Así cotidianamente nuestras sociedades van transformando las posibilidades de conocimiento, de diálogo y de reflexión en intercambios de información banal que excluyen la intervención del pensamiento. Estas frases vacías adquieren un protagonismo especial cuando quienes las pronuncian lo hacen desde el lugar de “la opinión autorizada”.

Me refiero a una nota publicada en Los Andes el 27 de enero de 2010 que habla de la unión de parejas de adolescentes, y específicamente a la frase “quemar etapas” con la que algunos profesionales describen -¿o califican?- el casamiento entre jóvenes.

En una lectura desprevenida puede pensarse que “quemar etapas” significa evitar, saltear algún orden “normal” y deseable. Pero el concepto de etapa se enmarca dentro del pensamiento evolucionista y desde el evolucionismo las etapas no pueden saltearse, se definen por su necesaria sucesión; por ejemplo: la marcha bípeda no será posible hasta tanto no se haya alcanzado la maduración necesaria del sistema nervioso, entonces serán vanos los esfuerzos por enseñar a caminar a un niño que aún no ha conseguido esa aptitud de su cuerpo. Además el uso del verbo “quemar” no ha sido azaroso según nos muestra el resto de las opiniones profesionales incluidas. Inferimos allí una connotación acusadora. En la nota afirman que frente a las dificultades del matrimonio, los jóvenes no estarán preparados. Siguiendo esta lógica sólo se esperarían matrimonios exitosos de gente mayor, y mientras más grandes mejor. Incluso hablan de no tener proyectos consolidados porque aún “…no han terminado de ser hijos.” Como si al momento de contraer matrimonio las personas dejaran de ser hijos. Así las “voces autorizadas” de esta nota opinan acerca del casamiento de los jóvenes desde una valoración prejuiciosa antes que desde su ciencia.

Pensemos lo siguiente: en un contexto social contradictorio donde, por un lado, la juventud es puesta en valor a través de ideales de cuerpos cada vez más jóvenes por ejemplo, y por otro lado se los condena haciéndolos responsables de todos los males actuales (violencia, adicciones, delitos, etc.).

¿Toleramos los adultos que los jóvenes tomen decisiones? ¿Acaso no los criticamos cuando no lo hacen? ¿Nos equivocamos menos los adultos? ¿Lo que falla en nuestra sociedad, es culpa de los jóvenes? ¿Podemos sostener que casarse o tomar decisiones importantes, también los hace culpables?

Y por otro lado: ¿Es válida una valoración moral (dividiendo la realidad en esto es bueno y esto es malo) cuando de opiniones profesionales se trata?

Entiendo que debemos exigir de nuestros profesionales intervenciones a la altura del rol social que detentan. Cuando somos llamados a opinar y aceptamos se divulguen nuestros datos curriculares, asumimos una responsabilidad indelegable por nuestros dichos. Esa responsabilidad demanda ir más allá de los prejuicios o al menos no reproducirlos alegremente y proponer una reflexión crítica. Una función de los profesionales actuando desde su rol social implica abrir el debate instalando una diferencia allí donde la “opinión pública” se permite un apresurado juicio de valor. Caso contrario las “voces autorizadas” seguirán operando como favorecedoras de la repetición irreflexiva, replicadoras de sentencias embrutecedoras y como herramientas para la domesticación de una sociedad cada vez más hipócrita que condena a sus jóvenes en lugar de escucharlos.

Lic. Miguel H. Conocente

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