¿Qué países asisten a las Cumbres Iberoamericanas? En forma plena, 22: Andorra, Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Portugal, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

Desde 2001, Puerto Rico (pero solo como Estado Asociado porque su status le impide tener representación independiente en los foros internacionales). Desde 2009, también se asociaron Filipinas y Guinea Ecuatorial.

Han solicitado participar, pero aún no lo hacen, Timor Oriental, Haití, Belice, Marruecos, Bélgica e Italia.

España había iniciado el ascenso comercial y financiero que la ubicó en muy pocos años como la segunda inversora extranjera en América Latina. Lograba así materializar el contenido práctico de los planteos de Juan Carlos de Borbón en Santo Domingo, 1975: convertirse en el puente entre América Latina y la Unión Europea (que en 1975 aún no existía, pero se estaba constituyendo).

La prosa detrás de la metáfora era simple: encabezar la reinserción del gran capital europeo en un territorio donde había perdido casi todas las bazas principales en su competencia contra EEUU.

A principios del siglo XX, Antonio Machado había dicho que la Península Ibérica era el “rabo de Europa, por desollar”. Ahora, el antiguo “rabo” pedía plena inserción igualitaria en la Europa Comunitaria.

Para ello, ofrecía a sus nuevos socios y amigos un séquito de viejas colonias, unificadas con la metrópoli por viejos lazos “culturales” que, si todo salía bien, podían servir para forjar nuevas cadenas económicas, beneficiosas para toda Europa Occidental.

Había detrás de esto una lógica tan clara como perversa.

Para incorporarlos adecuadamente, el Mercado Común y la Comunidad Europea habían invertido mucho dinero en los países de la Península.

La Cumbre Iberoamericana podía servir para demostrar que esa generosidad no había sido una limosna a pérdida. Si dentro del hemisferio occidental la OEA ponía en falso pie de igualdad a lobos y corderos, esa primera Cumbre hacía lo mismo, solo que a través del Atlántico. A diferencia de Grecia, que poco y nada tenía para mejorar su condición de socio menor y en parte minusválido, los países de la Península sudoccidental podían intentar una negociación más favorable.

Quizás sea por eso que la geografía de la Cumbre tuviera cierto tufillo al viejo imperio de los Habsburgo, que las sucesivas incorporaciones posteriores no hacen sino reforzar.

En efecto, cuesta encontrar un denominador común a los países que integran las Cumbres, como no sea el viejo vínculo de dominación que los socios europeos erigieron sobre los integrantes americanos, y muy especialmente el establecido durante la unión dinástica de 1580 a 1640.

Si en algún momento quedó esto en claro, fue cuando, en la Cumbre de 2007 en Santiago de Chile, Hugo Chávez irritó con sus planteos bolivarianos a Juan Carlos de Borbón al punto que éste, que no ignoraba para qué se habían creado esas reuniones, le preguntó sin disimulos “¿Por qué no te callas?”.

La respuesta no podía ser más sencilla: la aspiración de 1975, en treinta años, había terminado por revelar su verdad profunda. Muchos de los socios americanos de las Cumbres ya no creían en los beneficios del iberoamericanismo originario.

La experiencia con la inserción de las grandes empresas españolas en los sectores estratégicos de su economía y sus finanzas poco había tenido de “cultural”, a no ser que se consideren hechos “culturales” la subordinación de los intereses locales a las necesidades de una “globalización” de mano única (de América a Europa).

Las Cumbres debían cambiar o enfrentar un futuro de progresiva pérdida de importancia. Éste es el desafío que el viejo sistema enfrenta en Mar del Plata, en el mismo instante en que se escriben estas líneas.

Telam

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