Decisiones

Por Emilio Vera Da Souza ([email protected])

 

Es difícil decidir. Cuando me toca hacer una elección en temas cotidianos prefiero la certeza de lo conocido, de la calidad probada, el recuerdo de lo mejor, de lo que eligen constantemente personas que saben más que uno. ¿Cómo decirlo más directamente? Frente a una disyuntiva, cuando hay un camino que se bifurca, cuando tengo que optar, prefiero ir a lo que ya probé y no me defraudó.

Cuando tengo que elegir pizza, prefiero la masa alta, la salsa de tomate con una pizca de albahaca y el queso mozzarela auténtico de la tradicional “Capri” en la calle Lavalle pasando San Juan de la ciudad de Mendoza con, a lo mejor, una anchoa, o quizá, una tirita de morrón.

No puedo avanzar frente a la anoréxica masa finita, chata, crocante, con esa mezcla de queso y salsa que no deja distinguir sabores, de las modernas pizzerías que abundan por la calle Arístides Villanueva cerca de la Quinta Sección, en el sector más recoleto de los mendocinos.

A esas masas al estilo norteamericano les pueden poner cualquier elemento encima sin que nadie se escandalice: choclo, ananá con azúcar negra, pedazos de carne, pollo, salchichas y otros etcéteras que son más válidos como relleno de tartas o complemento de guisos, que para la pizza en cuestión.

Si no ando por el centro de la ciudad, prefiero la masa alta, recién horneada, con ese condimento al que apodan “veneno” y sirven con vino suelto, en vaso, en el sencillo local llamado “Don Evaristo” que atiende desde siempre Marcelo Pérez en la misma vereda de la entrada de la Feria de Guaymallén. Si Ud. quiere probar la auténtica pizza italiana antes de morir, tiene que pedirle a Marcelo, “tres porciones, poco veneno”. Ahora, si usted prefiere otra, adelante. De eso se trata. Estamos hablando de gustos personales y en eso no hay discusión.

Si hablamos de vino, prefiero el tinto mendocino, que deja un poquito raspada la garganta, la lengua seca, las ganas de seguir tomando en compañía agradable. No me gustan los varietales fashion, con más marketing que color, con sabores a extraños frutos de bosque que por acá nadie ha comido nunca, con sabores a cueros, a frutas rojas, a mermeladas de no se qué. No me gustan los burbujeantes nuevaoleros que toman las chicas postadolescentes en bailables tipo nada, ¿viste?

Prefiero un Alta Vista Premium Malbec 2004 que me convida mi amigo Juan Argerich. Me gusta el Tempranillo Santa Julia Roble que sirve Pepe, cuando voy a la bodega Familia Zuccardi. Hago una excepción con el Syrah y el Tannat Callia Magna sanjuanino de Salentein. Tomo cualquiera de Altos Las Hormigas y de los sanrafaelinos de Goyenechea, algunos de Finca El Portillo me seducen y todos los que hace Pedro “Pinki” Marchevsky. Los de Adriano Senetiner y los de Susana Balbo son imperdibles.

Si hablamos de música, me dejo llevar por los sonidos de cualquier tema de los Beatles, me emocionan por completo las recordadas creaciones del controvertido Charly García como así también sus obras menos difundidas. Los ingleses de “Blur” y los dibujados de “Gorillaz” se imponen con su impecable magnetismo. Elijo las arias cantadas por Pavarotti y María Callas, de cualquier ópera, acompañado y con un Viognier bien helado en copa alta de cristal. También escucho cada vez que puedo a la Piaf.

No hay opción para mi entre la voz aguardentosa de Sabina cantándole a la vida y el pibe bonito de Arjona entonando sus versos dedicados a fluidos femeninos.

Finalmente y después de todo, en el arte, en la comida y con los vinos, se trata de una cuestión de gustos personales. El vino que mejor combina con una comida es el que nos gusta a nosotros y hay tantas posibilidades como paladares.

En otros temas, la cosa se complica si pretendemos aplicar este razonamiento.

No siempre lo que nos gusta es lo correcto y una elección supone atravesar una duda, perforar esa pared y establecer una certeza.

En política, por ejemplo, no se pueden dejar elecciones libradas sólo al gusto, a la estética, a la conveniencia inmediata o a cualquier otra apreciación de los sentidos, apartando a un costado las ideas, la coherencia, la inteligencia y la razón.

No se puede, como en la pizza, poner cualquier cosa arriba, sin que nadie se escandalice.

 

 

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