gore, pero retirarse del edificio… irse de acá”.

“Es la primera ves que me invitan a un lugar con la única finalidad de echarme. Muchas gracias por todo”, alcancé a decir.

Cuando bajaba la escalera miré mi reloj y necesité ir al baño. Fui, sin preguntar a nadie, por un pasillo y llegué hasta la última puerta que no tenía ninguna indicación pero, efectivamente, era el baño. Me lavé las manos y ya que estaba aproveché para hacer lo que tenía hacer. Me saqué el saco, lo colgué en el perchero y me paré entre los mármoles frente al acero inoxidable y bajé el cierre de mi pantalón sin prisa. Cuando estaba en esa tarea, un gigantesco tipo de traje negro, camisa blanca, corbata negra, lentes oscuros y unos cables enrulados que le salían del cuello de la camisa abrió violentamente la puerta, y luego apareció otro, y luego otro y finalmente varios más.

Yo ni me movía. Un sudor frío corría desde mi frente por el costado de mi cara, lentamente. No había palabras. Sólo miradas y movimientos de los hombres de traje negro. Entre los tres últimos que entraron, se abrió un espacio y apareció él. Se encaminó sin titubear hasta llegar hasta el lugar vacío a mi lado. Bajó el cierre de su pantalón y comenzó su tarea. Yo lo miré de costado, como no dando importancia al evento. El repetía en un inglés con bastante acento de la costa oeste de EEUU, algo parecido a “my friend Appletree, my friend Appletree, my friend Appletree…”

Terminó, sacudió, subió el cierre y allí en ese momento se dio cuenta que yo estaba a su lado. Hizo un gesto así, como si tuviera puntos para el envido, y dijo “wasamarayou” y se dio media vuelta y todos los hombres de negro se pusieron en posición. Uno abrió la puerta y todos salieron del baño como eyectados por un invisible mecanismo automático. Detrás de la puerta se podían ver los reflejos de los flashes de los reporteros gráficos retratando la escena.

Por cuestiones de decoro, educación y conveniencia, no haré ninguna referencia al tamaño de nada. Sólo diré, que el Sur esta vez fue observado por un poderoso del Norte y en comparación, quedó nuestra argentinidad representada dignamente.

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