El vehículo en que transitábamos discurría serenamente y sin sobresaltos, como tratando de no alterar la riqueza de un amanecer en el campo que, en este caso, era particularmente pródigo. Sombras largas daban las vacas, los alambrados y hasta nosotros mismos… Variables tras la ventanilla, las sombras se acercan y alejan, suben y bajan según la superficie en que se proyecta nuestra forma. Era mucho antes del verano y hacía frío, pero esa es la época en que los manzanos florecen y la nieve acaricia todavía las faldas de la montaña. Una recia brisa mecía ese mar del que la espuma eran flores. … la rústica dureza de la montaña, el aire fresco y seco, la eterna magia de la nieve y la fuerza del sol temprano haciéndolo sentir todo nítido y desmesurado. Y fugaz.

Porque dura muy poco el momento. Quince días, tal vez. Antes, no hay flores; después, la primavera está grávida de verano y no queda nieve cercana. Maravillarse, cuando la maravilla depende de estar en el momento justo y el lugar apropiado, es algo siempre superior, y una plantación de manzanos florecidos en la cordillera argentina, un espectáculo único. Y breve.

Ahíto de belleza y deslumbrado, comenté después a quien encontraba la conveniencia de hacer ese viaje en esa época.

Pasaron los meses y llegó a mis manos una revista de turismo. La tapa mostraba una excelente fotografía tomada en un lugar un poco más al sur, pero todo la convertía en una réplica del paisaje de los manzanos que me había fascinado. Todo era igual; una moderna plantación de frutales, la nieve, los montes… sólo que los árboles eran ahora perales y las flores, blancas.

Como siempre hacemos con las fotografías que nos son familiares traté inconscientemente de revivir las dulces sensaciones que durante la excursión había experimentado. Pero ahora se me mezclaban muchas cosas y el resultado fue desastroso.

Y es que durante varios meses, mientras investigaba las grandes ONG ecologistas internacionales, me había ejercitado –por curiosidad y espíritu de contradicción conmigo mismo- en percibir el mundo tal como lo ve un ecologista fundamentalista; y esto, porque todo ecologista sentimental es un fundamentalista en potencia. Por eso es que ahora, converso provisional, mi imaginación subrayaba otras cosas en el paisaje que la fotografía ayudaba a reconstruir. Había algo… Claro, los perales estaban alineados (aunque, ¿de qué otra manera puede hacerse una plantación de frutales?), y eso ahora me resultaba chocante. Muy chocante. Eso por sí sólo mostraba la codiciosa mano del hombre, ladinamente oculta tras la aparente naturaleza del paisaje. Y no sólo estaban alineados, sino también divididos en precisas cuadrículas de una o media hectárea, separados por espacios destinados al rechinante transitar de los mecánicos tractores. También se les había dado forma. No tenían la forma natural, la de cualquier arbusto cuya cabellera salvajemente enreda y riza el viento, sino la apropiada para que máquinas, escaleras y obreros accedieran rápida y eficazmente a sus frutos. Frutos que serán arrancados de sus torturadas ramas en el momento matemáticamente calculado para ofrecerlos, en óptimo estado de madurez, al consumidor. ¡Qué horror! ¿Qué fue de los frutales de los pintores del setecientos, individuales, viriles, altivos protectores de una inocente lectora casta y quinceañera?

Recordé que la velocidad del vehículo impedía percibir un peral en particular, sólo hileras e hileras rectas, precisas, perfectas… En realidad, era una verdadera regimentación de los perales; el disciplinamiento total de una especie para el egoísta aprovechamiento de sus frutos por otra. Peor aún, campos de concentración biológicos donde los inermes árboles habían soportado estoicos las mutilaciones de la poda, y exhibían al aire sus rosados muñones como patéticos espantapájaros que ofrecen al sol fingidas flores temblorosas y suplicantes.

Como en todas las imágenes en perspectiva, la foto mostraba en primer plano un peral que aparecía mayor que los otros, más pequeños cuanto más lejos estaban del observador. Esto hacía fácil comprender que el primero era un árbol, en tanto que el resto era un bosque. El primero era un individuo, el seguro descendiente de un peral que en otro momento histórico fue solo; aislado ejemplar en un entorno variado y verde donde ostentaba su florida belleza; violenta, segura, soberbia… como toda belleza. Y era su sola y exclusiva belleza, natural, plena, explosiva. Y ahora ya no existía como tal. Existía como elemento complementario de la belleza en una plantación de la que interesaban solamente el volumen y la cantidad, no las individualidades. Y el volumen, el gran volumen de peras que demandan las ciudades, el mundo, y todos los hombres del mundo, exigen la esclavización, la reducción, la encomienda, el dominio y el sometimiento de una especie natural por otra. Del peral por el hombre. ¡Qué espanto!, ¡como podía yo haber llegado a gozar con la tragedia! ¿Cómo no me había dado cuenta de que un peral dejó hace siglos de ser lo que era? Y por culpa nuestra.

Yo creía, como todo romántico incurable, que a pesar de las grandes empresas, la distribución, los frigoríficos y el verdulero, la pera que muerdo es algo que me es dado, directamente y a mí, por la naturaleza. Agua de glaciares, clorofila y sol. Resulta que no, que las frutas son producidas en espacios determinados por exactos teodolitos; abrevan por goteo lo que codiciosos empresarios les dan, y sólo les dan, mientras peras den.

El maravilloso paisaje se había transformado y estaba ahora compuesto por esclavizados retoños carentes de verdadera vida que sólo producen belleza como efecto secundario, como algo que no les es propio y esencial.

Pero todo puede empeorar, y entonces me acordé de las viñas. Las había visto en Europa, donde me llamó la atención que las cultivan de manera diferente. Como plantas solas, aisladas, libres. Aquí son criadas con la forma y la altura que su opresor considera apropiadas. Se les ata y obliga a seguir la perspectiva del montón porque así lo quiere su amo, su dueño, su señor. Se las crucifica. Se les retuercen los miembros hasta fijarlos en monstruosas posiciones necias. Y esto se hace con alambre. Con alambre de acero. De acero como las tijeras con que impávidos invasores les arrancarán los hijos dejándoles los miembros mutilados, sangrando savia, sin más remedio que permanecer como batallones de impotentes esclavos prisioneros del alambre.

¿Cómo no se daban cuenta los enólogos? ¿Cómo no mencionan entre los aromas de frambuesas, flores y taninos, el gusto cruel y amargo del acero?

¿Cómo se puede vivir cuando vivir –incluso haciéndose vegetariano- implica hacer tanto daño?

Decidí buscar sosiego entre los senos de mi mujer y, por supuesto, quería no llegar a ella con las manos vacías. ¿Una botella de vino?, ¡Imposible! ¿Un ramo de flores? (¡Ah! ¡Si contara lo que son en realidad los cultivos de tulipanes, rosas y claveles de Colombia y Ecuador!)

Llegué pues a ella, como siempre, sin vino, sin flores y sin frutas.

Desde Eva y hasta el mil setecientos, hubo manzanos y perales. Después, cárceles botánicas; sólo sometidos instrumentos; esclavas herramientas vegetales para la producción de peras. Y, ¡cuidado! Se es cómplice, sólo con morderlas.

Y no se puede hacer nada. Sólo resignarse. Y llorar. (Que tampoco es ya lo que solía; y hoy no es más que una manera, relativamente humana, de deshidratarse.) Hice entonces un esfuerzo por recomponerme, reflexionar y entender. Era pues, una cuestión cultural, la estética. Comprendí que carece de raíces absolutas: basta empujarla un poco para convertir el Edén en un infierno. Y en materia de sensibilización ecológica, como en comer y rascarse, todo era empezar.

 

Las cuestiones relacionadas con la ecología tienen hoy como principal difusor al sector comunicacional, utilizando costosas campañas publicitarias que, como las que se producen para vender talco para bebés o desodorante de ambientes, apelan al estímulo de pasiones elementales. Ternura, odio, compasión y miedo hacen maravillas inclinando al público a un lado u otro según la necesidad y el interés del anunciante. Pero la ecología no es talco para bebés y de la manera en que la entendamos e incorporemos en nuestra filosofía de vida surgen cuestiones relacionadas con el futuro económico de nuestros países, con la forma de desarrollo general de la nación y, también, con su independencia. De la publicidad ecologista sólo puede deducirse una política ecológica a gusto de los anunciantes. Para independizarse del discurso único hace falta algo más. Es indispensable obtener y pensar argumentos que se le contraponen y ayuden tomar la justa medida entre nuestra necesidad de no ser insensibles ante el mundo natural y las necesidades económicas, industriales y tecnológicas del país en que vivimos.

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